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Grandes lecciones que el fútbol nos enseña

© JEWEL SAMAD / AFP

Carlos Padilla Esteban - publicado el 19/07/14

Lo que de verdad importa es entregarlo todo en cada paso, dar la vida en el campo, aunque al final perdamos; es cierto que duele perder, pero también nos hace más fuertes y más maduros

Jesús, si estuviera aquí hoy, utilizaría el fútbol como imagen para enseñarnos algo de la vida. Después de un mes de tanto fútbol con el Mundial hay muchas imágenes que hablan de la vida. Decepciones y alegrías, frustraciones y desprecio, hastío y cansancio.

El fútbol mueve pasiones. Despierta alegrías y tristezas. Amores incondicionales o violencia. Aleja y acerca, une y separa. El fútbol no nos deja indiferentes. Competir, luchar por la victoria, ganar o perder.

Son muchas las cosas que podría enseñarnos Jesús si se sirviera del fútbol como parábola. El fútbol es un deporte de equipo. Todos tienen un lugar. Importa más trabajar por el todo que buscar la propia gloria. Un equipo puede tener muchas estrellas, pero, si no se trabaja por el todo, el valor de las estrellas se puede perder.

Trabajar en equipo exige renuncia, sacrificio, humildad. Exige renunciar al propio beneficio si eso redunda en beneficio de todos. Nada se consigue sin contar con los demás. Solos no podemos.

Decía el Papa Francisco en su Exhortación: «Nadie se salva solo, esto es, ni como individuo aislado ni por sus propias fuerzas. Dios nos atrae teniendo en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que supone la vida en una comunidad humana. Este pueblo que Dios se ha elegido y convocado es la Iglesia».

Todos son importantes en el grupo. Si yo no aporto lo mío, lo que sé hacer bien, los demás se pierden algo. No es fácil. Porque podemos guardarnos y dejar que otros aporten. Podemos reservarnos y dejar que otros se esfuercen. Todos somos necesarios.

Por eso, cuando perdemos, perdemos todos. Y cuando ganamos, ganamos todos. Es la comunión por alcanzar el fin soñado. Sí, el fútbol habla de la vida y nos muestra las cosas importantes.

Caminamos unidos, estamos entrelazados en esta vida. Jugamos en equipo, nos necesitamos los unos a los otros, necesitamos personas que nos ayuden a descubrir nuestro lugar en el campo, que confíen y crean en lo que podemos hacer cuando saltamos a jugar. Nuestro aporte es fundamental. El aporte de todos construye.

Además, el fútbol nos enseña que en la vida las derrotas y las victorias son pasajeras. Una línea muy delgada separa el éxito del fracaso. Un segundo, un error, algo de suerte, un milagro.

Decía un entrenador: «Muchas veces nos enseñan que ganar es todo, lo más importante, lo único. Yo el primero. Pero la gente que te apoya te hace ver que no sólo existe esta parte del fútbol. Existe la otra, donde el partido no merece ni una lágrima, porque cuando en la vida se da todo, se puede ganar, se puede perder, pero importa menos. Podemos perder con la tranquilidad de haberlo dado todo. Es la vida, en un momento lo tienes todo y, de repente, no tienes nada».

Como en muchas cosas en la vida el final no es lo más importante. Aprender a vivir significa valorar el momento, la etapa del camino y ver que no es todo ganar. Porque en un momento todo puede cambiar. Se puede perder lo que estaba al alcance de la mano.

Lo que de verdad importa es entregarlo todo en cada paso, dar la vida en el campo, aunque al final perdamos. Es cierto que duele perder, pero también nos hace más fuertes y más maduros.

Después de la derrota sólo nos queda una cosa por hacer: levantar la cabeza y caminar de nuevo. Luchar otra vez hasta el final aunque no lo logremos de nuevo. Mirar la próxima meta y anhelar lo imposible. Y creer, sí, siempre creer que es posible. Sí, es como la vida misma.

Jesús, hablando de fútbol, hubiera hablado del juego limpio, evitando la violencia. Hubiera resaltado la honestidad para decir siempre la verdad, sin fingir ni mentir con gestos

, tratando de engañar al árbitro.

Hubiera ensalzado al que trata con respeto al contrario, al que no insulta ni agrede, al que no ridiculiza ni se ríe del mal ajeno, al que admira al contrario antes y después del partido. Hubiera elogiado al futbolista que aceptara la misión oculta de construir sin ser el más destacado, sin ocupar al final los titulares de prensa.

Destacaría la labor del buen entrenador. De aquel que sabe sacar lo mejor de los suyos y logra explotar todo su potencial, como un verdadero padre. Conociendo sus límites, soñando sus posibilidades, queriéndolos en su misión. Sin humillar al que falla. Alentándolo a seguir y confiando de nuevo en sus capacidades.

Elogiaría Jesús al entrenador que uniera el vestuario, creara puentes, acogiera a todos, supiera poner a cada uno en su lugar, y aclarara siempre que ninguno es imprescindible en la alineación inicial, pero todos son fundamentales a lo largo de la temporada.

Alabaría al entrenador que asumiera las culpas en las derrotas y no atacara a los suyos exculpándose siempre. Un entrenador capaz de unir, de integrar, de sacar lo mejor de cada uno.

Alabaría el fútbol como un juego, en el que uno se divierte y lo da todo. Pero un juego que se toma en serio, como la vida misma.

Hay partidos amistosos, entrenamientos, partidos poco importantes y partidos vitales. Luego hay esos partidos que sólo se juegan una vez en la vida. Donde se decide todo. Ahora o nunca. Sí, de esos partidos hay algunos en la vida. Son momentos en los que la decisión que tomemos, aunque sea difícil y dolorosa, puede cambiarlo todo. Ahora o nunca.

En la vida, como en el fútbol, hay que aprender a vivir. Eso es lo que hace bonita la vida y el fútbol. Porque en la vida, sí, como en el fútbol, nuestro trabajo muchas veces no obtiene éxito, pero no importa, nos levantamos y seguimos luchando. Merece la pena el esfuerzo y darlo todo. A veces la mala suerte, los errores, las lesiones, pueden truncar nuestros deseos. Pero no es el final de nada. Porque este partido de la vida se juega para siempre.

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