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Matrimonio y armonía: Ninguno de los dos por encima del otro

© gerrit.photography

Primeros Cristianos - publicado el 13/11/14

Desmontando 4 mitos sobre la mujer en la familia

El término «armonía» deriva del griego ἁρμονία (harmonía), que significa ajustamiento, unión y combinación de sonidos simultáneos y diferentes, pero acordes.

A esta armonía se refería el Santo Padre Francisco en la homilía que dirigió a los asistentes del Encuentro de las Familias el 27 de octubre de 2013: “La verdadera alegría que se disfruta en familia viene de la armonía profunda entre las personas, que todos experimentan en su corazón y que nos hace sentir la belleza de estar juntos, de sostenerse mutuamente en el camino de la vida.

Sólo Dios sabe crear la armonía de las diferencias.Si falta el amor de Dios, también la familia pierde la armonía, prevalecen los individualismos, y se apaga la alegría
”.

Así pues, sólo si aceptamos, unimos y combinamos los sonidos diferentes, pero acordes, viviremos en armonía. Una armonía, que como bien dijo Benedicto XVI, se realiza sólo gracias al empeño paciente, fatigoso, que requiere tiempo y sacrificios, con el esfuerzo de escucharse mutuamente, evitando excesivos protagonismos y privilegiando el mejor éxito del conjunto.”

Pues bien, el matrimonio es como la música. Cada sonido diferente se necesita para crear una melodía agradable y extraordinaria, un todo, lleno de ritmo, pausas, equilibrio, tiempos, tensión, reposo,…

Es verdad, que la frase de san Pablo “las mujeres sométanse a sus maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia…Pues así como la Iglesia está sometida a Cristo, así las mujeres han de estarlo a sus maridos en todo” es un texto que incomoda.

Pero, como he dicho en muchas ocasiones, explicar el papel de las mujeres en la época de san Pablo con la mentalidad del siglo XXI, es un poco difícil y complicado. Tenemos que hacer un esfuerzo y bucear en la cultura, la educación y costumbres de la época para entenderlo en su correcta medida.

De todas maneras, hay una cosa que tengo clara: las mujeres de hoy encuentran muchas dificultades para vivir, inventar y cumplir su papel con dignidad, responsabilidad y respeto, sea cual sea el papel que ella decida que le corresponda.

Aportar sus cualidades femeninas como esposa, como madre, como empresaria del hogar, incluso, como profesional, no es tarea fácil.

Aquí no se trata, como recuerdo haber oído allá por el año 1980 al catedrático Mariano Yela, durante su intervención en una mesa redonda sobre la función de la mujer en la familia, de interpretar los cuatro mitos que suelen confundir a muchos acerca de este tema y que siguen de tremenda actualidad:

1. El primero es el mito de ver a la mujer sólo como naturaleza: su naturaleza le fija tal o cual papel. El mito tiene algo radicalmente falso: la mujer se hace y se inventa. Pero tiene algo de profundamente verdadero: se inventa a partir de su naturaleza de mujer.

2. El segundo es el mito de la emancipación de la mujer. Radicalmente falso, si por emancipación se entiende solamente cortar trabas y no, además, asumir responsabilidades. Radicalmente falso, con respecto a la familia, si se entiende como liberarse de la familia, liberarse de su condición de mujer, desligarse de la maternidad.

Hondamente verdadero si por emanciparse se entiende participar con la misma dignidad que el hombre en un proyecto de liberación común, de libertad solidaria, basada en el servicio a la familia, para encontrar en el servicio mutuo la posibilidad de crecimiento personal.

3. El tercero es el mito de la inferioridad: la mujer es inferior al hombre, tiene que tener un papel subordinado. Es un mito radicalmente falso, porque los hechos psicobiológicos señalan diferencia entre los sexos, no superioridad general de ninguno sobre el otro.


4. El cuarto mito es el de la igualdad. Es el más obviamente falso. La mujer, afortunadamente, no es igual que el hombre. No es superior, ni inferior, ni igual: es distinta.

Tiene hoy, como el hombre, la común aspiración ética de que se reconozca su igualdad como persona, no sólo en una abstracta dignidad, sino de hecho y de derecho en la vida de cada día.

Pero psicobiológica y humanamente son muy diversos, y esa diversidad es respectiva. La única manera de superar el mito de la inferioridad no es zambullirse neciamente en el mito de la igualdad, sino asumir un proyecto de complementación.

Esa diversidad respectiva es una de sus riquezas, que abarca las dos maneras de ser persona humana. Si se aminora o amputa una, tratando de hacerla idéntica a la otra, se empobrece la persona. Se enriquece, por el contrario, si, en la igualdad como personas, se ahonda la diversidad de las dos maneras complementarias de serlo, la masculina y la femenina.

De ahí que, en mi humilde opinión, todos, hombres y mujeres, tenemos que reeducarnos otra vez en nuestro modo de estar juntos, en la vida, en la familia, en el trabajo, en el hogar. En definitiva, en cómo lograremos un apoyo mutuo a través de la cohesión, la diversidad y la independencia de nuestra feminidad y nuestra masculinidad.

Porque en el matrimonio nadie se somete a nadie. La fuerza del matrimonio es el amor porque me da la gana. Darse y aceptar al otro. Entregarse con libertad, con responsabilidad, con ilusión, con respeto, con alegría.

Como dice el profesor Antonio Vázquez, “el amor verdadero respeta siempre al otro en su esencia, le quiere, le acepta tal cual es, le reconoce el derecho a ser él mismo, desea que no abandone su personalidad”.

Se trata pues de crear armonía en nuestro proyecto de vida, nuestro camino divino, puesto que “querer quererte, exclusivamente a ti, hasta el fin de nuestra vida” es y debe ser la melodía más perfecta y maravillosa que podamos realizar.

Fragmento de unartículo publicado por Primeros Cristianos

Tags:
matrimoniorelaciones amorosas
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