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Yo no busco ser como todo el mundo

© Leo Hidalgo / Flickr / CC
Un joven de perfil ante el mar
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A veces los cristianos no somos noticia porque nos confundimos en medio de la masa

Jesús comenzó su vida pública sin querer ser noticia. Pero súbitamente sus gestos fueron noticia. Porque su amor amenazaba con desestabilizar la realidad, la vida de los hombres.
 
Se temía el contagio de ese hombre peligroso que podía cambiar los corazones. Es el mayor temor del hombre. Que alguien pueda cambiar a otros con sus palabras. Que alguien pueda liberar las conciencias y mostrar un camino nuevo.
 
El amor es contagioso. El bien se contagia. Y ese bien puede desestabilizar el orden que todo lo asegura. Jesús fue profeta. Y los profetas siempre han tenido suerte de profeta. Han sido perseguidos por sus palabras y sus gestos.
 
Cuando alguien sigue a Dios hasta el extremo empieza a ser noticia. A veces los cristianos no somos noticia porque nos confundimos en medio de la masa. No somos fermento, no somos vida nueva.
 
Nos adaptamos a los hombres, nos hacemos del mundo y perdemos la originalidad. El fundamento de nuestra vida se diluye, Cristo pierde fuerza en mí.
 
Queremos ser semilla de un reino nuevo. Sí. Hace falta ese reino que cambie el mundo. Pero para cambiar el mundo que nos rodea, tenemos que cambiar nosotros.
 
Ha concluido nuestro año jubilar en la familia de Schoenstatt. Ha sido un año de gracias. Comienza ahora un nuevo año, un nuevo siglo de historia.
 
Salimos de nuestra comodidad después de mirar con alegría tantos regalos que nos ha deparado este año. Nos maravillamos de lo que María puede hacer con nosotros cuando nos dejamos modelar en sus manos.
 
Como decía una persona: “Ha sido tocar a María y dejar que me toque. Mirarla y que me mire. Volver a ser niña, como cuando era pequeña y no entendía nada pero estaba feliz. He sentido que mi camino, mi historia, mi vida, se detenían ahí, me llevaban a ese valle escondido entre montañas y rodeado de bosques de todos los colores. Allí dos ríos se unían hacia el mar”.
 
Allí, en ese valle oculto entre montañas, ese valle perdido de Alemania, hemos tocado a María. En esa pequeña capillita en la que siempre de nuevo la historia vuelve a comenzar. Allí donde un hombre soñó, y unos jóvenes confiaron.
 
Allí donde siempre el corazón joven vuelve a encenderse. Hemos agradecido, nos hemos encendido. No queremos que se apague la llama del corazón.
 
Hace tiempo una persona me comentaba con sorna: “Por fin murió el hombre viejo que llevo dentro. Pero lamentablemente al tercer día resucitó”.
 
Nos da miedo olvidarnos de lo vivido y que se extinga nuestro fuego. Dejar que todo lo que ha encendido el alma se apague rápidamente. 

Dios está escondido en el hombre, oculto en él. Esta afirmación sorprende. A nosotros también nos sucede que queremos amar a Dios y nos olvidamos del que está a nuestro lado.
 
Dios me llama en el otro. Me espera en el otro. Me necesita en el otro. Especialmente en el más necesitado.
 
Él es tan cercano que al tocar a un hombre herido lo tocamos a Él. Damos de beber y calmamos su sed. Vestimos al desnudo y es a Él a quien vestimos. Visitamos al enfermo y está Él allí.
 
¡Qué sencillo parece! No es tan sencillo. Pero sí es el sentido de la vida. Caminar hacia el cielo cuidándonos los unos a los otros. ¡Qué humano es! Cuando hacemos el bien se lo hacemos a Él.
 
Siempre pienso que al hacer el bien no pensamos tanto que está Cristo ahí. Y lo está. Está oculto en el pobre, en el rechazado. Oculto en el que es despreciado. ¿Por quién hacemos las cosas?
 
Muchas personas que no creen hacen mucho bien. Socorren al desvalido, levantan al caído. Pero no ven a Cristo en el que sufre. Él está allí. Tanto cuando hacemos el bien como cuando omitimos la misericordia o practicamos el mal.
 
Allí está Él. Sufriendo, alegrándose. Él siendo levantado, curado. Olvidado, abandonado. Allí está esperando nuestro amor, nuestra mirada, nuestras manos.
 
Pero, ¡qué difícil muchas veces tocar el amor de Dios y ver a Dios en el hombre! ¡Qué difícil sentir su presencia!
 
Decía el Padre José Kentenich: “Yo, pobre creatura; yo, una nada; yo, creatura pecadora, ¿cómo me siento en la presencia del Dios poderoso y puro? Yo me alegro, Oh Dios, porque eres tan puro, tan grande, mientras justamente, por mi miseria, tu grandeza es exaltada[1].
 
Es una gracia que pedimos. Experimentar su amor predilecto por mí, por mi miseria. Tan pobre, tan baja. Que nos muestre su misericordia. Es el pastor bueno que nos regala su amor misericordioso. 
 

Tags:
alma
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