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Encontré a Jesús en el que hacía autostop

© Sophie / Flickr / CC

Alicia Peressutti - publicado el 02/05/14

“Si usted no hubiera parado no sé qué sería de mí"

La noche estaba espesa. Húmeda y espesa. La ruta se me hacía interminable como la noche. La jornada había terminado muy tarde y la noche se me metió por los poros de la piel y las hendijas del auto.

Me persigné y salí a la ruta rumbo a casa. En el tercer pueblo que cruzaba  al costado de la ruta estaba parado un joven, un pibe haciendo dedo, pidiendo un aventón. 

Por un instante sobrevolaron por mis adentros lo que dicen en las reuniones: "no levantes a nadie", "mirá si te roban", "no sabés que te pueden hacer" y tantas otras cosas más.

Me sonreí mientras iba despacio parando. Como decía mi abuela, "si alguien te necesita, pará, después tenés tiempo para analizar". También decía: "mirá si es Jesús el que pide ayuda"…. Y paré a unos cincuenta metros de distancia.

Con los años entendí que siempre es Jesús, el que está ahí necesitando una mano. El joven llegó corriendo y dudó en subir. Hasta que le dije: "Hola, subite y abrochate el cinturón".

Partimos despacio y antes que me dijera nada le dije: "¿sabés cebar mates? así no me duermo, vengo muy cansada, entre vos y el mate me voy a mantener bien despierta".

Comenzamos a hablar de la vida. A mí me gusta hablar de la vida , porque quizás nunca lo vuelva a ver y no hablé de una de las cosas  que realmente vale la pena hablar: de la vida.

El joven, ahorita con nombre y apellido , me contó que a los catorce años se había ido de la casa de su abuela, que lo había criado. Que recién conocía a su madre -a los 18 años de vida-, que casi no hablaba con su padre -un hombre de 32 años- y que estaba solo en el mundo.

Me agradeció varias veces que paré. Haciendo comentarios: que la gente ya no llevaba a nadie, por miedo o prejuicios. Y mientras, cebaba unos mates amargos y lavados. El percibir que seguía un poco asustado no me dejaba decirle que podíamos parar y cambiar un poco la yerba. 

Al noveno mate que ya era intomable -pero yo seguía tomándolos- me comentó más relajado que trabajaba en el campo como peón golondrina. Y cada vez más en confianza comenzó a relatarme un episodio ocurrido dos años antes -en la actualidad tiene 18 años- , cuando en un campo fue a pedir trabajo y aprovechándose de su soledad y de sus miedos, durante un año no lo dejaron salir del lugar trabajando de sol a sol, y viviendo en condiciones inhumanas.

Despacio, respetando sus tiempos, seguimos conversando ya con la yerba cambiada -paramos a renovar el mate- . 

En un bache de la ruta, hizo ruido el rosario que Yaco colgó del espejo del auto -para que me proteja en los viajes y yo vuelva a casa-, y el pibe lo tomó en sus manos.

Con una linternita pudo ver la imagen del Papa Francisco en él y fue ahí cuando dijo: "¿Sabe? Quizás ni usted ni yo lo conozcamos jamás personalmente, ¿cómo vamos a llegar? pero yo lo quiero tanto porque, como Jesús, él quiere a los pobres como nosotros.

He tenido una vida tan dura -en realidad dijo una mala palabra- , la sigo teniendo y ahora es como que tengo esperanzas; no le miento, ya no las tenía, me daba lo mismo seguir o colgarme de una soga."

La noche seguía espesa y húmeda. Faltaban pocos kilómetros. Le pregunté si podía tomar nota de mi teléfono en su celular para seguir en contacto y regalarle un rosario bendecido por el Papa y un cuadernillo con sus mensajes.

En realidad como es muy costoso comprar tantos libros, las fotocopias encuadernadas quedan rebonitas y el mensaje se lee – supervivencia y evangelización del Tercer Mundo-. 

Cuando se bajó, tomó aire para decir. "Prométame que me alcanza el rosario y no va a olvidarme. Le digo la verdad: si usted no hubiera parado no sé qué sería de mí".


La noche estaba menos espesa, y me pareció que una brisa suave nos entraba en el alma, en los adentros. A duras penas pude contestarle, con la emoción en todos los poros de la piel.

"Hijo, si yo no hubiera parado, tampoco sé qué sería de mi. Por más cruel, por más triste, por más injusto que te parezca lo que vivís, siempre hay esperanzas. Y nunca pierdas la fe.

¿Sabés? Jesús le pone toda la onda y está siempre, el tema es que hay tanta maldad en este mundo, pero Jesús siempre está, nunca lo dudes ni en el peor de los momentos".

Cuando tomé la ruta para terminar el corto trayecto que me faltaba, me quedé pensando en lo que dicen tantas personas -no levantar al que hace dedo, no perder tiempo en el pibe que se droga, no ayudar a la prostituta de la esquina, no acompañar a la piba que se está muriendo porque se hizo un aborto, no visitar al que roba en la cárcel, no darle laburo al migrante, no meterse, no nada-. Entonces ¿qué sentido tiene vivir?.

Me bajé del auto con una felicidad inexplicable. Entré a casa y Yaco me estaba esperando con mates…. y algunas galletitas con miel… a seguir tomando mates. Los mates de la vida.

Tags:
fe
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