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El mago de Oz y Mario Draghi

© DR
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¿Será capaz el Banco Central Europeo de creerse y asumir su papel de Mago, para sostener la credibilidad en el Proyecto Europeo?

En 1900,  el estadounidense Lyman Frank Baum publicó el primero de los 14 libros que conformaría su colección de “El maravillo mundo de Oz”.  Casi cuarenta años más tarde, se haría popular con el musical en la gran pantalla “El mago de Oz” protagonizado por Judy Garland.

Por si alguien desconoce la historia, en resumen, es la siguiente: Dorothy, una niña de una granja de Kansas, despierta en tierra extraña tras haberse refugiado ante la amenaza de un tornado. Unos raros personajes le indican que el Mago de Oz de la Ciudad Esmeralda es el único que la puede ayudar a volver a su hogar.  Debe seguir el camino de baldosas amarillas para ir a la ciudad. En su trayecto se encuentra a tres personajes que quieren visitar al mago para que les ayude a superar sus carencias: un espantapájaros sin cerebro, un hombre de hojalata sin corazón y un león sin coraje. Tras un largo camino y cumplir el encargo de Oz de luchar contra las brujas de distintos puntos cardinales, descubren que en realidad era un farsante pero se dan cuenta de que cada uno, en el camino,  había superado sus carencias por sus propios medios. Dorothy consigue volver a casa y reunirse con su familia. Fin de la historia.

El relato es cuanto menos curioso y bastante extraño como cuento infantil del que se esperaría una moraleja algo más práctica y directa. Por otra parte, son significativas las referencias al color dorado y esmeralda en un momento histórico, inicio del siglo XX, cuando se consolidaba el patrón oro como sistema que permitiría estabilizar el comercio internacional mediante la fijación del tipo de cambio entre las diferentes divisas. Curiosamente, el nombre del mago, Oz, es la unidad de medida americana que se utiliza para el oro.

Así pues, partiendo de la hipótesis de que esta historia es más una alegoría [i]sobre el sistema monetario vigente del momento que un cuento infantil, podemos entender algunos aspectos interesantes. Seguir el camino amarillo para alcanzar la Ciudad Esmeralda consistiría en seguir el patrón oro para llegar a la supremacía del dólar como divisa. El objetivo de ir a la Ciudad Esmeralda para que cada personaje supere sus carencias pondría de relieve el papel central de la Reserva Federal como orientador de las actuaciones económicas a través de la política monetaria.

Por otra parte, el papel de cada personaje tendría también su sentido. Dorothy, con su empeño en seguir las baldosas amarillas, sería la convicción sobre el patrón oro que conduce a los demás personajes a su objetivo. El espantapájaros que no tiene cerebro se corresponde con el poder político, el  hombre de hojalata que no tiene corazón con la industria y el león sin coraje con los trabajadores y la sociedad en general.  En ese camino del patrón oro, en el que se espera que la autoridad monetaria solucione cada uno de los problemas, estos actores económicos acaban descubriendo que, en realidad, no es la existencia real del oro en Ciudad Esmeralda lo que les ha llevado a mejorar, superarse y coordinarse sino simplemente  la creencia y expectativa de que así lo fuera.   

Por aquella época, dominaba el panorama económico el Reino Unido con el patrón bimetálico como forma de estabilizar el comercio internacional y se aseguraba el respaldo de la libra esterlina mediante el oro y la plata que le venían de sus colonias. Estados Unidos, tras la fiebre del oro, apostaba por el patrón único para respaldar el dólar desde la Reserva Federal.  Durante el primer cuarto del siglo XX, el patrón oro fue imponiéndose a pesar de que incluso durante la primera guerra mundial fue suspendido de facto aunque no por ley.

Pero un patrón común referenciado al oro tenía serios problemas. En primer lugar, el valor de la moneda tenía el riesgo de ser alterado ante el descubrimiento de nuevos yacimientos de oro. En segundo lugar, ante procesos de crecimiento económico, la masa monetaria no podía crecer para facilitar la eficiencia de los intercambios hasta que más yacimientos de oro no fueran descubiertos. Y, en tercer lugar, el sistema de paridad fija entre las divisas se convirtió en un cauce perfecto para que los impactos económicos en un país se transmitieran de forma eficiente al país vecino como sucedió con la crisis del 29.

Con el tiempo, el patrón oro fue desapareciendo y con los acuerdos de Bretton Woods de 1944 se inició el camino de desvincular las divisas de las reservas de oro que se almacenaban en los sótanos de los Bancos Centrales. Los beneficios del corsé de los tipos de cambio fijos referenciados al patrón oro habían demostrado no ser superiores a los costes, las dificultades y los riesgos que entrañaban. Se pasó de la credibilidad en el oro a la credibilidad en la capacidad de los Bancos centrales para influir en las decisiones de los diferentes agentes económicos vía tipo de interés. Así pues, la libre fluctuación de las divisas se fue implantando pero otra vez no demostró ser el sistema perfecto de autorregulación de mercados para atenuar las fluctuaciones frente a la crisis del petróleo de 1974. De hecho, como respuesta, en 1979 se estableció un intento de mantener un sistema de paridad fija esta vez con bandas de fluctuación, el Sistema Monetario Europeo, antesala al actual euro, que fracasó estrepitosamente en una sola década.

Se concluyó que algo se debía estar haciendo mal. Tal vez la estabilización económica no podía ser el resultado de la imposición de ciertos regímenes cambiarios sino al revés. De la estabilización por la convergencia en el comportamiento macroeconómico surgía un sistema de paridad estable que facilitaba el comercio y reforzaba dicha estabilidad. Así fue que, en 1992, se firmó el tratado de  Maastricht que imponía una hoja de ruta para la convergencia de las economías candidatas a pertenecer a la zona euro. Para la credibilidad del proyecto era preciso de una autoridad monetaria que fuera supranacional para que sus decisiones no estuvieran supeditadas a los intereses de un solo país ni a la discreción de la política fiscal de cada gobierno. Así en 1997 nació el Banco Central Europeo.

Hasta el 2007, fue consolidándose la Unión Monetaria Europea con el euro, pero la crisis subprime, la crisis bancaria, de la deuda soberana y los desequilibrios heterogéneos de las economías europeas dieron lugar a la crisis del euro amenazando incluso su propia existencia.

Ante estos convulsos últimos siete años, se constata cada vez más el papel protagonista de la política monetaria del Banco Central Europeo incluso por encima de la política fiscal de cada uno de los gobiernos de los Estados miembros. De hecho, la prima de riesgo de las economías periféricas no se redujo hasta que Mario Draghi, el 26 de julio de 2012, anunció que el Banco Central Europeo haría todo lo necesario para salvar el euro y no dejar caer a estas economías.
Cada vez es más relevante para la estabilización de la economía europea y su competitividad a nivel mundial que el Banco Central asuma su papel preponderante. Se precisa que reaccione con suficiente capacidad y flexibilidad para fomentar no solo la estabilidad de precios sino también el crecimiento económico de la eurozona y protegerse en su caso de eventuales guerras de divisas.

Hay quienes aprovechan la coyuntura para poner sobre el tapete la vuelta al patrón oro como sistema de estabilización obviando, en un alarde de ausencia de sentido científico, las dificultades que acarrearía la transición a este sistema y olvidando la evidencia de que este sistema no sólo favoreció la transmisión más efectiva de los impactos negativos entre países en la crisis de 1929, sino que además, la actual eurozona, disponiendo de un sistema de paridad fija interna, está sufriendo serios y dolorosos ajustes que se están prolongando demasiado en el tiempo.

Volver al patrón oro sería como pedir a Dorothy que volviera sobre sus pasos por el camino de baldosas amarillas sólo por pensar que al inicio del camino se estaba mejor.

El Banco Central Europeo y, en especial, Mario Draghi debe creerse y asumir su papel de Mago de Oz, no tanto por el oro que pudiera atesorar como reservas, sino por el de sostener la credibilidad en el Proyecto Europeo y en el euro. Sólo así la diversidad de actores económicos de nuestra vieja Europa podrá coordinarse y mejorar el bienestar de los ciudadanos. Así, tal vez, la política europea disponga de cerebro; la industria y el sistema empresarial dispongan de corazón, de una razón del compartir; y los trabajadores sean lo suficientemente valerosos como para defender, exigir  y ser responsables con sus derechos y deberes como ciudadanos europeos.

Aunque Europa sea el viejo continente parece que Estados Unidos aprendió esta lección hace mucho tiempo y nos lleva ventaja. El futuro del proyecto europeo pasa porque, dejando de lado las voces discordantes de las brujas de los puntos cardinales del cuento, Mario Draghi se crea de una vez su papel y lo ejerza con mayor claridad, como Mago de Oz.  
 
 
 

 


[i] Hugh Rockoff, ‘The “Wizard of Oz” as a Monetary Allegory,’ Journal of Political Economy, Vol. 98, 1990, pp. 739-760.
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