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¿Cómo trató la Revolución Francesa a los judíos?

© Public Domain
Napoleón garantiza la libertad de culto a los judíos, postal de 1801
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Análisis del laicismo moderno, ante el próximo aniversario de la Toma de la Bastilla

Al realizar un listado de las características definitorias de la "edad contemporánea", con su amalgama de profundas transformaciones, no deberíamos olvidar la actitud de los estados modernos ante el fenómeno religioso. Vaya por delante que en los albores del siglo XIX era urgente liberar a muchas conciencias de una dependencia espuria, y no dejamos de lado que la posición social de la Iglesia católica estaba en muchos puntos dislocada, diluida en un sofocante clericalismo. Sin embargo, esto no justifica el esfuerzo de los nuevos estados por asimilar los diversos credos dentro de una religión laicista "civil" dotada de su propia (y falsa) alternativa teológica, antropológica, moral y, por supuesto, soteriológica.

Hoy vamos a mostrar un caso paradigmático de lo que supuso en aquel momento esa política cuyo objetivo era (y todavía hoy es) obligar a los creyentes por la vía de la fuerza a abandonar su fe para ingresar en las filas de una nueva religión (lo que en Francia se denominó "iglesia constitucional"). Se trata de la situación que atravesaron los judíos sefardíes durante la Revolución Francesa.

Esta pequeña pero importante comunidad, precisamente para evitar el baño de sangre en el que se estaban ahogando los fieles católicos, se dejó arrastrar hacia una sumisión que, en la práctica, puso fin a su forma de vida y, en la mayor parte de los casos, significó el abandono de la fe de los padres. Lo que no había conseguido la intolerancia religiosa en la Península Ibérica lo lograron los decretos legislativos de la Asamblea revolucionaria.

La situación de los sefardíes en tierras galas quedó marcada por un destino sorprendente. Cuando fueron expulsados de España en 1492 sólo tenían un gran estado en el que cobijarse en toda Europa, que era Portugal. Hay que recordar que España es el penúltimo país de nuestro entorno en prohibir el judaísmo dentro de su territorio, y que los judíos sólo podían desplazarse a lugares como Inglaterra o Francia a condición de aparentar ser cristianos. No se podía esperar que sucediese algo así. Las familias que salieron de Portugal después del proceso de conversión forzosa iniciado por Manuel I en 1497 ya habían rechazado esta situación en España anteriormente, demostrando la firmeza de su fe.

Si grupos de ellos (una minoría en comparación con los que se instalaron en el Imperio Otomano) marcharon al otro lado de los Pirineos no fue porque allí se admitiese el judaísmo, sino porque su práctica en secreto no vivía bajo la permanente amenaza de la Inquisición. En total, y aunque es imposible acceder a datos precisos, se acepta que en la Francia de principios del siglo XVI había alrededor de 3.500 judíos sefardíes y tal vez algo más de 30.000 askenatíes ―estos últimos ubicados en extensas zonas del este del país y con una cultura y costumbres que les llevaba a sostener una identidad diferenciada.

Estos grupos procedente de suelo luso se instalaron primero en Saint-Jean-de-Luz pero, al ser descubiertos por la población y sufrir linchamientos, se desplazaron hacia Bayona, Burdeos, Rouen y otras ciudades más pequeñas. Las autoridades francesas no podían admitir que se trataba de judíos, así que optaron por considerar a los nuevos inmigrantes como cristianos, prohibiendo a la vez cualquier investigación sobre su vida religiosa. Se optó por la tolerancia bajo el velo, entonces imprescindible, de la hipocresía.                 

Lo que nos interesa destacar es que los sefardíes obtuvieron, por esa vía, el reconocimiento de su peculiar idiosincrasia y, con la ayuda de la más que notable comunidad de Amberes, crearon reglas jurídicas adaptadas a su modo de vida: decretaban y gestionaban sus propias tasas, contribuyendo con ellas al erario francés, tenían sus recaudadores, cementerios, sinagogas, instituciones de caridad, tribunales y gobernantes, regulados según una legislación que ellos mismos promulgaban y, con todo, participaban al mismo tiempo en el gobierno de la ciudad sin descuidar sus obligaciones económicas, políticas y sociales con el estado que les acogía. Toda una lección de que el respeto a la diversidad no exige, más bien lo contrario, confundir la igualdad con una estandarización abstracta y violenta.

Las instituciones comunitarias que crearon tenían tal importancia y calado que a partir de 1698 comienza a hacerse habitual el referirse a ellos como "Comunidad de la Nación judaica o portuguesa", en referencia a los núcleos franceses pero, sobre todo, a la unidad internacional que constituía la diáspora sefardí, establecida en diversos puntos de Europa, Oriente Próximo, Norte de África y Tierra Santa. Las propias autoridades comenzaron a hablar de la Nación judía en Francia a partir de 1723.

¿Qué le sucedió a esta Nación durante la Revolución?
 
En la revolución se vertieron los anhelos de igualdad que se habían ido acumulando en las décadas anteriores. La pobreza extrema de la mayor parte de la población y los escandalosos privilegios con los que contaban algunas instituciones dibujaban una situación de injusticia inaceptable.

Sin embargo, a falta de un criterio sobre qué circunstancias hacían adecuadas las diferencias entre los distintos grupos cuya cultura, religión y costumbres eran realmente singulares, se consideró que toda distinción era privilegio, y así la edad contemporánea se inauguró con el rodillo de la uniformidad. También entre las juventudes intelectuales hebreas caló esta percepción, dando lugar a la Haskalá, corriente de pensamiento que preconizaba un concepto meramente civil y abstracto de "pueblo", alejado de toda pertenencia étnica o cultural. Ser francés, inglés o alemán se convirtió en la religazón fundamental.

El primer paso, muy significativo, para la asimilación de los judíos, fue permitirles participar en las elecciones a la Asamblea de 1789 pero impidiendo que estuviesen allí como representantes de su comunidad cultural y política, sino como miembros del estamento social que les correspondiera. Sólo esta decisión ponía dificultades a la postre insalvables para negociar una estatuto jurídico diferenciado. El precio que tenían que pagar para ser considerados "franceses" era dejar de ser "judíos" más allá de su fuero interno o su vida privada.

Paulatinamente todo el entramado político que habían creado va desapareciendo, y su capacidad de autogestión es eliminada de manera radical. El 18 de febrero de 1790 los sefardíes de Burdeos terminan por aceptar esta realidad declarando que, siendo ya imposible que se les reconozca como Nación, lo conveniente es disolver sus instituciones. Los judíos franceses quedarían definitivamente "emancipados" el 2 de septiembre de 1791, cuando la Asamblea Nacional señale que su ciudadanía supone "una renuncia a todos los privilegios y excepciones (sic) introducidos en su favor anteriormente". Ya lo decía Ortega: Dios nos libre de los que vienen a salvarnos de nosotros mismos queriendo tornarnos otros.         

Desde aquel momento ya no existirá, pues, una comunidad judía, sino sólo una francesa a la que se debe culto por encima de cualquier otra identidad particular. Como era de esperar pronto la Nación se disipó y muchas sinagogas se transformaron (así, por ejemplo, la de Bidache) en "Templos de la Razón" o fueron abandonadas. Incluso los flamantes "franceses nuevos" se tornaron  perseguidores inagotables ―al estilo de la España de los Austrias― de quienes permanecieron fieles a su tradición y a quienes, en una ironía digna de atención, llamaban "fanáticos".

No podemos dejar de señalar que este esfuerzo de los sefardíes por lograr la estandarización de sus derechos de ciudadanía no fue bien recibido por sus convecinos, a los que se les antojaba que el trato de igualdad concedido a los nuevos emigrantes era el verdadero privilegio. De ahí nació el antisemitismo galo, que tuvo como punto culminante el conocido caso "Dreyfus".

Esto, amigo lector, es otra historia, pero la que hemos contado tal vez nos ayude a reflexionar sobre el sentido del laicismo que se intenta imponer en toda Europa y su larvada intolerancia.

 

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