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Un libro aborda la figura del sacerdote en la literatura contemporánea

© Angelo Rizzoli
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Con prólogo e impulso del arzobispo de Granada, las profesoras Arbona y Fanconi recogen 19 perfiles que van desde Tomás Becket a Don Amaro

La amistad de Peppone y don Camilo se alza frente a sus concepciones contradictorias de la vida; la fragilidad exasperante del “pater güisqui” restalla por contraposición con la gloria de su vocación, llevada inmerecidamente –como todos- en vasija de barro en El poder y la gloria, de Greene, quien quedó conmovido cuando vivió la persecución a los curas en México.

No hay cortapisas para mostrar la inteligencia risueña del padre Brown cuando desarma respetuosamente a los truhanes, y el aborrecimiento que sentimos para don Fermín, el Magistral de La Regenta, a quien tan inteligente como sádicamente recubrió “Clarín”, en uno de los ejercicios literarios de manipulación más brillantes que se hayan hecho.

De todo ello,  nos da cuenta la profesora universitaria Guadalupe Arbona, una de las escritoras y coordinadoras de la obra editada por Encuentro.
 
-Este libro que nos presenta intervienen varios autores, ¿cómo se gestó?

La idea fue del arzobispo de Granada, don Javier Martínez que, para el año  sacerdotal que proponía Benedicto XVI, decidió encargarme un estudio sobre la figura de los sacerdotes en la literatura contemporánea. Hay que explicar que don Javier Martínez está muy marcado por las novelas que leyó de joven en el seminario, y una en concreto: Diario de un cura rural, de Bernanos. Él me convocó a mí y a una antigua maestra suya, María Dolores de Asís, de la Institución Teresiana del Padre Poveda y catedrática emérita de Literatura de la Universidad Complutense, que se retiró en la San Pablo-CEU, y nos dijo: “A ver qué personas y qué contactos podéis reunir para realizar la obra”.

Él no nos puso requisito previo y nos dijo que se fiaba completamente de nosotras (tengo una relación de amistad con don Javier desde los trece años). María Dolores de Asís fue una de las personas que más le ayudó en su juventud en cuanto a la orientación de lecturas. Don Javier leyó mucho a Sartre, Camus, Bernanos…, toda una serie de escritores, fundamentalmente franceses, que le interesaban porque cuestionaban toda la cultura del momento y por cómo revisaban el cristianismo para proponerlo en la época actual.

Enseguida contactamos con profesores que pensamos que les podía interesar el proyecto (todos ellos especialistas en cada uno de los capítulos que escriben). Cuando comentaba anteriormente que don Javier no nos puso vallas al campo, me refería a que le plantee que no podíamos ceñirnos a la literatura española, sino que teníamos que ofrecer un enfoque más universal. En este libro, hay autores que están sin tocar o ausencias llamativas como, por ejemplo, el caso de  Los novios, de Manzoni, que no pudimos incluir porque le surgieron problemas graves a la persona que lo iba a desarrollar.

-¿Estamos, pues, ante una tipología suficientemente representativa?

Por lo menos lo hemos intentado. Por ejemplo, en el padre Brown, de Chesterton, que ha escrito mi ex alumno Jesús Montiel con una perspectiva extraordinaria del personaje. Otro caso es el de Tomás Becket, de Eliot, en Asesinato en la catedral, que lo asume un profesor de una universidad norteamericana de origen español, en el que hace una propuesta muy interesante: a partir de la obra teatral del premio Nobel identifica la diferencia que hay entre la espera y la esperanza.

Otro perfil es el que nos muestra Graham Greene en El poder y la gloria, una novela redonda, donde la intriga está muy bien construida a partir de varios niveles narrativos. Es muy interesante su génesis porque parte de un viaje de Graham Greene a México en el que se queda enamorado de la zona de Chiapas y escribe un texto que se llama

Los caminos sin ley. Le llama muchísimo la atención -es el primer aldabonazo a su propia conciencia- la realidad del catolicismo en un país donde los curas son perseguidos para matarlos o ser expulsados, y donde quedan solo los renegados.

De esta guisa, es la figura de su protagonista,  un “güisqui pater”, un cura borrachín, que por una serie de casualidades y de acontecimientos ha quedado casi como atrapado en su país, y las circunstancias históricas deciden su vocación. Lo he titulado En el umbral del abandono para hablar de esa paradoja: en su extrema debilidad se manifiesta también la gloria, de ahí el título de la novela. Por un lado, está un teniente mejicano, que representa al poder que persigue a la Iglesia; y, por otro, está la gloria que se manifiesta en un pobre hombre como es el cura.

También es muy interesante el perfil de Don Camilo, de Guareschi, un sacerdote muy popular amigo de un comunista. Antonio Ubach, profesor de mi facultad, ha resalatado la paradoja que existe en una Italia en los advenimientos del fascismo y la oposición del comunismo, en la amistad que existe entre un cura de pueblo (lo que llamaríamos en España “de sopa y olla”) y un comunista, y como esa relación lima las divisiones, las fracturas que pueden existir entre dos concepciones contradictorias de la vida.

Joyce, al que aborda el escritor Jiménez Lozano, es un comentario sobre uno de los cuentos del autor irlandés que aparece en Dublineses, que se titula Las hermanas, en el que la figura del sacerdote queda en la nebulosa. Accedemos a él, que acaba de morir, a través de la mirada un niño que ha sido su alumno, quien nos narra el sufrimiento del clérigo porque se le cayó en una ocasión un cáliz al suelo. Es una figura que aparece desdibujada y sin querer agotar el personaje.

Otro autor que no aparece en la obra es el francés Cesbron, cuyos sacerdotes tienen muchas similitudes con el perfil que el Papa demanda de los curas y a todos los creyentes de ir a las periferias existenciales a encontrarse con los hombres y mujeres de hoy.

-La obra trae también la reflexión de Unamuno en “San Manuel Bueno, mártir”.

José Paulino Alonso, fallecido recientemente, aborda una de las novelas emblemáticas del escritor vasco y, también, muy importante para entender la cultura española en todos los sentidos. Su semblanza es la del cura que no cree y, sin embargo, considera que el pueblo debe creer porque así está consolado. Es una  contradicción, pero es un escrito fundamental que ha influenciado mucho en nuestra educación, como atestigua que nos mandasen leer en la escuela.

Otro de los perfiles magníficos, que hace María del Carmen Boves, es El Magistral de La Regenta, de “Clarín”. Boves lo titula Cómo se construye un personaje, y alude al cura de Vetusta para analizar cómo se manejan las estructuras narrativas para construir un personaje que resulta repulsivo al lector. Ella pone de manifiesto el punto de partida del escritor a la hora de configurar el protagonista de la obra, que es parecido al dedicado al padre Amaro, del escritor portugués Eça de Queiroz, también verdaderamente terrible.

-Hay una película, también, El crimen del padre Amaro.

Así es, como también en el caso de La Regenta, de la que se hizo una serie de televisión.

Gabriel Miró tiene también Nuestro padre San Daniel, que forma una unidad con El obispo leproso, en el que refleja una España del XIX, donde la impronta de los curas estaba muy presente. Está el obispo leproso, clérigo caritativo, cerrado en un caserón muriendo de la enfermedad, por lo que se establece una relación de compasión con él.

Otro de los autores es Pérez Galdós, cuyo trabajo es de Yolanda Arencibia, especialista en el escritor canario, que hace una nómina de cuatrocientos y pico sacerdotes que aparecen en la literatura del autor de Nazarín. Luego también realiza una clasificación muy interesante en la que nos presenta a sacerdotes históricos, que luego recrea en la ficción Galdós; sacerdotes inventados; y a los curas míticos, esto es, que son emblema de algo, como el poder que él veía en la Iglesia.

 

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