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Acerca de los linchamientos, la exclusión y la sociedad saturada

Argentina Indy media

Padre Fabián - publicado el 07/05/14

Es la sociedad en su conjunto la que se debe plantear el problema, y la solución tiene un nombre: justicia social

En estos días leí que cincuenta vecinos lincharon a un motochorro en Rosario. Lo molieron a golpes y estuvo agonizando cuatro días en terapia. En un informe sucinto de un canal, la madre del difunto lloraba diciendo que su hijo trabajaba todos los días y no era ladrón… una vecina simplemente declaraba, como disculpándose, por decirlo: “es una persona”…

Sí, la sociedad está saturada de violencia y reacciona con más violencia… como algo que ya casi tiene visos de normalidad. No justifico… simplemente pienso en voz alta constatando lo que uno percibe a su alrededor.

La presidente Fernández de Kirchner se refirió al asunto, de refilón y sin dar datos concretos (el mejor comentario al respecto que he leído ha sido este de Pagni). En una larga serie de twetts referidos al tema de Malvinas, al final escribe estos 93 caracteres: “Es la ley del más fuerte; el que puede pisarle la cabeza al otro, se la pisa y nadie reclama”. Es la mejor descripción que dio sobre el tema de los linchamientos… claro que hablando de otra cosa. En fin…

El tema de la violencia

En este blog nos hemos referido muchas veces a la cuestión. En este artículo, por citar solamente algunos, me referí a los violentos. En este otro, al “espíritu jacobino” que estructura la sociedad a partir de la violencia (con una serie de citas… de las cuales la última me causó gracia por lo profética que es).

Frente a los “linchamientos” que se han dado, y en la línea del twett de la “presi”, creo que lo que dije sobre la legítima defensa es bueno volver a recordarlo:
“En el sermón del Monte, el Maestro nos enseña:

Yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él” (Mt 5, 39-41).

Y quedamos perplejos y nos preguntamos: ¿cómo es que los cristianos debemos quedarnos de brazos cruzados cuando la violencia es ejercida en detrimento de otros o de nosotros mismos? En realidad, si nos hacemos esta pregunta es porque no alcanzamos a entender de manera correcta la enseñanza de Jesús. Aquí él está hablando de la venganza hacia el otro. Y eso no es humano, ya que brota del odio.

En otras palabras, el cristiano no debe vengarse del otro, sino que con ayuda de la gracia debe aprender a perdonar.

Pero esto no significa ser pasivos frente a las agresiones que se reciben o que otros reciben. Hay un derecho a la legítima defensa por ese mismo motivo que plantea Jesús.

El amor a sí mismo hace que sea legítimo respetar el propio derecho a la vida cuando otro la amenaza de manera real. Y “la legítima defensa puede ser no solamente un derecho, sino un deber grave, para el que es responsable de la vida de otro, del bien común de la familia o de la sociedad”, nos continúa enseñando el catecismo”.

¿Entonces?

No debemos confundir linchamiento con legítima defensa. Al comienzo puede ser un acto de defensa… pero, al final, cuando la violencia es gratuita nace del odio al caído. Y a esto lo debemos decir con todas las letras: no nos está permitido odiar. Además, el odio engendra más odio… con toda la cadena de violencia que se desata.

Creo que aquí se están encontrando dos situaciones “saturadas”. Por una parte la de la sociedad, que ya describí en la primera cita. El argentino común, la gente, el pueblo (como te guste decirle de acuerdo a las palabras que mejor te expresan) vive encerrado en una cárcel grande: la de su casa.

Fue triste ver cómo una víctima de un robo frustrado seguido de la muerte del remisero que la trajo a su casa contaba que se había salvado porque había entrado a su casa rápido. De fondo, una vivienda con altas rejas…


Esta situación se está viviendo (hablo de Paraná, que es dónde vivo, con intermitencias, desde el año 1986) no es nueva. Cuando llegué a la ciudad capital, la seguridad que el del interior debía asumir era la de cerrar con llave la puerta del frente.

Estuve luego siete años en el seminario y cuatro años en el norte. En 1997, cuando regresé, ya la gente estaba enjaulada y con situación de pánico constante frente a la inseguridad.

Desde entonces peronistas, radicales y peronistas gobernaron… la gente sigue entre rejas. Está saturada de no poder vivir plenamente su libertad.

Los ladrones son dueños y señores no sólo de los propios bienes sino también de la propia vida del vecino. Y entran a la cárcel y salen… mientras el damnificado sigue haciendo trámites y papeles (algunos tienen la amabilidad de saludar al vecino cuando se retiran antes que él…).

Esto está generando ese clima de revanchismo que no es bueno porque hace entrar al ciudadano común en aquello que lo deshumaniza.

Pero tenemos que poner la mirada también en el otro, el ladrón, para comprenderlo. Quien roba es porque está desesperado frente a la vida. ¿Qué quiere decir esto? Que no tiene esperanza de un futuro mejor.

A veces vemos el acto final de una persona, el robo, y con eso no alcanzamos a ver las cadenas de actos que lo llevaron a eso.

Para muchos esas cadenas comienzan en su concepción, en la ausencia de una vida digna, en la falta de alimentos, en el frío del invierno o el calor del verano, en las cosas que la tele acerca a tu casa y te las quedás mirando y deseando porque nunca podrás acceder a ellas… Todo esto, y mucho más, forma a un desesperado (vuelvan a leer en el primer relato que les cité el relato de la madre).

En resumen, para que quede claro. Robar está mal y es un delito. La defensa legítima está bien y hay que procurarla. El linchamiento está mal y es un delito. Y entonces… ¿Qué? ¿Nos quedamos con los brazos cruzados? No es cristiano.

Es la sociedad la que en su conjunto la que se debe plantear el problema. Y la solución tiene un nombre: justicia social. Es el llamado que la Iglesia hace constantemente a los argentinos, empezando por los dirigentes y terminando en el último de los dirigidos.

Pero no es tarea de los curas llevar adelante este proceso (a eso se le dice clericalismo). Es tarea de los laicos, quienes están llamados a construir las realidades temporales y encaminarlas hacia el Reino de Dios.

Para esto (opino) es importante la promoción de políticas públicas a favor de los pobres. Estas tienen un primer paso: los subsidios que permiten remarla cuando el agua te llega al cuello.

Pero eso no puede ser eterno. Una verdadera política destinada a erradicar la violencia debería hacer de su eje principal la creación de puestos de trabajos dignos, algo que es difícil de realizar en estos momentos al final de la “década ganada” cuando estamos presenciando que la crisis del mundo “se nos vino encima”.

Espero que en la lucha por el poder a partir del 2015 que ya se ha desatado, aparte de ingeniárselas para conseguir los votos, todos los candidatos se preocupen para proponer políticas de estado frente a este flagelo.

Es importante también recuperar el valor de la educación como instrumento de movilidad social. Este paradigma se ha perdido. Hoy se hacen paros por sueldos y se busca que los niños o jóvenes se reciban en tiempo sin repetir de curso… Es decir, se degrada a quien quiere estudiar en serio; y a quien no, no se le exige nada metiéndole la idea que todo es fácil en la vida.

Lo que no debemos perder de vista es que nuestra sociedad está enferma de violencia y costará un largo tiempo sanarla. Todo es posible.

(En la imagen, madre de David Moreyra, el joven que murió después de un robo por un linchamiento en Rosario, Argentina, el pasado mes de marzo)

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