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El don del Génesis y un deseo: volver a soñar con Dios

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Ciudad Nueva - publicado el 12/08/14

Las interesantes lecciones para la vida del primer libro de la Biblia

La pregunta acerca del oficio es la primera de la vida adulta. Cuando no sabemos responder a esa primera pregunta, no sufre sólo nuestro puesto de trabajo, sino nuestro lugar en el mundo.

‘Él les habló y ellos reían y lloraban a un tiempo. Todos extendieron las manos hacia él, que estaba en medio de ellos, y le besaron, mientras él les acariciaba. Así termina esta invención de Dios, la bella historia de José y sus hermanos.” (Thomas Mann, José y sus hermanos).

“¿Cuál es vuestro oficio?”, les preguntó Faraón a los hermanos de José. “Pastores de ovejas”, respondieron (47,3). La pregunta acerca del oficio es la primera de la vida adulta. Cuando no sabemos responder a esa primera pregunta, no sufre sólo nuestro puesto de trabajo, sino nuestro lugar en el mundo. El oficio es la sintaxis con la que componemos nuestro discurso social. Por eso, cuando a un joven no se le da un oficio (que antes que talento y esfuerzo es don, ya que el oficio se aprende de otro), le faltan palabras para hablar de sí a los demás y a uno mismo. La grave indigencia de puestos de trabajo de nuestro tiempo es también consecuencia de una profunda crisis de los oficios. Los oficios generados por la cultura artesana, marinera y campesina, la cultura de las profesiones, la fábrica y los oficios, se están contrayendo rápidamente. Muchos oficios ya han desaparecido y, en esta carestía de promesas y de sueños, no conseguimos crear otros nuevos en número suficiente.

Jacob “vivió en Egipto diecisiete años, siendo los días de Jacob, los años de su vida, ciento cuarenta y siete años” (47,28). Al sentir que se acercaba la muerte, Jacob-Israel repasó y resumió su larga vida: “El-Sadday se me apareció en Luz, en país cananeo; me bendijo y me dijo: ‘Mira, yo haré que seas fecundo y que te multipliques’. … Cuando yo venía de Paddán se me murió en el camino Raquel, en el país de los cananeos … Allí la sepulté, en el camino de Efratá, o sea Belén” (48,3-7). La vocación, la voz y Raquel. La Alianza, la promesa, las luchas, los abrazos y la fidelidad. Los habitantes de esta historia son las personas queridas, los lugares, Dios. Todos siempre presentes, todos siempre protagonistas. Cuando se tiene el don de vivir conscientemente los últimos y valiosos momentos de la vida (y es un verdadero don), vuelven a nosotros los rostros y reviven los lugares de los amores y de los dolores, de las buenas decisiones tomadas y de las citas a las que faltamos en las encrucijadas decisivas. No es raro que la última mirada a un rostro o a un lugar suponga la última reconciliación con la vida, donde arrancamos la última bendición al ángel de la muerte. Somos tiempo y espacio, que al final se confunden el uno en el otro: Raquel y Belén, El-Sadday y Luz, Paula y el colegio G. Leopardi donde nos conocimos. Todos ellos vuelven a la vida y dicen juntos nuestras últimas-primeras palabras.

Después Jacob puso las manos sobre la cabeza de sus nietos Manasés y Efraím y los bendijo con palabras de cielo (48,15-16). A continuación llamó a sus hijos y les dijo: “Apiñaos y oíd, hijos de Jacob” (49,1-2). Y así va pronunciando las últimas palabras para cada hijo, “bendiciendo a cada uno con su bendición correspondiente” (49,28), sin esconder los errores y las culpas (de Rubén, Leví y Simeón). Pero una vez más, la bendición más hermosa es la de José, que es como un salmo: “Un retoño es José, retoño junto a la fuente, cuyos vástagos trepan sobre el muro. Le molestan y acribillan, le asaltan los flecheros; pero es roto su arco violentamente … bendiciones de los cielos desde arriba, bendiciones del abismo que yace abajo, bendiciones de los pechos y del seno … ” (49,22-26). Como último deseo, pidió a sus hijos ser sepultado en la cueva de la Makpelá (49,31), comprada por Abraham a los hititas para Sara “como propiedad” (49,30), con un contrato en regla (50,13). Cuando acabó de hablar a sus hijos, Jacob “recogió sus piernas en el lecho, expiró y se reunió con los suyos” (49,33). Morirá en Egipto pero descansará en la tierra de Canaán.


En estos tiempos de enemistad con la muerte y, por lo tanto, con el límite, deberíamos releer muchas veces las bellas muertes de los patriarcas para sentirnos amados por ellas. La espléndida muerte de Jacob originó una nueva crisis en la fraternidad: “Vieron los hermanos de José que había muerto su padre y dijeron: ‘A ver si José nos guarda rencor y nos devuelve todo el daño que le hicimos’” (50,15). Aferrados por este temor, le enviaron a José un mensaje que contenía (probablemente) una mentira: “Tu padre encargó antes de su muerte: ‘Así diréis a José: Por favor, perdona el crimen de tus hermanos’” (50,16-17). Pero José “lloró mientras le hablaban”, y dijo una vez más: “Aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó para bien”. “No temáis” (50,19-21). Y, como en el primer perdón, José usó las mejores palabras para cualquier reconciliación: “No vosotros, sino Dios”.

Cuando se trata de curar la fraternidad herida, como en el caso de José y sus hermanos, el perdón no consiste en olvidar el pasado sino en invertir en una nueva relación ‘resucitada’. El perdón de la víctima no es suficiente, es necesario que quien ha cometido el delito crea de verdad en el perdón recibido. Los hermanos, ante el primer perdón, tal vez pensaron: “¿Lo hará por nosotros o por nuestro padre?”. La muerte de Jacob hizo surgir la duda y condujo a una nueva crisis, una nueva mentira, un nuevo llanto y un nuevo perdón.

No es raro que la muerte de uno de los padres origine una crisis en la relación entre los hermanos y hermanas. No sólo por cuestiones de herencias o intereses. La muerte del último progenitor, aun cuando los hijos ya sean mayores, siempre es un paso decisivo en las relaciones entre hermanos y hermanas. La situación de orfandad que se produce es real, al igual que la sensación de que una raíz profunda se seca por dentro. El principio de unidad de la familia, que era también un ‘lugar’, la casa materna, lugar de reunión, fiesta y reconciliación, deja de existir o existe de una forma distinta, y hay que encontrar un lugar nuevo, renovado. Si la relación había conocido heridas profundas, a veces hay que volver a per-donar para donar al perdonado el espacio y el tiempo necesarios para acoger el perdón: “Así les consoló y les habló al corazón” (50,21). El perdón no es un acto, sino un proceso, en el que hay que perdonar dos, siete o setenta veces siete.

Después “José murió a la edad de ciento diez años; le embalsamaron y se le puso en un sarcófago en Egipto”. Así termina, tras veinticinco semanas, este comentario al libro del Génesis. A partir del próximo domingo nos espera el Éxodo, siguiendo la misma voz y la misma promesa.

Comenzamos esta aventura del alma, difícil y estupenda, buscando nuevas palabras para la economía. Hemos encontrado mucho más que eso. Viajando al ‘final de la noche’ hemos vislumbrado el árbol de la vida. Nos despertamos, llamados a la existencia, en el jardín de la creación y allí, asombrados por el ser, hablamos con Dios en la brisa de la mañana y asistimos al primer cruce entre dos miradas humanas, ‘ojos en los ojos’. Después, en los campos, fuimos testigos del primer fratricidio-homicidio y el olor de la sangre del primero hombre-hermano muerto llegó hasta nosotros. Vimos a Lamek asesinar a un niño. El tiempo se paró, todos morimos con Abel y con los niños muertos en todas las guerras del mundo y los que siguen muriendo hoy (ha sido doloroso comentar estos últimos capítulos mientras caían los misiles sobre la ‘tierra de Canaán’). Subimos a un arca construida por el único justo y nos salvamos, hombres, mujeres y animales.

Después del diluvio, nos detuvimos en Babel: allí sentimos la tentación del comunitarismo, la superamos y nos pusimos en camino, dispersados y salvados a lo largo de la historia. Así llegamos a Ur de los Caldeos, donde encontramos a un arameo errante que partió creyendo en una voz distinta, más verdadera que la de los dioses de madera. Le dimos las gracias por haber creído también por nosotros y deseamos ser como él. Sonreímos por el hijo llegado en la vejez y después huimos al desierto, expulsados por Sara, junto con Agar e Ismael. Subimos con Abraham e Isaac al monte Moria; y sobre aquel monte, como en tantos otros lugares, perdimos y recobramos un hijo, pero sobre todo volvimos a escuchar la primera voz y a creer en su promesa. Nos enamoramos de Raquel a la orilla de un pozo y morimos con ella dando a luz a Benjamín. Vadeamos un torrente para regresar a casa del hermano engañado y allí fuimos atacados, combatidos, heridos y bendecidos, convirtiéndonos como Jacob, en Israel. Vimos el paraíso, soñamos con ángeles y con Dios, el sueño de los sueños.

Al final, nos encontramos con José, en el fondo de un pozo-tumba del que resucitamos para llegar a Egipto y convertirnos en intérpretes de sueños. Allí, en compañía de Thomas Mann, volvimos a aprender la fraternidad, comprendimos que la tierra prometida es la tierra de todos y descubrimos la importancia de los sueños. Pero antes y por encima de eso hemos sido inundados, sumergidos, arrollados y amados por las bendiciones, que han superado a las muchas ambigüedades y maldades que también hemos encontrado, sintiéndolas vivas en nuestras carnes. Bendiciones que nos han dicho, mil veces y en mil modos distintos, que la última palabra sobre el mundo y sobre el hombre no es la de Caín, aunque sea la que más se escuche en la tierra, ayer, hoy y tal vez también mañana. El Génesis nos ha dado oídos para escuchar otras voces, menos ruidosas pero más auténticas. Tratar de captarlas en el estruendo de la historia es nuestra primera tarea si queremos seguir siendo humanos, seres espirituales capaces de infinito. Pero sobre todo nos ha dejado dentro una pregunta que es también un compromiso, un grito y un deseo: ¿cuándo volveremos a soñar de nuevo con Dios?

Artículo originalmente publicado por Ciudad Nueva 

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