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Flannery O’Connor, literatura de caída y redención

© Public Domain
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La escritora católica, que murió de Lupus a los 39 años, está considerada como una de las cumbres de la literatura norteamericana del siglo XX

Tan solo dos novelas, 39 cuentos y volúmenes de cartas y ensayos han conseguido que Flannery O’Connor se erija como una de las escritoras norteamericanas más significativas del siglo XX. Contemporánea de Truman Capote, Saul Bellow y John Salinger y, por tanto, integrante de la entreguerras “Generación perdida” se distanciaba de ellos en su consistente vivencia católica, auténtica columna vertebral en su corta vida, causada por la enfermedad del Lupus.

Quien había escrito “por favor Dios, ayúdeme a ser una buena escritora”, despertó su vocación hacia el dibujo en sus primeros años. Mary Flannery O’Connor nació en la localidad sureña de Savannah (Georgia- Estados Unidos) el 25 de marzo de 1925 de padres católicos irlandeses. El Sur de Estados Unidos era territorio hostil para los católicos, tal vez por eso la familia recibiera con agrado a los visitantes que llegaban de otros lugares y que serían semillero de amistades para la escritora en su edad adulta.

Kafka y Joyce, unos desconocidos

A los 19 años, Flannery se licenció en literatura y con un porvenir cabalgando hacia el matrimonio y a la docencia en escuela secundaria en su localidad, decidió, alentada por algunos profesores, desechar esa opción para irse a estudiar escritura creativa en la Universidad de Lowa, primera facultad que erigía esta disciplina en Estados Unidos.

De aquel contacto con la escritura, O’Connor reconocería posteriormente que vino a ser como un flechazo: “La verdad es que no empecé a leer hasta que fui a la escuela de posgrado y entonces comencé a escribir al mismo tiempo. Cuando entré a Lowa nunca había oído hablar de Faulkner, Kafka, Joyce, mucho menos los había leído. Pero en ese momento me puse a leer todo al mismo tiempo, tanto es así que no creo que haya sido influida por un solo autor.”

Tras terminar sus estudios en Lowa, vivió un tiempo en el estado de Nueva York. Allí hizo amistad con el poeta Robert Lowell, quien le presentó a quien sería el editor de sus libros, Robert Giroux. De este periodo es también su amistad con el traductor y poeta Robert Fitzgerald y su esposa.

Con el diagnóstico de su enfermedad Lupus, de la que había fallecido anteriormente su padre, abandonó el Norte y volvió a Georgia con su madre para escribir, criar a sus pavos, leer teología, principalmente al doctor de la Iglesia santo Tomás de Aquino, y mantener una multitud de relaciones epistolares que agigantan su producción literaria.

Cierta de la Encarnación y de la bondad del mundo

Su pasión por la escritura no disminuyó su fe, aunque no se hacía ilusiones sobre la influencia que podría tener con sus escritos de cara a sus contemporáneos. “Una de las cosas terribles de escribir cuando eres un cristiano –compartía en carta con una amiga- es que para ti la realidad suprema es la Encarnación (del hijo de Dios, Jesucristo), la realidad presente es la Encarnación, y nadie cree en ella; es decir, no tienes público. El público está compuesto de personas que creen que Dios ha muerto. Al menos tengo la conciencia de estar escribiendo para esas personas.”

Su consistente formación católica iba a la par de su vivencia personal, y la llevaba a decir a otra amiga hablando de las técnicas narrativas que estaba madurando: “La ficción es la expresión concreta del Misterio, un Misterio vivido. Los católicos creen que toda la Creación es buena y que la maldad es el mal uso del bien y que sin la Gracia lo usamos mal casi todo el tiempo. Es casi imposible escribir sobre la Gracia sobrenatural en la ficción. Casi siempre lo tenemos que encarar de una forma negativa. En cuanto a la Gracia natural, tenemos que recibirla como llega, por la naturaleza. En todo caso opera rodeada por la maldad.”

El mundo literario de Flannery, el Sur de los Estados Unidos, está poblado de seres extravagantes, como un predicador ateo que establece una “iglesia de Cristo sin Cristo”, un asesino nihilista, un vendedor itinerante de biblias que seduce a una mujer con una pierna ortopédica de madera (en su Biblia hueca guarda naipes pornográficos, whisky y condones…).

Éste contrastaba con su imagen personal, similar al de una profesora acogedora sentada en el porche de su casa, enfundada en sus vaqueros (cosa rara para aquellos tiempos en una mujer) y con una camisa a cuadros; inhiesta en sus muletas, compañeras diarias para ayudarla en su enfermedad, y así poder controlar los andares de sus chillones pavos.

La Iglesia sin Cristo

Más allá de esta galería de personajes límite que nos presenta, encontramos una escritora que aborda sin complejos cuestiones ligadas al hecho religioso, como la salvación, la redención y la gracia, cuyo arte es una alabanza a Dios desde su vinculación profunda con la Iglesia Católica.

Al respecto dirá: “Cuando miro los cuentos que he escrito encuentro que son, en su mayoría, sobre personas afligidas y pobres, tanto de cuerpo como de alma, que tienen poco sentido espiritual y cuyas acciones no dan, aparentemente, al lector ninguna seguridad sobre la alegría de vivir (…). Esto significa que el sentido de la vida esta centrado en nuestra redención por parte de Cristo y lo que veo en el mundo lo observo en relación con esto. No creo que sea una posición que se pueda tomar a medias o que sea, en estos tiempos, particularmente fácil hacerlo de manera transparente en la ficción.”

“La Iglesia sin Cristo” es la expresión que se convierte en el mensaje central del predicador Hazel Motes, en Sangre sabia. Como dice Flannery O’Connor en el prólogo: “Que la creencia en Cristo sea para algunos hombres una cuestión de vida o muerte, ha sido un constante obstáculo para aquellos lectores que prefieren pensar que es una cuestión de escasa importancia”. La negación sistemática de toda fe cristiana, que hace la Iglesia sin Cristo, finalmente no hace más que reafirmarla.

Pocos años antes de morir en 1964 Flannery a los 39 años de edad a causa del Lupus, se la comienza a reconocer en los Estados Unidos y algo más tarde en Europa. Ella, que vivió en su pequeño mundo sureño, supo conocer y conectar, como pocos, con el caudal de vida y de mezquindad que anidan en el corazón humano desde la noche de los tiempos, que fue rescatado para siempre por el Dios hecho hombre en una época y lugar extraños, Palestina, tanto como su pantanoso Sur.

 

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