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Pobre, desarmado, crucificado, ¿qué tipo de rey muestra Cristo?

© Russ Neumeier / Flickr / CC

Corona de espinas

Carlos Padilla Esteban - publicado el 23/11/14

Un rey pastor que sirve hasta dar la vida, ¿no nos da una inmensa paz pensar que Él sale a buscarnos?

Cristo es el pastor que acoge, que es misericordioso y abraza a todas las ovejas, llamándolas por su nombre. Es el pastor humilde y humano. Es el rey que se abaja y se acerca al hombre que necesita su abrazo.

Jesús es el buen Pastor. Nos busca, no se detiene. Necesita acogernos, abrazarnos, caminar con nosotros de vuelta a casa. Siempre me impresiona esta imagen. Un Dios pastor. Un Dios padre. Un Dios cercano.

No un Dios creador que se desinteresa de su creatura, de nuestra historia, del camino que vamos recorriendo. No, es un Dios padre, un Dios peregrino. Busca nuestros pasos cuando nos desviamos. Pero respeta siempre nuestro paso torpe y lento. No nos impone su ritmo. No presiona.

Me encanta esta descripción del profeta Ezequiel. Nos rescata, nos libera cuando nos hacemos cautivos, nos levanta cuando caemos. Le importa nuestra vida. Nuestro rey es un pastor.

En los cuentos que leíamos de niños, los personajes del rey y del pastor eran opuestos. El rey vivía en su palacio lejano, era rico y poderoso. Por su parte, el pastor era pobre, no estaba presente en la corte, llevaba una vida sencilla, sin poder alguno. Eran los pastores hombres marginados en su pueblo. Vivían con el rebaño.

Hoy se nos dice que nuestro rey, Cristo, no es un rey poderoso. Es un pastor que cuida de los suyos. Está entre nosotros, con nosotros, caminando a nuestro lado. No posee un palacio ni un trono, y se abaja para poder meterse en nuestra vida. Nos llama. Somos suyos.

No es un Dios que nos juzga desde lejos. No nos juzga con frialdad. Se acerca a cada uno. Mateo toma esta imagen del pastor antes de hablar del juicio: «Como un pastor separa las ovejas de las cabras».

La lectura nos habla de cómo es su reinado. No manda desde lejos. No juzga en la distancia. No espera en su palacio a que le llevemos las cuentas como a veces pensamos. Es un rey pastor. Nos dice, con inmensa ternura, que sale a buscarnos. Él mismo.

Me conmueve pensar en un pastor que sigue a sus ovejas. Lo normal es que sean las ovejas las que sigan al pastor. Dios busca a cada una. Sigue a su oveja cuando está en días de oscuridad y nubarrones.

¿No nos da una inmensa paz pensar que Él sale a buscarnos? ¿Qué nos ama tanto que va a salir a nuestro encuentro cuando nos sintamos solos o perdidos? Él mismo viene a mi vida, se acerca, me busca de mil maneras.

Su preocupación por nosotros no es porque desee nuestra perfección. Su prioridad es buscarnos, velar por nosotros, vendar las heridas. Curar a las ovejas enfermas. Lo hace en persona. «Cuerpo a cuerpo», nos diría el papa Francisco.

Es el Dios misericordioso, el rey que se abaja y me sigue por el camino, que se detiene ante mí, se arrodilla, pierde el tiempo conmigo, para vendarme mis heridas de amor, de mis caídas, de mi pecado y mis fracasos, para sanar mi enfermedad.

Así hizo Jesús en su vida. Él mismo caminó a nuestro lado, Él mismo acarició y levantó a los hombres, Él mismo dio de beber y de comer a los hambrientos y sedientos. Él se hizo pasto y pastor.

Su reinado fue pobre y humilde. No buscó el poder de los hombres. Su corona fue una corona de espinas. Entró como un rey en Jerusalén montado en un pollino. La vida de Jesús fue ir en persona al encuentro del hombre. Dios mismo nos habló y vivió entre nosotros, nos tocó, se dejó tocar, nos dio hogar.

El rey del evangelio es este pastor que ha dado su vida por los suyos. No tengamos miedo de su juicio. No nos pide la perfección: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.


Entonces los justos le contestarán: – Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el rey les dirá: – Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis».

No nos pide ser perfectos. Nos pide vivir como Él vivió, amar como Él lo hizo. Con su estilo. En primera persona. Nos pide que pongamos como Él a los heridos en primer lugar, que dediquemos a los más necesitados lo mejor de nosotros mismos.

Él cuidó a los más pobres, a los que sufrían de soledad. Los heridos fueron sus predilectos. Jesús nos dice que seamos misericordiosos como Él lo fue. A veces leemos esta lectura con temor. Pensamos que es el juicio de la medida del pecado para premiar o castigar. Un juicio frío y justo.

No es así. Nos dice es que nuestra medida es la del amor. Un amor como el de Jesús. Lo que Dios mira en nosotros es el amor.

El reino de Dios no se construye sobre los valores de la fuerza, del éxito, del orgullo. El reino de Dios no parece de este mundo pero está en él. Está oculto dentro de cada hombre que es capaz de amar con toda el alma. Está presente en las vidas entregadas en silencio.

No hace ruido el reino de Dios. Es ese bien oculto y silencioso. Ese bien misterioso que casi no comprendemos. Se levanta sobre la confianza en Dios, sobre la humildad, sobre la verdad y sobre la misericordia. 

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