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Fui a confesarme, a pedir ayuda, a encontrar la misericordia de Dios, pero….

Beverly De Soto/Regina Magazine
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¿Son conscientes los sacerdotes de la importancia de su misión, de su palabra, para salvar a un alma herida y en peligro?

En otras ocasiones hemos traído este blog, de una persona creyente que lucha contra la adicción a la pornografía. En esta ocasión, plantea un problema muy serio: cuando va a confesarse. ¿Son conscientes los sacerdotes de la importancia de su misión, de su palabra, para salvar a un alma herida y en peligro? La pornografía está extendidísima en nuestra sociedad, amén de otros pecados igualmente graves, y adicciones de todo tipo. ¿Qué actitud encuentran estas personas cuando, venciendo la vergüenza y el miedo, acuden a un confesor? ¿Cuántas personas se habrán alejado de la Iglesia cuando, buscando consuelo y auxilio de la gracia, se encontraron con alguien que no le dio importancia a su pecado, o le juzgó en lugar de ayudarle, o peor aún, ni siquiera estaba allí?

Jueves por la tarde.

He vuelto a caer. ¿Podría haberse evitado? Quizás. Pero muchas escaramuzas se pierden a lo largo de una batalla. Ya lo he hecho otra vez, ya he caído, todo es como antes, nada ha cambiado”.

Soy católico. Creo que es Dios quien está detrás de mi vida, quien la lleva por lugares que yo nuca sospecho y que, a menudo, no entiendo.

Me siento fatal. Le he fallado. ¿Está Él? ¿Me quiere? ¿Cómo puede hacerlo?

Pero vuelvo la vista atrás. Mi salvación está ahí. ¡Son tantas las veces que me ha sacado de este y otros pecados! ¡Son tantas las batallas que Él ha ganado por mí!

Entonces: ¿Que pasa ahora?, ¿qué sentido tiene todo esto?. Los pensamientos de autocompasión de antes eran estúpidos. Estúpidos y falsos. También el pasado me da una pista: siempre acabo haciendo mías todas las victorias de Jesucristo. Parece que todo dependa de lo que yo hago o deseo hacer. Cuando no me masturbo o veo pornografía es porque soy Supermán. Más bien el “supercatólico”. No necesito a Nadie (nótese la mayúscula). Sin embargo esta es mi debilidad, que me acompaña y en la que se manifiesta antes o después, la victoria de Jesucristo. “La fuerza se manifiesta en la debilidad” (2ª Corintios 12:9)

Pero soy católico. ¡Qué gran suerte! Me han transmitido la fe y me han enseñado cuál es el engaño. El pecado, como dice San Pablo, me pone en mi lugar, me enseña que soy criatura, no dios. Me mete en humildad. Veo de dónde me vienen los palos. Ya es mucho. Es más, es un cimiento sobre el que construir.

Entonces entro en paz, en alegría. El Señor me espera en el sacramento de la Penitencia. Hoy ya es tarde pero mañana a primera hora iré a la iglesia. Me confesaré con el sacerdote que esté en ese momento, que es Cristo.

Quiero encontrarme con Cristo, con la absolución, con la fuerza para seguir mi pelea. Además, tras escucharme, quizás el sacerdote pueda ayudarme, darme un consejo, un consuelo, enseñarme… ¿qué mejor guía espiritual que un sacerdote?

Sin embargo, con cierto resquemor, recuerdo experiencias pasadas de confesionario. Siempre encontraba la absolución, pero por lo que ellos decían, no me sentía comprendido. Unos no tomaban muy en serio mi pecado (“es normal”, “es un pecado de adolescente”) otros se escandalizaban (“¡pero hijo mío!, ¡eres padre de familia!), otros creían que bastaba con poner Penitencias “extrañas” (lo de “la ducha fría” me impactó, y prometo que me es cierto).

Lo peor de todo es que casi nadie comprendía el fondo de mi problema. No era -y es- solo un pecado, es algo mucho peor: un vicio, una esclavitud. Qué importante sería tener sacerdotes que no solo pudieran impartir los sacramentos y escuchar, sino que estuvieran preparados y formados para una fuerte y cariñosa guía espiritual en estos problemas. Quizás los haya pero yo, lo confieso, he encontrado pocos. La pornografía se ha disparado en Internet. Muchos sacerdotes conocen el peligro, pero de pocos me he sentido comprendido y consolado.

Sin embargo, es cierto que lo que importa es la validez del sacramento. Todos los presbiteros son Cristo en ese momento, y todos ellos ofrecen una absolución que me reconcilia realmente con el Espíritu Santo. Parece ser que la guía espiritual la encontraré en otras partes, pero ¡que bonito sería encontrarla aquí!

En cambio, hoy voy contento y con otra expectativa. El sacerdote aunque no me escuche o entienda, al menos me absolverá. Ya buscaré la guía espiritual en otra parte (?)

Entro en la iglesia, me santiguo, voy hacia el confesionario mirando la Cruz. Me asomo. Está vacío.

Hoy tampoco he encontrado un sacerdote y, ¿sabéis?, me sucede mucho últimamente. ¿Es que eso de la Penitencia ya no se lleva? ¿Y ahora yo qué hago?

Post publicado en el blog PorqueSePuede

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