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¿Por qué la Iglesia se empeña en defender la familia “de siempre”?

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Cada vez más sola, pero la Iglesia no cambia de idea sobre la familia: ¿no está perdiendo el tiempo?

¿Por qué se empeña  la Iglesia en ir “contra corriente”  en una aparente  defensa inútil  de la llamada “familia tradicional” sin la más mínima posibilidad de acercarnos a la mentalidad del mundo contemporáneo que cada vez extiende de una manera más difusa un nuevo concepto  de familia? ¿Qué nos impide aceptar acomodarnos a los nuevos tiempos que gozan de fama de modernidad espacial y seguimos férreos en  amparar  la familia como núcleo central de un sociedad sólida que entienda que sólo de esta manera se asegura su supervivencia en medio del mundo?

No tenemos sino una sola respuesta: la fidelidad al evangelio. Pero es apremiante entender que la familia que  la Iglesia defiende no es esa que la cultura ha dado por llamar  “tradicional” (como sinónimo de atávica, o ancestral) sino aquella  constituida por Dios y a la que el mismo Jesús pudo pertenecer permaneciendo bajo  la patria potestad y el desarrollo humano  que le fue proporcionado por sus padres.

La Iglesia defiende y promueve la familia cristiana. No puede hacer menos que eso, es su tarea, su responsabilidad, su vocación.  No enfrentamos agresivamente las nuevas corrientes post-modernas que difuminan e introducen nuevos conceptos de familia que la hacen cada vez menos identificables. Nuestra tarea es clarificar lo que nos ha sido revelado por Dios desde los evangelios y que ha dejado en custodia para que lo sigamos enseñando a todas las generaciones hasta el fin de los tiempos. La familia cristiana, esa que constituyen los cónyuges (varón y hembra) y que tiene como culmen de su expresión de amor donativo y electivo  el engendrar a sus hijos; ella   es  la mayor y más perfecta imagen de Dios sobre la tierra. Del mismo modo que Dios es tres siendo uno solo, también la familia la constituyen tres haciéndola una.

No vivimos obcecados en mantenernos al margen de la evolución de las sociedades sino que nos empeñamos más bien en conservar  encendidas nuestras lámparas para que el mundo no caiga en la oscuridad absoluta. No somos enemigos del hombre moderno sino defensores acérrimos de su dignidad y de su origen divino. No nos levantamos lanza en ristre contra todo el que no piense como nosotros, más bien mantenemos en alto nuestra antorcha para que podamos convertirnos en señal para aquellos que  como viajeros en el mundo se sienten perdidos pues encuentran permanentemente sendas que les proponen conducirlos a todos hacia la felicidad. No proponemos un camino, mostramos El Camino.

No es aleatorio ni casual que la Sagrada Escritura traiga en cuatro oportunidades la expresión: “Por eso deja el hombre a su padre y a su madre, se une a su mujer y se hacen los dos una sola carne”. (Gn. 2,24; Ef. 5,31; Mc. 10,7; Mt. 19,5). En ella está el núcleo central de la voluntad de Dios en cuanto a la conformación de la pequeña comunidad en la que hará presencia de salvación. La sacralidad de la familia viene antecedida por el vínculo indisoluble de la unión esponsal, de tal modo que es el mismo Señor quien condena el adulterio como un atentado a dicha santidad, unidad e indisolubilidad puesto que éste va pervirtiendo el rostro de Dios y va llevando a la decadencia las sociedades divorcistas y poligámicas.

Para tal fin, el Papa Francisco ha convocado, ocho meses después de su pontificado, un Sínodo de obispos para reflexionar en torno a la familia cristiana, esa que nos ha mostrado el Señor. No para  adoctrinar sobre ella, cosa que se ha hecho de modo abundante, sino para ofrecerle de modo acertado la misericordia de Dios y la vocación sublime a la que  ha sido llamada. La familia que la Iglesia defiende y promueve no tiene nada que ver con aquella que trata de imponer la ideología de género, o las nuevas leyes estatales que legislan “a favor” de los derechos de las minorías, pero en contra de la lógica y de la razón. La nuestra tiene identidad definida, misión clara y fundamento firme en la Roca que es Jesús.

La familia no es solamente el “grupo primario” de cualquier sociedad,  sino también su corazón y es la materialización de la Iglesia en su más pequeña expresión. Ella está llamada a santificar al hombre mediante la vida sacramental, a ayudarle a alcanzar la salvación a través de la evangelización y aceptación de Jesús, a seguir los pasos de la familia de Nazareth. No maldecimos la oscuridad, encendemos la luz;  no despotricamos, enseñamos; no maldecimos, bendecimos. Pero respetar al otro, dar al César lo que es del César no nos impide dar a Dios lo que es  de Dios. Aunque el Estado, en su derecho a regir para todos de modo incluyente, busque respetar las diferencias y otorgar a cada uno el derecho que le corresponde en su  reconocimiento individual, no nos puede mutilar en la tarea de seguir enseñando a los nuestros la voluntad de Dios.

Existen, finalmente, dos elementos importantes que necesita nuestra evangelización de la familia: la oración y el ayuno. Lo que no se logra mediante la razón hay que buscarlo por medio de  estos dos. Hay poderes mundanos que sólo son vencidos con ellos. No es culpa del hombre, en el fondo todos creen defender lo que es justo y razonable; es obra del espíritu del mal que ha pervertido todo para desafiar al Creador.  

 

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