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El cielo está en lo profundo

© DR
Génocide arménien - 1915
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De todos es sabido que en Madrid se nos caen los árboles. Según he leído en varios artículos de algunos expertos, una de las causas probables es el riego automático, que proporciona agua y humedad en la superficie. ¿Cuál es el problema? Que al tener el agua en la superficie, la raíz del árbol no crece hacia lo profundo, buscando alimento, y cuando el árbol alcanza cierta altura, al no tener agarre, se cae.



La imagen es definitivamente significativa y alarmante. ¿Qué es un ser vivo, por muy alto que llegue, si no ha echado raíces? Como católico, y como padre, me está haciendo pensar mucho y reafirmarme en algunas convicciones que, tanto mi mujer como yo, tenemos como base de nuestro proyecto común.



Si empiezo pensando en lo personal, las preguntas son muchas. Cuántas veces me gustaría una vida más fácil, donde las cosas no costaran tanto. Cuántas veces me gustaría que me dieran las respuestas a tantas cosas. Cuántas veces me he visto tentado por la apariencia y por demostrar delante de los demás mi "altura", mi "capacidad", mi aparente "fortaleza". Gracias a la educación recibida, los dones regalados y el cuidado de Dios, he nacido en la Iglesia y me supe amado por Cristo desde pequeño. Tengo una formación eclesial que, aunque insuficiente, es permanente. Pertenezco a una comunidad donde comparto vida y misión con hermanos concretos y donde pongo lo que soy en oración. He asistido a retiros espirituales, a convivencias, a encuentros… Leo, escucho música, disfruto el arte… He ido a terapia, he aprendido los mecanismos de las emociones humanas, me he preocupado por conocerme un poqutio más… 



En la pareja, más de lo mismo. ¡Cuántos árboles se caen! ¡Cuántos se contentan con buscar el agua en la superficie sin saber que la pareja necesita ir hacia abajo, romper la tierra, buscar juntos el alimento! Nada fácil, nada sencillo, lleno de oscuridades y dificultades… pero es el único camino. Cuántas veces me gustaría que el camino en compañía fuera más sencillo, cuántas veces me gustaría haber disfrutado de esto o aquello que otros disfrutan, cuántos cansancios, discusiones, malos entendidos, me gustaría habernos ahorrado. Pero ese conocernos ha ido propiciando que nos buscáramos más allá de nuestras "ramas y hojas". Más allá. Por debajo. Buscando lo profundo del otro, dejando que sea Dios quién condujera la búsqueda.



Y por último, los hijos. Intento no ahorrarles sufrimientos y dificultades sino más bien acompañarles en ellos y ayudarles a poner la mirada en otro sitio. No es fácil hoy educar así. Es ir contracorriente. Es cruz. Crecer con poco material, con el cinturón apretado, sin caprichos, tomando el sabor que toca del yogur que no apetece, afrontando los estudios con valentía y asumiendo responsabilidades, echando una mano en casa porque toda mano es poca, participando en la Eucaristía aunque haya domingos que me apetecería quedarme viendo dibujos… Escuchándoles, pidiéndoles perdón también por nuestros errores, gritos e impaciencias. Saberles en manos de Dios y proporcionarles más preguntas que soluciones…



Yo no quiero crecer a lo alto. La caída es inevitable. El cielo está en lo profundo, ahí abajo, ahí adentro. 

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