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Buenos días, por favor, te quiero… esas frases cotidianas que esconden mucho más

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Esas sencillas expresiones que todos usamos se arraigan en el mandamiento del amor al prójimo

Pensando que esta semana comienza de nuevo para muchos  lo que llamamos “vida ordinaria y normal”,  he creído oportuno expresar con palabras algunas muestras de nuestro proceder, como signo expresivo del amor hacia los demás. El mandamiento del amor con frecuencia se manifiesta de una manera importante, pero de forma sencilla y humilde. He escogido algunas de las expresiones que no podemos olvidar o que debemos recuperar.

Muchas gracias. Es muy importante dar gracias porque demuestra que somos conscientes de lo que recibimos y de quien lo recibimos. Gracias por la vida, gracias por cada mañana, por las personas con las que me he encontrado y me han saludado. Gracias por quienes cuidan de mí o de quienes he recibido unos buenos días o unas palabras de afecto, de consuelo; por quienes me han ofrecido una sonrisa… No olvidemos dar gracias a Dios por sus “regalos” de cada día. Incluso en aquellos días un tanto oscuros… porque nos da fuerzas para afrontarlos. Y gracias  a las personas. Habéis pensado que sería de nosotros sin las personas que están a nuestro lado, que piensan en nosotros, en tantos profesionales, servidores…

Seamos agradecidos y recibiremos agradecimientos, ya que “caeremos en gracia”.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches. Los buenos deseos también se transmiten por medio de palabras sencillas. La salutación es reconocimiento, es deseo y compromiso de hacer todo lo que esté en nuestras manos para que en verdad sea un buen día o una buena noche para aquella persona.

La salutación,  si es sincera y va acompañada de una sonrisa, es esencial para la convivencia educada y pacífica. Esforzarse en conseguir una buena convivencia es una forma de amar. No olvidemos que el amor a Dios y a los demás resume el Evangelio, el nuevo mandamiento.

Por favor. Es la forma de expresar a la persona o personas la necesidad que tenemos los unos de los otros. Es un reconocimiento a nuestras limitaciones y necesidad de ayuda, que no sumisión. En cierta ocasión y mientras atendía a una persona en sus últimos momentos de vida, me dijo con toda lucidez: “He intentado ser un favor para quienes me han rodeado, pero quizás no siempre lo haya conseguido. Pido perdón por ello esperando que Dios me muestre su favor”. Que sea signo de humildad, nunca de humillación.

Te quiero. Con frecuencia cuesta decirlo sinceramente y con el verdadero sentido que tiene el amor, que es donación, servicio, interés, compromiso. Deseamos escucharlo de los demás o del otro,  pero cuesta decirlo cuando no se persigue obtener beneficio alguno.

No iremos diciendo a todos que les amamos, pero pensemos en los más próximos, en quienes hacen el camino de la vida junto a nosotros. Pensad en ello los esposos; también los padres e hijos, los abuelos y los hermanos. No demos por hecho que “ya lo saben…”.

Te felicito. Alegrarse sinceramente de cualquier hecho que afecta  a una persona y desearle felicidad es un reconocimiento que se agradece y valora. No en vano el deseo es compromiso de verdad.

Y ahora pensemos en la plegaria de la mañana o de la noche. Si aprendiéramos a dar gracias a Dios, a sentirnos amados por Él y a decirle que le amamos; si le pedimos un buen día y una buena noche, que nos de sus favores, especialmente la capacidad de amar, y descubrimos la verdadera felicidad que Jesús nos propone… el día a día del nuevo curso será una “buena noticia”.

Por monseñor Francesc Pardo i Artigas, obispo de Girona. Artículo publicado por SIC

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