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Tras Juan Pablo II, ¿la Iglesia necesita un nuevo feminismo?

Alan Broadhead
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Depende, y Solzhenitsyn podría ayudar a señalar el camino

En los días posteriores a la carta apostólica de Juan Pablo II Mulieris Dignitatem, hubo llamamientos para un “nuevo feminismo”, e incluso para un “feminismo cristiano”.

Esta propuesta es interesante e implica dos partes distintas: primero, el rechazo del “tradicional” feminismo encarnado en Betty Friedan, Gloria Steinem, y sus contemporáneas; segundo, una articulación de un nuevo o correctivo conjunto de principios que expresan una visión positiva y normativa de la mujer y sus vocaciones en la naturaleza y en la gracia.

Siempre he estado de acuerdo con la primera parte – rechazo del “tradicional” feminismo. Incluso desde que estaba en preparatoria –después de que se escribiera Mulieris Dignitatem– supe que si las feministas apoyaban el derecho al aborto, entonces este tipo de feminismo de ninguna manera podía aceptarse.

A lo largo de mi vida, he estado de alguna manera ambivalente sobre la segunda parte del llamamiento para un “nuevo feminismo”, que propone contestar el feminismo con otro tipo de feminismo, como si el único error en el feminismo es tener las ideas equivocadas sobre la mujer. Claro que el feminismo tradicional sí tiene las ideas equivocadas, pero esta no es la única dificultad y quizá ni siquiera la más importante.

Desde mi perspectiva, la dificultad más espinosa en el feminismo tradicional es la inversión del adecuado orden de la mujer, de estar centrada en los demás al egocentrismo.

El feminismo tradicional pide a las mujeres “centrarse” en las mujeres. El feminismo tradicional era y es egocéntrico, narcisista e introspectivo. En resumidas cuentas, feminismo quiere decir mujeres hablando mucho sobre ellas mismas y sobre su identidad y sentido.

No hay nada de malo, claramente, en hablar de los problemas que enfrenta la mujer. Y no hay nada de malo en llamar la atención sobre pequeñas o grandes injusticias y buscar el remedio a través de la correcta acción.

Lo que está mal, o por lo menos es absurdamente discordante, es intentar crear todo un movimiento social de mujeres basado en las preocupaciones del progreso de la mujer a nivel personal y profesional.

Este es un punto crítico. No está claro que los defensores del “nuevo feminismo” hayan pensado suficiente sobre esto. ¿Necesitamos un “nuevo feminismo”? “La respuesta es obviamente compleja”, como dijo Juan Pablo II en Centesimus Annus sobre el capitalismo (no. 42).

Si por feminismo queremos decir la corrección paciente de los errores sobre la naturaleza y la vocación de la mujer, tal como se ha hecho en Mulieris, entonces la respuesta es enfáticamente sí. Pero si por feminismo queremos decir una obsesión insana y perversa sobre nuestra identidad y sentido como mujeres, entonces la respuesta debe ser no.

En estas semanas desde el Sínodo Extraordinario y en anticipación del Sínodo General el próximo otoño, la Iglesia está dedicada, tanto interna como externamente, a girar las discusiones sobre los temas más serios relacionados con la crisis mundial en la relación entre el hombre y la mujer, mujeres y niños, hombres y sociedad, mujeres en la Iglesia.

En estas conversaciones, muchos han exigido examinar más de cerca las doctrinas y principios que apoyan la correcta concepción de la familia, tales como las doctrinas sobre complementariedad masculina y femenina. Y he alabado este esfuerzo, mientras me enfoco en apoyar y participar lo más posible.

Pero en este diálogo no debemos perder de vista aquello que la Iglesia necesita más de las mujeres. En su Discurso de Aceptación por el Premio Templeton en 1983, Alexandr Solzhenitsyn se dirigió al mundo con estas palabras:

“Hace más de medio siglo, cuando todavía era un niño, recuerdo haber oído a varias personas de edad avanzada ofrecer la siguiente explicación sobre los grandes desastres que han sucedido en Rusia: ‘Los hombres han olvidado a Dios; es por ello que todo esto ha pasado’. 

 
 
Desde entonces he pasado poco menos de cincuenta años trabajando en la historia de nuestra revolución. En el proceso, he leído cientos de libros, he recolectado cientos de testimonios personales, y ya he contribuido con ocho volúmenes propios esforzándome por quitar los escombros dejados por ese levantamiento. 
 
Mas si al día de hoy se me pidiera formular de la manera más concisa posible la principal causa de la desastrosa revolución que consumió a cerca de sesenta millones de personas en nuestro pueblo, no podría decirlo con más precisión al repetir: ‘Los hombres han olvidado a Dios; es por eso que todo esto ha pasado’”.

“Lo que es más, los eventos de la revolución rusa sólo pueden comprenderse ahora, al final del siglo, con el trasfondo de lo que, desde entonces, ha ocurrido en el resto del mundo. Lo que emerge allí es un proceso de significación universal, y si se me llamara a identificar brevemente el rasgo principal de todo el siglo XX, también en ese caso, yo sería incapaz de encontrar algo más preciso y conciso que repetir una vez más: ‘Los hombres han olvidado a Dios’.
 
 
Así que los grandes problemas sociales de nuestros días –feminismo tradicional incluido– surgen del ateísmo nihilista. Por lo tanto, lo que más necesita la Iglesia es ayuda para llevar a cabo su misión evangelizadora, ayuda para recordarle a una humanidad a la deriva la existencia de Dios.

¿Qué tiene esto que ver con las mujeres? Simplemente esto: porque están orientadas por naturaleza y gracia a las personas, también están orientadas a las Personas Divinas. Ellas son, en sí mismas, un símbolo de la Iglesia que es la Esposa de Cristo. Son especialmente receptivas al mensaje del Evangelio.

Juan Pablo II desarrolla esta idea en Mulieris Dignitatem. Dice que “Cristo habla con las mujeres acerca de las cosas de Dios y ellas le comprenden; se trata de una auténtica sintonía de mente y de corazón, una respuesta de fe (No. 15). Las mujeres poseen una aguda sensibilidad para todo lo que concierne a las Personas Divinas, y respecto a todas las cosas relacionadas con lo espiritual.

Juan Pablo II escribe: Entendida así la vocación, lo que es personalmente femenino adquiere una medida nueva: la medida de las «maravillas de Dios», de las que la mujer es sujeto vivo y testigo insustituible (No. 16).

Desde esta perspectiva, la respuesta completa al feminismo no es un “nuevo feminismo”, sino nuevos testigos públicos de las verdades de la fe.

Esto quiere decir, prácticamente hablando, que concierne a las mujeres retroceder contra la falsa ideología de una plaza pública al desnudo. Corresponde a las mujeres reclamar espacio para lo sagrado y recordarles a los hombres sobre Dios. Es tarea de las mujeres decir, con Nuestra Señora, “Hagan todo lo que Él les diga”.

Esto no es un tipo de feminismo. Pero podría ser un tipo de movimiento de las mujeres que todos podríamos apoyar.

Por Catherine Ruth Pakaluk, profesora asistente de economía en la Universidad Ave María, miembro de la Facultad de Investigación en el Centro Stein para la Investigación Social y Miembro Superior en Economía en el Instituto de Austin para el Estudio sobre la Familia y la Cultura. Su investigación está centrada en las áreas de demografía, género, estudios sobre la familia, y la economía de educación y religión. También trabaja en la interpretación y la historia del pensamiento social católico. Dra. Pakaluk realizó su doctorado en economía en la Universidad de Harvard (2010). Vive en Ave Maria, Florida con su esposo Michael y sus siete hijos. 

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