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Fabian, ecuatoriano, tras seis años viviendo en un albergue, vuelve a su país

© Youtube
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El drama de las 40.000 personas sin hogar que viven en España

El domingo se celebra en España la campaña Nadie sin hogar, organizada por Cáritas Española y otras entidades, con el objetivo de hacer visible el derecho a una vivienda digna. Fabián, inmigrante ecuatoriano, contará hoy, en un acto en la madrileña Plaza de Callao, que, tras seis años viviendo en un albergue, se vuelve a su país, porque en España no ha encontrado casa

En España hay más de 40.000 personas sin hogar

Fabián disfruta hablando. Es entusiasta y alegre, y tiene predilección por un café caliente compartido con una buena charla. Como tiene carrete para rato y anima a cualquiera, reconoce que, desde que está en España, hace ya once años, ha hecho amigos por doquier. A los que luego ha vendido cuadros, por cierto.

Porque Fabián se licenció en Bellas Artes en Ecuador. Pero cuando cuenta dónde pasa sus noches, las conversaciones distendidas cambian de tercio. «Vivo, desde 2008, en el albergue de San Isidro, ¡en una buena zona de Madrid!», bromea.

Aun con su buena voluntad, seis años de vida en un albergue pesan. «Convivo a diario con tristeza y desesperanza. Los primeros meses, me marchaba a las 7 de la mañana, y no volvía hasta la noche, porque no quería contagiarme de la desesperación», cuenta.

Pero el ser humano no es infalible, y aunque intentó superarlo, Fabián recayó en el alcoholismo. «Ya tenía este problema en mi país, pero después de quedarme sin trabajo y tener que vivir en la calle, empecé a refugiarme en el alcohol. Sobrio, a veces la vida es difícil», asegura. Es un luchador incansable, y ha logrado mantenerse limpio meses, «pero vuelvo a caer», añade.

Dejar de depender del alcohol es uno de los motivos por los que, tras tanto luchar por quedarse en España, «donde la cultura y el arte está mucho más desarrollado que en mi país»,

Fabián ha decidido pedir el retorno voluntario. Este programa gubernamental ofrece una ayuda económica a aquellos que quieran volver a su país de origen, pero hay una cláusula irrevocable: quien se marcha, ya no puede regresar. «Por eso he esperado tanto…», asevera. Un hogar digno -una casita que su hermana tiene en Quito-, y un entorno menos hostil, le ayudarán a luchar contra su enfermedad.

El trabajo ilegal llega a su fin

Durante los cinco primeros años de estancia aquí, Fabián encadenó trabajos. Todos en negro. Pero nunca dejó de trabajar. Así, se podía pagar una habitación en un piso compartido. Llegó la crisis, y con ella, el desempleo.

 «Tuve que pedirle a mi casera que me dejase más tiempo para pagar. Y me dijo que no», recuerda. Aunque tiene un hermano en España, no pudo contar con él por un desencuentro familiar, y se vio durmiendo en la calle: «Sentí miedo, soledad y frío», afirma. Días después, llegó a CEDIA, albergue de Cáritas Madrid, y finalmente, a San Isidro. Desde entonces, no ha podido encontrar sustento. Aunque da «gracias a Dios por haberme llevado hasta la calle, porque yo era un orgulloso, y he aprendido la lección».

Este licenciado en Bellas Artes aún no ha podido homologar su título y sigue sin tener permiso de trabajo. «Tomé malas decisiones, y me metí en juicios por insultar a una mujer; con el alcohol en el cuerpo, uno no es dueño de sí. Así que, después de esta mancha en mi expediente legal, me retrasaron la obtención de los papeles durante 7 años. En este país, los pobres cometemos un error y lo pagamos muy caro», denuncia el pintor.

Estar en un albergue durmiendo también supone un estigma que no le permite encontrar trabajo: «Cuando hago una entrevista y digo que duermo en San Isidro, ya no quieren seguir adelante», reconoce. Tampoco quieren aceptarle en una habitación, cuando reúne algo de dinero para pagar.

Pero un día como hoy, en el que en el centro de Madrid y en otras 30 ciudades españolas, se lee un manifiesto para reivindicar los derechos de las personas sin hogar, no está de más recordar que mucha culpa de su situación se genera desde fuera. Y si no, pregunten al dueño del bar frente al albergue donde duerme Fabián, que no deja entrar a tomar un café caliente a los usuarios.

No todo es negativo: una tarde, en la que Fabián dormía en un banco, una joven se sentó frente a él y custodió su sueño, para que nadie le robase. Y hoy, después de nuestro encuentro, Fabián salió con varios encargos de cuadros. Algunos tendremos la suerte de que su arte decore nuestro salón.

Escrito por Cristina Sánchez Aguilar

 

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