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Autonomía, libertad para hacer lo que quiero… llamémoslo por su nombre: egoismo

© Ollyy/SHUTTERSTOCK

Carlos Padilla Esteban - publicado el 02/08/14

No queremos que nos inquieten, que nos quiten la paz, nuestro espacio protegido y anhelado. Especialmente en vacaciones

Puede que el pecado que con más frecuencia confesamos sea el egoísmo. Nos sentimos egoístas, egocéntricos, algo ególatras, autorreferentes. Pensamos antes que nada en nuestro interés, en nuestro bien, en lo que nos afecta.

Sí, la verdad es que muchas veces somos egoístas. ¡Cuántas veces pensamos sólo en nuestro interés, en lo que nos conviene! Nos olvidamos de las necesidades de los demás, miramos hacia adelante y seguimos nuestro camino.

Hace un tiempo leía una afirmación que revela muy bien esta actitud egoísta: «Era innegable que había vivido mi vida conforme a esa máxima: mira hacia otro lado. No preguntes nada. Y, por lo que más quieras, no des tu opinión»[1].

Mirar hacia otro lado, no comprometernos, no involucrarnos. Vivir así es egoísta. Juan Pablo II les hablaba a los jóvenes en 1989 de la aparente libertad que ofrece el mundo: «Una autonomía total, una ruptura de toda pertenencia en cuanto criaturas e hijos, una afirmación de autosuficiencia, que nos deja indefensos ante nuestros límites y debilidades, solos en la cárcel de nuestro egoísmo, esclavos del espíritu de este mundo, condenados a la servidumbre de la corrupción(Rm 8, 21)».

A veces nos dejamos seducir por esa libertad y autonomía que ofrece el mundo. Una libertad de un Dios exigente y demandante. Una autonomía de los hombres en la carrera de la vida. Una autonomía autorreferente que nos lleva a querer proteger nuestro espacio y vivir tranquilos en nuestras cosas, sin que nadie perturbe nuestra paz.

Por eso decimos, sin ningún pudor, cuando deseamos poseer algo o realizar algún plan atractivo: «Tengo derecho. Me lo merezco». Y así nos justificamos y disfrutamos de la vida sin preocuparnos de cómo están los demás, evitando que nos molesten, reservando ese tiempo sagrado con el que saciamos nuestra sed.

La codicia, el deseo de poseer, de tener más, nos hacen egoístas. Y lo somos cuando sólo pensamos en nuestros deseos. No queremos que nos inquieten, que nos quiten la paz, nuestro espacio protegido y anhelado. Especialmente en vacaciones este sentimiento se hace más fuerte. No queremos que turben la tranquilidad soñada, no queremos que echen a perder nuestros planes.

A veces ponemos excusas piadosas o aparentemente desinteresadas para proteger nuestro mundo. Pero, si somos sinceros, muchas veces la verdadera intención que nos mueve es el egoísmo. El aparente altruismo se transforma en una descarada búsqueda del propio interés.

Durante el año, cuando nos toca trabajar y obedecer, queda poco tiempo libre para tomar decisiones. Vamos respondiendo a las demandas de la vida, de los demás. Los compromisos son muchos y nos absorben. Las exigencias de los hijos, del trabajo, del apostolado, de la vida social, nos pesan.

Simplemente nos dejamos llevar y no cuestionamos nada. Pero luego, en nuestros espacios de tiempo libre, allí donde sí podemos decidir, es entonces cuando sale a flote nuestro egoísmo. Llevamos cargando responsabilidades y no queremos que también nos echen a perder nuestro tiempo libre.


[1] Seré Prince Halverson,
Cuando tú no estés, 240

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