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Amar cansa, encuéntrale sentido a tu cansancio

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 05/07/14

Benditos los que se cansan porque tendrán el descanso verdadero en el pecho del Señor, en su momento, cuando lo hayan dado todo

Con frecuencia estamos cansados. La vida y sus exigencias. ¿Cuál es el motivo de nuestro cansancio?

A veces viene el cansancio por el ritmo que llevamos. Trabajos exigentes, el cuidado de los hijos, los compromisos sociales, apostólicos, familiares, el estudio, la necesidad de formarnos. Una lista de compromisos y obligaciones que va llenando nuestra vida. Nos parece que no hay tiempo para nada.

Jesús nos dice que en Él podemos descansar. Que todos nuestros agobios los podemos dejar en sus manos.

A veces nos cansamos porque no cuidamos nuestro ritmo de vida. ¡Qué importante es la asertividad! Es la capacidad para expresar nuestros deseos de una manera afable, franca, abierta, directa, logrando decir lo que queremos sin herir a otros.

Muchas veces nos cansamos porque no hemos aprendido a decir que no podemos. Nos dejamos llevar por la presión ambiental y cedemos. Acabamos haciendo lo que no queremos hacer y nos acabamos dejando llevar por donde no queremos ir. Es el cansancio por no saber tener las prioridades claras. ¿Están claras en nuestra vida?

Cuando hemos pensado y rezamos lo que queremos hacer con nuestro tiempo es más fácil decidir qué hacer en cada caso. Las prioridades en el corazón son importantes. ¿Qué lugar ocupa nuestra familia? ¿Qué tiempo es para Dios? ¿Cuándo y cómo descanso durante la semana? ¿Cómo cuido los vínculos más importantes de mi vida? La importancia de establecer prioridades claras.

Habrá lugar para las excepciones. Pero es importante saber hacia dónde caminamos. La meta tiene que estar clara. Y también los acentos. ¿Quiénes somos? ¿Cuál es el ideal que tenemos que hacer vida en nuestras acciones? Para cada cosa su momento.

Los imprevistos forman parte de la vida. Pero es fundamental saber lo que Dios nos pide y lo que no es de Dios. No todo lo que es bueno tengo que hacerlo. Habrá cosas buenas que no me las pida Dios. Saber distinguir las unas de las otras no es fácil. Nos exige tiempo de oración. Y tampoco puedo vivir protegiendo enfermizamente mi espacio y mi tiempo. El tiempo es de Dios y nos pide que se lo entreguemos.

Un seminarista siempre contestaba a los que le pedían cosas que no estaban bajo su responsabilidad: «No me corresponde». Con esa excusa, delimitando perfectamente nuestras responsabilidades, podemos pasar por la vida sin involucrarnos.

Hacemos lo mínimo, lo que nos toca a nosotros y no miramos más allá. Porque no nos corresponde. Entonces estamos protegidos, a lo mejor menos cansados, pero infelices. Buscamos una vida confortable, pero no responsable. Nos importa estar nosotros bien aunque los demás no tengan esa paz que disfrutamos.

El cristianismo cansa. Porque el cristiano vive mirando al hombre, sus inquietudes, sus miedos, su trabajo. Vive mirando al que sufre y se involucra. Es la tensión que siempre viviremos entre estar tranquilamente descansando o vivir dejándonos la vida a jirones por el hombre que sufre.

La tensión entre dar y reservarnos. Entre entregarlo todo y guardarnos para estar bien, sanos, perfectos. ¡Cuántas personas viven hoy buscando su realización, su paz interior, su descanso! El egoísmo es nuestra gran tentación. Nos convencemos a nosotros mismos: «Necesito descansar». Y lo hacemos muchas veces a costa de los demás. Nos importa menos el cansancio de los otros.

El otro día oía hablar de san Alonso Rodríguez, que fue portero en el colegio jesuita Montesión, Mallorca; por las noches abría la puerta a los estudiantes que llegaban tarde. Cuando tocaban la puerta respondía: «Ya voy, Señor». Lo hacía con mucha sencillez y humildad, sin quejas. Así debería ser nuestra vida.


A veces buscamos esa paz que Jesús nunca tuvo.Tal vez el cansancio nos viene simplemente porque lo hemos dado todo. Decía el Papa Francisco: «Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta».

No, el cansancio por seguir a Cristo, no es un cansancio malo ni enfermizo. No, es el cansancio de los hijos de Dios que hacen lo que su Padre desea y vuelven cansados a casa después de haber cumplido como siervos fieles.

Es normal caminar con cansancio. Es normal que el amor nos canse. Lo contrario no tendría sentido, sería vivir una vida entre algodones. Un amor sin compromiso no es amor.

Lo contrario de la paternidad responsable es una paternidad confortable. Tener hijos cansa. Amar cansa. Dar la vida cansa. Benditos los que se cansan porque tendrán el descanso verdadero en el pecho del Señor, en su momento, cuando lo hayan dado todo.

Somos felices cuando nos cansamos por amor. Cuidando al que sufre, dando la vida por el que nos han confiado, escuchando al que necesita una palabra de esperanza, sirviendo al que pone Dios en nuestro camino.

No somos felices cuando buscamos egoístamente la propia satisfacción. Una vida llena de paz y descanso puede llevarnos a vivir de una manera burguesa, acomodada, chata, sin brillo, sin luz. No lo queremos. Queremos seguir a Cristo hasta la cruz, aunque nos cansemos en el intento. 

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