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¡Estoy enamorado de una chica con deficiencia mental!

Andrea CC
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La veo tan bella, la veo en mi vida, quisiera darle todo el bien, quiero estar con ella…

Me he enamorado de una persona con deficiencia mental. Así, como suena. Sin menos y con bastante más. Si estar enamorado es quedarte flasheado al verla, verla bella (y eso se queda corto), y verla en todos los rincones de tu vida aún cuando no esté presente… si estar enamorado es no dejar de pensar en ella, es desearle un bien que uno no sabe muy bien como dárselo (o si puede realmente dárselo), si estar enamorado es escribirle cosas hermosas (este es un intento de eso), no parar de hablar de ella a tus amigos cercanos, recordarla, desear volver a verla, sonreír al pensar en ella aún cuando estas solo en un bar delante de un café… Bueno, pues yo me he enamorado. Y me gusta verme así. Me encanta. Me gusto. Aunque no entiendo muy bien cómo ha pasado y por qué.

Para ser sincero no me he enamorado de una deficiente mental. Me he enamorado de muchas, de todas las que vi hace poco en el Cottolengo de Madrid. Telegráficamente: El Cottolengo es una institución católica que cuida enfermos mentales que lo llevan las hermanas del Padre Alegre.

Y allí pasó todo eso que les cuento un domingo cualquiera de no hace mucho tiempo. Me enamoré, me enamoré de mucha gente: de un padre viudo que cuidaba a su hija, y de una médico que tiene unos ojos llenos de bondad y se come a besos y abrazos a todas las chicas con deficiencia, y de una de una monja de Talavera que no paraba de hablar y reír a gritos, y de otra que hablaba menos pero tenía una mirada increíble con unas ojeras igual de increíbles.

Yo no pretendo, estas líneas no pretenden, contar sólo eso. He escuchado, y usted seguro que también, cómo la gente se enamora y va a sitios donde la belleza sobresale de forma gratuita, testimonios de actos cotidianos y heroicos al mismo tiempo, de actos de caridad y de caridad milagrosa.

Y es que esto no va de que todo es muy bonito y alegre en medio de tanto sufrimiento. Esto no va de que uno es en feliz en medio de la enfermedad. Esto va, simplemente va, de lo que va: la vida misma.

Estoy seguro que esas monjas se cabrean y tienen sus ratos oscuros y sus escondidas aristas, que esa médico se cansa y tiraría a más de uno por la ventana y que ese padre ha llorado más que un niño sin caramelos delante de un kiosco. Esto va de no negar nada de lo que pasa y de lo que va. Porque si, al final, esto va de una especie de alegría postiza por no sé qué ideal idealizado de "hacer el bien" apaga y vámonos: va y nos vamos.

Yo lo que vi es que la razón por la que aman a esa gente deficiente es por la gente misma y no por una razón. Sus razones tendrán, seguro, pero las razones vienen después, y, sinceramente, o no aportan demasiado o, al final, no dejan de ser un poco aburridas. Yo vi que esa médica allí se sentía más médico, ese padre, más padre, y esas monjas… En fin, a veces las monjas tienen la pericia de hacer, sentir y pensar de todo sin que nadie se dé cuenta. Y yo me sentí más yo.

Economía de una persona con deficiencia mental

Les cuento la vida misma: estamos en crisis. Sean relativamente pacientes con este que les escribe y déjenme explicar a qué viene este giro en el tema. Estamos en crisis: De valores, de dinero y de lo que quieran, el caso es que estamos en crisis. Pero lo que yo vi allí era una cierta (no me atrevo a llamarle “solución”) explicación a todas estas crisis.

En las “teorías de juego” modernas aplicadas a la economía (el llamado dilema del prisionero, por ejemplo), la idea es buscar un procedimiento donde todos los implicados ganen cuando se intenta resolver un conflicto o un problema. Lo que se llama en argot un “win-win”. Ya no es la idea de “tener éxito”, sino de que todos saquemos provecho, unos y otros, y aunque unos más que otros, todos ganen. Sobre el papel la teoría es fantástica, y hay muchos dilemas empresariales que lo aplican y funciona, situaciones en las que un matrimonio lo hacen (a veces sin saberlo) o en las que una organización del tipo que sea también lo ejecuta. Y hay cierta justicia en ello, y cierta correspondencia. Y todos ganan.

Al verme enamorado, me pregunté: ¿y qué gana esa medico?, ¿y esas monjas?, ¿ese padre?, pero, sobre todo, ¿qué puede ganar una deficiente mental en este mundo en crisis? Yo creo que ganan todo, precisamente porque los demás somos unos perdedores.

Lo que allí sigilosamente y con alas de ángel pasaba era que esas chicas deficientes no pedían nada. Desde luego, requieren muchas cosas, es cierto: atención física, médica, emocional, compañía… pero pedir, lo que se dice pedir tal y como en castellano lo usamos, no piden nada. A mí nadie me pidió nada estando allí. Y, si se me apura, piden mucho menos de lo que cualquiera de nosotros pedimos constantemente a los demás, a nuestra vida y a nosotros mismos.

Cuando pasaba por una habitación (por ejemplo, el comedor) lo que sucedía era que casi tenía que tener cuidado con que una chica no me abrazase, otra quisiera cogerme la mano, otra sonriese. Te dan, y no te piden. Te abrazan sin pedirte. No te sientes exigido a ser algo que no eres.

Y es entonces cuando caí en la cuenta: ya no es lo que ellas dan (apenas pueden), sino que pueden acoger todo lo que soy porque el perdedor soy yo. Como no tengo nada que perder, puedo darlo todo, darlo ahora y dar lo que soy, y eso con la idea de que en mi vida de todo no me queda apenas nada.  Como ellas no tienen nada que ganar, pueden acogerlo todo. Uno puede ser feo, arisco, alto, rubio, estúpido… sea lo que uno sea, es acogido. Y ellas, ellas pueden ser lo que quieran.

La experiencia fundamental fue no tener que sonreír por sonreír, no tener que ser paciente por serlo, ni siquiera ser amable ¿Qué tiene que ganar uno ante esas chicas del Cottolengo? La respuesta es obvia: nada. El milagro era este: lo que permiten no es que uno pueda ganar algo, sino que permiten que uno pueda dar lo poco que uno tiene. Conozco a mucha gente que les ha pasado esa misma experiencia: tener alguien así en su casa es una carga pesada, pero es también una bendición.

Allí, en el Cottolengo, la teoría de juegos no funciona, pues el perdedor social (esas chicas deficientes) en verdad serían los ganadores, aunque más que a recibir van a acoger lo que reciben de los demás, y los ganadores sociales (quien les escribe) serían los perdedores, aunque que más que a ganar van a dar sin que se les pida.

Ser descaradamente egocéntrico

Las cosas milagrosas de este estilo, tan mundanas como una institución católica para personas con deficiencia mental, muestran que no queremos solamente a las personas por lo que son, sino por lo que nos permiten ser cuando estamos con ellas.

Ante una situación de este estilo lo que le resulta imposible calcular a una persona, a la teoría de juegos, a un cónyuge en un matrimonio, o a un amigo, no es lo que el otro me puede dar (sea dinero o afectos o compartir creencias y acciones), sino lo que el otro da porque no tiene nada que perder. Cuando uno ya lo ha perdido todo, sólo puede empezar a dar, y eso es incalculable en cualquier ámbito de la vida. Yo diría que, por esa razón, porque es incalculable, es lo más valioso. No encuentro mejor sitio, mejor rostro, ni mejores manos, que los de una deficiente mental para empezar ese camino. El rostro de un enfermo es el sitio de la victoria del perdedor: y eso es muy cristiano (a mí me lo parece).

En esa relación uno o una puede ser la médico que quiere ser y que nadie sino su deseo personal le exige, ahí dos chicas de Talavera pueden dar su vida y hacerla vocación porque les sale de la nariz (y punto), ahí un padre puede y se sabe más padre y a ver quién se atreve a soplarle a su hija. Ahí uno es más yo, y yo, y yo. Es el egocentrismo más puro que he visto en mi vida. Y todo por esas chicas de las que me he enamorado perdidamente. Dan ganas de gritar al mundo y decir "¡miradme, parad, dejad lo que estáis haciendo, miradme! estoy sonriendo a lo grande".

Hay una conciencia de que uno no se da (o yo no he encontrado eso en otras situaciones), sino que le dejan darse y ni siquiera tiene que dar las gracias (ni siquiera eso piden), que uno abrazaría con toda el alma y tendones a cada chica no porque sean bellas (no lo son), no porque sean listas (no lo son), no porque… porque en ellas se obra el bendito milagro de que uno puede ser quien es, como quiere ser, y ser querido por menos que nada, como le pasa a todo buen perdedor que trata con ellas. Además, ¿qué puedo perder? Las tengo a ellas, y ellas no me piden que “gane nada”.
 

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