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Siria, Sudán del Sur, Angola: historias de cruz y fe

© AIUTO CHIESA CHE SOFFRE

Samuel Gutiérrez - Catalunya Cristiana - publicado el 22/05/14

Testimonios de una Iglesia que sufre en “La Noche de los Testigos” de Barcelona

Noche de testimonios y de oración. De fe y de esperanza. La parroquia barcelonesa de Santa Ana acogió el pasado 9 de mayo la primera edición de «La Noche de los Testigos», una iniciativa promovida por Ayuda a la Iglesia Necesitada (AIN) en estrecha colaboración con la Delegación de Juventud del arzobispado de Barcelona.

De Siria, Sudán del Sur y Angola llegaron las experiencias que vertebraron la velada. Experiencias de fe vividas en situaciones difíciles, incluso de persecución y de muerte.

El testimonio del joven sirio Bashar Al Farah y de los misioneros españoles Antonio Aurelio y Benedicto Sánchez marcaron el tono y el ritmo de un encuentro que congregó en el corazón de Barcelona a más de doscientas de personas. La comunión con la Iglesia que sufre se podía tocar.

Terror fundamentalista en Siria

Desde la maltrecha Siria, Bashar Al Farah puso voz al testimonio de tantos cristianos que en Oriente Próximo se juegan cada día la vida por profesar la fe. «Mi querida Siria vive hoy una de sus etapas más difíciles y dramáticas de su historia, no sólo por estar inmersa en una guerra, siempre terrible —confesó Bashar—, sino por el enfrentamiento creciente e incluso fratricida entre comunidades que tradicionalmente convivían en armonía y paz».

Afincado desde hace un año en Barcelona, donde está cursando un doctorado, este joven ingeniero sirio se mostró especialmente dolido por el sueño roto de tantas familias y jóvenes de su país.

Ha vivido en propia carne el saqueo, la violencia, el secuestro y hasta el asesinato de gente muy cercana. Él mismo fue liberado milagrosamente de la muerte. En aquel instante se dio cuenta de que era necesario reaccionar: ¿Cómo puedo ayudar a mi país y a mi gente? Por eso ha viajado hasta Barcelona, donde se está formando para poder regresar algún día a Siria y participar en la reconstrucción del país con sus propias manos.

Bashar es joven; está en la plenitud de la vida, pero su mirada es triste. No es para menos. A pesar de todo, no pierde la esperanza. En sus palabras no hay rencor ni odio, sino un deseo grande de reconciliación.

Y para que eso sea posible, es necesario vivir en verdad. Por eso denuncia sin tapujos el terror que están sembrando los grupos fundamentalistas islámicos, muchos venidos del extranjero, que tiene como objetivo no sólo a los cristianos, sino también a los musulmanes moderados.

«He sido testigo de la máquina de muerte que ha estallado en Siria —explica—. Los cristianos vivimos allí una situación dramática. Pero no renunciaremos nunca a nuestra fe, aunque nos cueste la vida».

«Recuerdo muy bien —continúa diciendo— la primera Semana Santa tras estallar la guerra. Pese al riesgo y el miedo a morir, no dejamos de celebrarla y de rezar insistentemente. También por nuestros agresores».

Y acabó clamando: «Os pido que recéis para que el corazón de los violentos vea la luz, como lo hizo san Pablo a las puertas de Damasco.»

La historia de Hadud, niña vendida

Con el nudo de los asistentes todavía en la garganta, tomó la palabra el Padre Antonio Aurelio, religioso trinitario. Un hombre joven, revestido con hábito blanco y una gran cruz roja y azul en el pecho.

Fiel al carisma trinitario, Aurelio ha dedicado buena parte de su vida religiosa a rescatar cautivos, sobre todo niños, actualmente en Sudán del Sur. Una actividad, la compra de esclavos, que pese a ser promovida por el mismísimo Estado, está castigada con la pena de muerte. Por eso debe ser llevada a cabo en la más absoluta clandestinidad.

El religioso advirtió que la guerra entre el norte y el sur de Sudán no es una guerra entre una dictadura islámica y un pueblo cristiano- animista, no es una guerra de religiones ni de culturas: «Es el exterminio de un grupo religioso que no puede defenderse y menos aún enfrentarse».


La presencia del padre Aurelio y de los trinitarios en Sudán y en África tiene un claro objetivo: dar esperanza, sembrar futuro, «porque el cristianismo es fundamentalmente futuro, mirar hacia delante».

Advirtió de antemano sobre la crudeza de lo que iba a contar: «Es una historia que parece de película, pero no lo es. Es la historia de la persecución del pueblo más joven de África, Sudán del Sur. Hoy no soy yo el que hablo, sino que le presto mi voz a Hadud, una niña víctima.

Hadud es una niña rescatada por los trinitarios en Sudán del Sur. Formaba parte de un grupo de 166 niños que los trinitarios «compraron» a un mercenario en «un tiempo y espacio indeterminados».

El mercenario, a su vez, los había comprado antes a militares del Gobierno, que tras arrasar sus poblados y asesinar a sus familias los habían secuestrado para obtener con ellos algún beneficio. Eran su botín de guerra.

Hadud era una niña normal, que vivía en su poblado, que al ver llegar a los militares del gobierno islámico, intentó huir. Todos los niños salieron huyendo porque sabían su des- tino. A Hadud la cazaron con un lazo como si fuera un animal.

La arrastraron varios kilómetros y después abusaron de ella hasta que aprendiera a obedecer. Gravemente malherida fue integrada en el grupo, aunque sus captores preveían dejarla abandonada a su suerte en algún lugar del desierto.

«Para nosotros no fue tan importante lo que nos contó Hadud, como la forma cómo lo contó —explicó el Padre Antonio—: sin mirarte a la cara, con los ojos al suelo, por el miedo que tenía. Había que evitar que ante los compradores se cruzase tu mirada para que no se fijasen en ti, para pasar desapercibida…».

Gracias a la acción de los trinitarios, hoy estos niños, como muchos otros que han sido liberados, viven juntos en granjas-escuelas construidos para ellos por diversas organizaciones cristianas: «Para que se acaben convirtiendo en los verdaderos constructores de África».

«Hoy es Hadud la que os da su testimonio —acabó diciendo— y nos recuerda que somos nosotros los dueños de nuestros propios destinos, pero que también somos nosotros dueños de sus destinos. Hadud nos recuerda el valor de la vida desde la única esperanza y la única fe.»

Caminos de reconciliación

Un profundo silencio hecho plegaria se apoderó por unos instantes de la parroquia de Santa Ana. La pequeña Hadud estaba ya en el corazón de todos. El propio cardenal Martínez Sistach, presente durante toda la velada, no podía disimular la fuerte impresión causada por el testimonio sudanés.

En un tono más distendido, pero con la misma carga de profundidad, el misionero espiritano Benedicto Sánchez contó su experiencia de paz y reconciliación entre los jóvenes soldados en Angola.

Este simpático religioso toledano inició allí su misión en 1986 dedicado a la pastoral de la evangelización, en las aldeas, los barrios…

«Era tiempo de guerra y no podíamos ir muy lejos —explicaba—. En mis desplazamientos a las aldeas, me impresionaban mucho los controles militares, a que estábamos sometidos, por jóvenes soldados, a veces de 14 y 15 años. Cuando nos detenían me quedaba muy enfadado, porque siempre llegaba tarde para celebrar la misa. Pero después descubrí la importancia de parar, en los controles, y hablar con los soldados. Descubrí que los controles eran, también, un santuario, un lugar de oración, en el camino.»

En aquella primera etapa en África el P. Benedicto se sintió fuertemente interpelado por los numerosos niños huérfanos a causa de la guerra (ana-itungu) que había en el país.

Empezó a ocuparse de ellos y creó los grupos de Ana-itungu, pequeñas familias en torno a una catequista, que les hacía de madre: «Aquellas mujeres de la Legión de María, con el rosario en las manos, saltando por las trincheras, buscando a sus hijos».


«Lo que más nos unió —recuerda también— fue la espiritualidad que fue naciendo en los grupos, sobre todo a través de los cantos de paz y amistad que ensayábamos debajo de los árboles. La música era como una medicina sagrada que nos ayudaba a enfrentar los horrores de la guerra».

Y ni corto ni perezoso, en medio de su intervención, el religioso espiritano se puso a cantar: «¡Todos juntos!» Por unos instantes la parroquia de Santa Ana se convirtió en una gran carpa africana.

Tras un período fuera de África, que aceptó por pura obediencia, el Padre Benedicto Sánchez regresó por segunda vez a Angola en el año 2000. Fue entonces cuando empezó el hermoso camino de la reconciliación.

 «Mucha gente me preguntaba si iba a fundar otros grupos de Ana- itungu —explicaba—. Yo les contestaba que no tengo espíritu de fundador. Yo, de verdad, quería encontrar otra vez a esos niños y se lo pedía cada noche al Señor en mi oración.

Mi asombro fue grande cuando descubrí que los Ana-itungu ya no eran los niños abandonados, sino que eran estos jóvenes soldados que habían entrado en la vida militar muy pequeños, con 11 o 12 años, privados de la familia, privados de la escuela…».

La misión del Padre Benedicto en Angola es una misma historia de reconciliación en varias etapas, hasta descubrir incluso que Dios estaba también presente en los cuarteles.

«Esas unidades para mí eran lugares sagrados, porque Dios había entrado antes que yo —añadía—. Luego me invitaron a sus casas para que viera dónde vivían y conociera a sus familias. Después pude desplazarme a lugares más lejanos, al encuentro de los soldados para celebrar la alegría de Dios, a través de encuentros, convivencias y charlas».

«Al final del camino —acabó anunciando—, el Señor estaba esperándonos, para ofrecernos sus divinas promesas: su Perdón, su Amor y su Reconciliación».

La experiencia angoleña, alegre y esperanzada, dejó a los asistentes con la sonrisa en los labios. En una breve intervención final, el arzobispo de Barcelona reconoció que estos testimonios tocan un punto importantísimo de nuestra vida cristiana: «La clave de reforma que necesita hoy la Iglesia es la dimensión misionera y evangelizadora».


Fragmento de un artículo publicado originalmente en el semanario Catalunya Cristiana

Tags:
cristianos perseguidosguerrasufrimientoviolencia
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