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“El Silmarillion”, el libro de Tolkien de obligada lectura

© John Howe
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Una obra católica en la que cada página es un tratado de lingüística, de historia y de geografía, pero sobre todo del Bien y del Mal

Hace justo diez años nuestra firma Marco Respinti (quien sabe si alguien se acuerda) se encargó de la edición italiana de El Silmarillion de J.R.R. Tolkien. La editorial Bompiani publicó una versión de bolsillo a bajo precio (12,50€, pocos para 683 páginas) que leí dos veces seguidas con gran placer.
 
La razón es que mi cabeza, por razones de profesión, siempre esta fija en la crónica contemporánea, y a veces desborda de confusión por las malas noticias que todos los días se producen. Un escritor y periodista del Tercer Milenio ve su fe vilipendiada en Occidente, asediada por verdugos islámicos, no defendida por quien debería hacerlo, ve a herejes aclamados y reverenciados, al pequeño número de ortodoxos despreciado y tratado como parientes incómodos, ve la vida cotidiana cada vez más llena de sinsentidos y de políticos sesentones que toman el sol despreocupadamente al borde del abismo que tan meticulosamente han creado.
 
Por esto, una bocanada de aire puro, aunque fantástica, al menos por la noche, para dormirse y tener felices sueños, es necesaria como el pan. El católico Tolkien es conocido universalmente gracias al director australiano Peter Jackson que, dedicando tres películas al Señor de los Anillos y otras tres al Hobbit, ha ganado Oscars y dinero. El Señor de los Anillos, efectivamente merecía tres películas porque es una obra compuesta por tres tomos. Pero no así El Hobbit, que consta solo de un volumen, Jackson lo ha estirado para hacer tres, comprendiendo que Tolkien es una mina de oro. Y el católico Tolkien, recordemos, escribió explícitamente que había escrito una obra católica. Justamente, una novela es más “religiosa” cuanto menos habla de religión. Lo que cuenta es la filosofía que destila la obra. Para entendernos, una novela marxista no necesita citar el “Manifiesto” o contar las aventuras de un bolchevique en las barricadas.
 
Dicho esto, toda la obra de Tolkien es una verdadera bombona de oxígeno para nosotros los católicos evangélicamente cansados y oprimidos. Esperemos que Jackson se dé cuenta de que de El Silmarillion, podría sacar seis películas y que tendríamos para rato. Esperemos también que él mismo, los productores, el equipo técnico y los espectadores se den cuenta de que, si la saga de Tolkien gusta tanto, algo querrá decir y que reflexionen sobre lo perenne y la universalidad (y por tanto, verdad) sobre la filosofía que destila.
 
El Silmarillion, se comenzó en 1917 y nunca se terminó. Fue publicado en 1977, cuatro años después de la muerte del autor, por su hijo Christopher. ¿De qué habla? De nada menos que de todo lo que sucede hasta El Hobbit, partiendo de la misma Creación. Como saben los fans Tolkien, filólogo, había creado dos lenguas élficas, el Quenya  y el Sindarin, con todo el vocabulario y una guía de pronunciación.

Además, consciente de la importancia (no solo) simbólica de los nombres (el mismo Jesús hace uso de esto en el Evangelio, cambiando el nombre a Pedro), para cada personaje o lugar proporcionó también las versiones en la lengua de los enanos, en la de los hombres y en la angélica, no olvidando los sobrenombres en las distintas lenguas y el cambio de los nombres según los sucesos. Se trata, además, de lenguajes coherentes, es decir con prefijos, sufijos, desinencias y plurales regulados por normas precisas. Lo que hace casi imposible para cualquier otro autor crear una fantasía que le pueda hacer sombra.
 
Tolkien no solo inventó el género fantasy, además lo agotó, ya que después de él los demás solo pueden combinar los elementos creados por Tolkien: elfos, dragones, enanos, hombres, señores oscuros, espadas, magos. Tolkien es inalcanzable, el resto solo puede crear una pálida imitación. Además la obra de Tolkien es católica.

 
Relatar la trama del Silmarillion es imposible. De hecho, no se trata de una trama sino de más de una, que se continúan y que son consecuencia unas de otras. En el volumen Bompiani además hay, como es costumbre tolkieniana, mapas, genealogías, referencias puntuales a toda la saga, reglas de pronunciación y una carta del mismo Tolkien en la que explica, por ejemplo, que Eru Ilùvatar es Dios, que los Ainur son ángeles, que los Valar son los que han elegido cuidar Arda, que es la Tierra, que Melkor es el ángel malvado y que esa maldad es una decisión suya (de aquí que tome el nuevo nombre de Morgoth).
 
En la aclara que Nùmenòr es la Atlántida (de hecho, el lector atento del Señor de los Anillos sabe que después de su caída en el fondo del mar ese reino fue llamado en lengua élfica Atalantë, que quiere decir “la caída”).

Con la esperanza de verlo en la gran pantalla, nos contentamos con la lectura y relectura de El Silmarillion, una bocanada de aire fresco, y recemos para que Ilùvatar nos mande otro escritor católico de la talla de John Ronald Reuel Tolkien, nacido en 1892 y que nunca murió realmente.
 

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