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La justicia social en el cine

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«La Misión», «Las uvas de la ira», «Espartaco», «Generación robada» y otras películas con un conflicto social como eje vertebrador

El tema de la justicia social en el cine plantea por su propia definición diversas problemáticas. Por un lado, se trata de un macro-concepto abstracto que atraviesa, a menudo transversalmente, infinidad de películas cuya temática central (no sé si decir dominante) es otra.

Por el otro, está la inevitable cuestión ideológica que puede llevar al receptor a identificar esas nociones abstractas y sintonizar más o menos con la propuesta (ideológica) puesta en solfa.

Para resolver tales considerandos, se ha optado por: uno, centrar el análisis en películas que hacen de un conflicto social su eje vertebrador, la centralidad no ya de su discurso, sino de su dramaturgia; dos, excluir en lo posible distinciones o consideraciones sobre lo ideológico, así como aquellos títulos que por su propia vocación o ambigüedad narrativa puedan o hayan generado polémica.
 
Podemos iniciar este heterogéneo recorrido con la figura de John Ford, precisamente un cineasta cuyo prestigio a menudo se ha ensombrecido por aporías relacionadas con su ideología, y que en cambio en obras tan como Las uvas de la ira (1940) o ¡Qué verde era mi valle! (1942) dejó evidencias incontestables sobre su preocupación por cuestiones sociales.

La primera, según la novela de John Steinbeck, nos presenta un estremecedor viaje al desaliento de la clase trabajadora en los años más crudos de la Gran Depresión estadounidense que siguió al crack bursátil de 1929.

La segunda, con sustrato de Richard Llewellyn, se erige en un portentoso melodrama que narra la vida de una familia minera de Gales desde la perspectiva de su miembro más joven, lo que raíla una de las obras que de forma más elevada han jalonado en lo fílmico el epíteto “evocador” y un bello canto a los valores familiares para nada reñido con la denuncia de las injusticias.
 
Grandes y pequeños clásicos del cine han elevado tesis sobre episodios de injusticias sociales que han marcado el curso de la historia. Se escogen cuatro de una lista interminable, tanto de películas como de conflictos:

De Espartaco (Stanley Kubrick, 1958), sobre la revuelta de los esclavos en los años de la República Romana, a Generación robada (Phillip Noyce, 2002), sobre la problemática de los niños de aborígenes que fueron secuestrados de sus familias por el Gobierno australiano desde finales del siglo XIX y hasta finales del XX.

De América, América (Elia Kazan, 1963), sobre la brutal opresión de los turcos sobre el pueblo armenio que moviliza la inmigración a tierras norteamericanas en los años del enorme flujo de personas hacia aquellas latitudes (finales del siglo XIX, principios del XX) a La misión (Roland Joffé, 1986), que documenta en potentes imágenes la intensa cruzada vital del sacerdote jesuita, misionero y escritor peruano Antonio Ruiz de Montoya, con telón de fondo en los conflictos que tuvieron lugar en el siglo XVIII entre las monarquías absolutas europeas y el poder detentado por la Iglesia, ello reflejado en las colonias sudamericanas, que sirvieron como campo de batalla y sacrificio.
 
Ejemplo de pertinente reescritura de la historia por parte del cine lo podemos hallar en el género americano por excelencia, el western, que vivió a partir de principios de los años cincuenta del siglo pasado un proceso de replanteamiento de sus propias convenciones y símbolos tendente a reivindicar la imagen que esas películas venían dando de las poblaciones indias.

Filmes como Flecha rota (Delmer Daves, 1950) o Apache (Robert Aldrich, 1954) marcaron un camino que seguirían muchos exponentes del género; cuarenta años después, Bailando con lobos (Kevin Costner, 1991), alcanzaría el prestigio de la industria –el Óscar a la Mejor Película- con una obra que invertía totalmente las premisas: en ella, un soldado yankee abandonaba el ejército y se unía a una población sioux, a la que acompañaba en su lento, imparable e irreparable proceso de pérdida.

 
Siendo el cine reflejo de los conflictos de su tiempo, podemos citar un puñado de títulos contemporáneos que nos sirven para detectar diversas de las problemáticas a las que se ha enfrentado la humanidad en los últimos decenios:
 
La intolerable situación del comercio de armas en la esfera internacional: El señor de la guerra, Andrew Niccol, 2004. El fenómeno migratorio a través de un retrato coral protagonizado por diversas mujeres que acuden a México a formalizar una adopción de menores (Casa de los babys, John Sayles, 2003) o de una crónica de corte documentalista de un viaje en busca de la llamada Tierra Prometida (In this world, Michael Winterbottom, 2003).

Los pespuntes amargos de la globalización económica a través de la denuncia de ciertas prácticas de las empresas farmacéuticas en los países del Tercer Mundo (El jardinero fiel, Fernando Meirelles, 2003), de la crónica de los excesos y mentiras de la industria del tabaco (El dilema (The Insider), Michael Mann, 1999) o de la impunidad de determinados lobbies de la clase dirigente estadounidense (Michael Clayton, Tony Gilroy, 2009).

Crónicas todas ellas que en última instancia nos hablan del enquistamiento de crasas desigualdades sociales, elemento que incluso ha servido de parábola para fábulas entre lo fantacientífico y lo alegórico, como las dos que hasta la fecha ha rubricado el cineasta sudafricano Neill Blomkamp, District 9 (2009) y Elysium (2013).
 
Para finalizar este recorrido podemos sacar a colación tres clásicos del cine más combativo que contemplados hoy aún conservan intacta la efervescencia y convicción de su denuncia. Hablo de Incidente en la frontera (Anthony Mann, 1949), relato brutal sobre el tráfico de inmigrantes realizada poco antes del ciclo de westerns que el realizador rubricó con James Stewart en la década de los cincuenta; Los olvidados (Luis Buñuel, 1950), crudísima radiografía del director de Calanda de la realidad de pobreza y miseria suburbana en México; o La sal de la tierra (Herbert Biberman, 1954), crónica de una huelga promovida por unos mineros en Nuevo México que filmó un blacklisted, Biberman, en las condiciones más precarias y lidiando contra un establishment que intentó por todos los medios torpedear el estreno del filme, algo que con el tiempo sólo sirvió para engrandecer la leyenda de la obra, hoy uno de los títulos preservados en la Librería del Congreso de los Estados Unidos por su relevancia histórica y cultural.
 
Por Sergi Grau
Artículo publicado por CinemaNet
 

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