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¿Pero cuándo encontraré pareja?

© Antoine K / Flickr / CC
Impaciente en el banco
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​¿Qué mejor que trabajar en nosotros mismos, que empezar a fortalecer nuestras virtudes y disminuir nuestros defectos, y preocuparnos en ser la persona ideal para aquel que estará dispuesto a amarme?

Cuántas veces al estar seguros de que nuestra vocación es la matrimonial, que hemos nacido para estar felizmente casados, que nuestro camino a la Santidad está destinado a ser de alguien más, que hay una persona que por sus cualidades, virtudes y defectos, nos ayudará a llegar al cielo, caemos en la impaciencia y desesperanza al no encontrarlo, al no ver a esa persona que te prometerá frente a Dios amor verdadero, al no conocer a quién le dirás un firme y rotundo SÍ con la seguridad de que te va a corresponder de la misma manera.

¿Cuántas veces? Si las empezamos a contar, probablemente, terminaríamos avergonzándonos de lo mucho que desconfiamos de Dios.
 
Si es Él quien nos conoce en totalidad; sabe de nuestros pensamientos y sentimientos, de nuestros sueños y grandes anhelos;  si es quien desea y se preocupa, incluso más que nosotros, de que seamos eternamente felices y vivamos una plena alegría y paz en nuestros corazones, es también quien sabe qué es lo que nos dará toda esa felicidad y qué es lo que dará por cumplido nuestros sueños y alcanzado nuestros grandes anhelos.
 
Nadie mejor que Él tiene la respuesta a todo lo que, desde lo más profundo de nuestro ser, buscamos.
 
Si esto es así, si verdaderamente lo creemos, porque sabemos que Él es Amor, que venimos del Amor y vamos hacia el Amor; que todo lo que buscamos lo encontraremos en Él, ¿como dudar de su Plan?

Es cierto que, en este mundo, es muy difícil creer que existan aún personas dispuestas a amar de verdad, a valorar, respetar, buscar el bien, etc. , pero también es cierto que nosotros somos parte de este mundo y que, por lo tanto, nuestras propias decisiones también tienen repercusiones en él.

Todo lo que hagamos nos afecta, no sólo a nosotros, sino a los demás, a los que nos rodean, incluso a la naturaleza. De ser así, depende mucho de nosotros que este concepto del mundo cambie. Para eso, se debe de empezar por uno mismo.

No se trata de que “porque todos son así”, yo soy así… o “como nadie está dispuesto a amar”, yo renunciaré a mi anhelo de ser amado(a). Si todos tuvieran esa mentalidad, el mundo simplemente no existiría.

Sin embargo, no es así. La resurrección del Señor Jesús le dio sentido a su Crucifixión. No hay Gloria sin Cruz y, si hay Cruz, es porque es posible la Gloria. Esta es la razón por la que, hasta el final de nuestras vidas, debemos de luchar por amar y ser amados de verdad, porque fue Cristo quien al morir por nosotros nos mostró su infinito amor, un amor de hombre, de humano, un amor al cual todos estamos llamados a vivir.
 
¿Cómo renunciar a esto? Regresando al primer punto, si sabemos que nuestra vocación es la matrimonial, que nacimos pensados para que algún día nos casemos, en algún lado del mundo, cerca o lejos, ya existe nuestro futuro(a) esposo(a).

Esa persona, que Dios pensó para ti, vive. ¿Cómo no esperarla? ¿Cómo perder las esperanzas de encontrarla? ¿Cómo renunciar a conocer a quien te ayudará a llegar al cielo, a ver el rostro del mismo Señor Jesús? ¿Cómo negarse a algún día, con nuestras cualidades, únicas e irrepetibles en su conjunto, ayudar a  alguien más a ver el Reino de los Cielos?
 
Si lo pensamos así, lo vemos así, lo creemos así, si ponemos nuestra confianza en esto, ¿cómo perder las esperanzas? ¿Cómo no esperar con confianza en Dios para que sea Él mismo quien nos lleve a esa persona?

¿Qué mejor que trabajar en nosotros mismos, que empezar a fortalecer nuestras virtudes y disminuir nuestros defectos, y preocuparnos en ser la persona ideal para aquel que estará dispuesto a amarme?
 
Todos necesitamos crecer como personas, en amor y en virtudes. Necesitamos fortalecernos con el amor de Dios, curar nuestras heridas, perdonar y pedir perdón, para que el día que Él ponga en nuestra vida, en nuestro caminar, a la persona indicada y pensaba para nosotros, podamos darle lo mejor de uno mismo y amarla sin residuos de nuestras heridas, amarla con autenticidad, sin egoísmos, amarla con un amor de Dios, uno perfecto y sin manchas, amarla de manera incondicional y total.

 
Así, cuando somos personas virtuosas, que respetan y exigen respeto, que aman y buscan ser amadas, que valoran y piden que las valoren, sólo quienes estén dispuestos a entrar a sus vidas serán aquellos que respeten, amen y valoren, porque los que no, simplemente, ni se acercarán.

De esta manera, la persona que Dios ha pensado para nosotros llegará más rápido a nuestra vida, ayudaremos a que su Plan se realice, colaboraremos con Él para que se haga su Voluntad.

En cambio, si estamos envueltos en el pecado, si no nos preocupamos por amar, si no nos ponemos medios concretos para ser mejores personas, si usamos y nos dejamos usar, sólo estaremos rodeados de eso y no conoceremos más. Nuestra vista quedará muy corta, estaremos ciegos frente a la verdad y nos desviaremos del camino que nos lleva a la eterna felicidad, la cual anhelamos y seguiremos anhelando hasta el final de nuestras vidas.
 
Por Martha Asto 
Artículo originalmente publicado por La Opción V
 

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