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¿Tu vida te parece monótona?

© Olga Berrios / Flickr / CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 12/11/14

¿Cómo podemos estar cansados si la vida se escapa rápido? Necesitamos tocar el amor y entregarlo, encender el fuego dormido

Pienso en lo que nos dijo el Papa Francisco sobre la importancia de dar luz con nuestro testimonio y no cansarnos nunca: «Testimonio, para que la luz brille, que no esté escondida debajo de la cama, que brille la luz, y vean las obras buenas que hace el Padre a través de nosotros. Testimonio. Para que pregunten por qué vivís así, coherencia de vida, caminar, caminantes no errantes y cuidarse de la tentación del cansancio».

Cuando nos cansamos nos estancamos. Dejamos de ser esa agua que fluye. Dejamos de dar vida y esperanza. ¡Qué fácil es cansarse de ser fieles, de ser testigos, de dar vida! La suerte del profeta es dura, exige, cansa.

Es más fácil estarse quieto y no hacer nada. Más fácil no ser testigo que serlo. Más fácil dejar que el agua no corra. Se sufre menos. Pienso que la vida que se guarda se pierde, se pudre. Pienso que no sirve para nada el agua retenida. No sanea la vida de los hombres.

Los poetas, los artistas, los niños, los locos, ven el mundo desde otra perspectiva. Traen agua nueva. Nos dan vida nueva. Son los profetas por los que nos habla Dios.

Un poema que encontré me da algo de luz, trae un poco de agua al alma: «Días azules de invierno, rompe el viento. / Sol y nubes. / Paz, no siento / corre el alma, luz sin vuelo, / calma el correr de las aguas. / Fuente, mar, barca y torrente. / No quiero sentir el fuego sin perderme en tu regazo. / Señor de mi vida, vente. / Aunque me cueste tenerte, retenerte es mi deseo. / Con las manos que no agarran, con mis pies que no se escapan. / Vente, Señor, no me dejes. / Que tu calor calme el frío. / Luz y piedra, río y montaña. / ¿Cómo olvidarme del cielo?».

Queremos ser río, cauce, puente, agua, fuente, pozo. Queremos ser de Dios y hacer que los días de muchas personas sean días azules en invierno.Queremos que muchos descansen y beban en nuestro pozo hondo.

Pienso que nuestra vida es río, es nube, es viento. Pienso que es mucho lo que hacemos y tan sólo una gota en el océano. Pienso que somos templo y montaña. Roca segura y viento.

Pienso que el agua fluye y nos sana. El agua de los otros. El agua de Dios. Nuestra propia agua. Veo que el agua purifica el corazón. Tal vez le tenemos miedo al agua.

Fuimos sumergidos en el agua al ser bautizados. Hundidos en el seno del océano para recibir a Cristo. Necesitamos volver a sumergirnos en el mar de Dios. Tenemos vocación de río que lleva al mar.

El agua fluye o se estanca. Somos río o somos charca. Está en nuestras manos. Navegamos hacia el mar, no nos detenemos en la orilla. Pero, ¡qué fácil nos resulta cansarnos de ser santos!

Nos cansamos de dar la vida, de esforzarnos, de aspirar a las cumbres, de tener que satisfacer la expectativa de los que esperan tanto de nosotros.¿Hasta cuando hay que dar?

Hay personas que viven cansadas de dar, de ser generosas, de aspirar a vivir siempre con el Señor. Se desplazan pesadamente por la vida, pidiendo permiso a sus piernas para caminar. No hacen planes. Se sienten como jubilados anticipadamente de su propia vida. Por eso, torpemente, simplemente viven. Y con vivir tienen bastante.

A veces corro el riesgo de convertirme en charca estancada y dejar de ser río. Cuando no dejo que lleguen a mí nuevas corrientes. Cuando quiero ser roca, tierra seca. Cuando me vuelvo estático y frío. Roca quieta, exánime. Sin vida.

Decía el Papa Francisco en el sínodo de la familia: «La tentación de la rigidez hostil, es decir, querer encerrarse en lo escrito (la letra) y no dejarse sorprender por Dios, por el Dios de las sorpresas (el espíritu); encerrarse en la ley, en la certeza de lo que conocemos y no de lo que debemos aún aprender y alcanzar».

A veces, cuando no me dejo ayudar, complementar, enriquecer, sanear, cuando me cierro en mi carne, cuando me ciño a la letra, me voy muriendo. Cuando no busco el agua que renueva. Cuando no doy mi agua y me seco.

Hay una fuente que surge de mis entrañas. Pero hace falta mucha hondura de alma para que nunca deje de manar. Mucha profundidad para que haya vida. Hace falta amar y ser amado. Tocar el amor y entregarlo. Encender el fuego dormido. Salir de mí mismo y ponerme en camino. Hace falta tener fe.

Como santa Bernardita cuando sacó agua del barro húmedo, excavando con sus propias manos. Porque creía, porque se fiaba, de esa mujer que la había mirado con ternura.

Nos hace falta fiarnos más. De Dios, de los hombres, de María. Dejar que otro sea el que nos mande, el que nos pida, el que nos haga salir de nuestro descanso.

Estamos cansados. La vida nos cansa. Nos cansa estar volcados sobre el mundo, los pies atados. Nos cansa no ser libres y tratar siempre de mostrar la mejor cara. Nos cansa dar y no recibir algo a cambio. O dar siempre lo mismo sin encontrar respuesta, cambios, progresos.

Nos cansa cuidar la vida y ver que no hacemos tanta falta. Trabajar en el trabajo que tenemos, siempre el mismo. Amar a las personas que nos aman y no ser creativos, perdiendo el deseo de la novedad. Y, sin novedad, se pierde el deseo. O amar torpemente a los que no nos aman tanto.

A veces esperando que nos acaben queriendo. Nos importa tanto. Y nos cansa cuidar a los que nos han amado, sostenido, animado. Y ahora nos precisan. Nos cansa vivir y servir. Sin apenas dormir. Nos cansa la vida rápida, que se escapa impaciente entre los dedos.

Nos cansa echar raíces y no echarlas. Tener tierra y no tenerla. Pensar que hacemos las cosas bien o que no las hacemos. Leer tantas cosas, ver tantas imágenes. Nos cansa dar sin recibir.

Nos cansa buscar a Dios a tientas, y no sentir su amor cada mañana. Nos cansa el frío, la lluvia, el sol, el horario rígido de cada día. Nos cansa que nos demanden, nos exijan, nos pidan. Una y otra vez, siempre de nuevo.

Nos cansa cansarnos y tener que descansar. Y soñar con el descanso. Nos cansa buscar descanso. Sí, el cansancio de la vida.

¡Cómo podemos estar cansados si la vida es un don que rápidamente se escapa! Quisiéramos retenerla eternamente. Y no es posible. ¿Por qué nos cansamos tanto? Ojalá aprendiéramos a cansarnos con sentido. Cansarnos con un fin. Cansarnos dándolo todo, dando la vida.

Decía san Carlos Borromeo que un obispo demasiado cuidadoso de su salud no conseguiría llegar a ser santo. Que a todo sacerdote y a todo apóstol deben sobrarle trabajos para hacer, en vez de tener tiempo de sobra para perder.

Así es para los apóstoles, para los enamorados que saben que pueden perder la vida sin miedo, sin problema. ¡Qué difícil cansarse sin descanso! ¡Qué difícil vivir cansados sin importarnos! En el cielo llegará el descanso. Las aguas que corren y no se detienen. Las aguas que no descansan hasta llegar al mar. Las aguas profundas y claras. Las aguas que trasparentan la luz de Dios.

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