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Se está redescubriendo la confesión, abrazo de Dios

LUCA ZENNARO/AFP

Emanuele D'Onofrio - publicado el 01/04/14 - actualizado el 27/02/19

Entrevista al cardenal Piacenza, penitenciario mayor de la Santa Sede

“Cada vez que nos confesamos, Dios nos abraza”. Después de estas palabras proferidas por el Papa Francisco, al finalizar la audiencia general del 19 de febrero, las iglesias se llenaron de personas deseosas, después de muchos años, de confesarse.

Lo declaró así el secretario general de la Conferencia Episcopal Italiana, don Mariano Crociata. Y el 28 de marzo, además de eso, el Santo Padre inauguró en la Basílica de San Pedro la iniciativa cuaresmal del Consejo Pontificio para la Nueva Evangelización dedicada al sacramento de la reconciliación. El propio Papa se confesó y confesó a algunos fieles.

Hay una paz dulcísima en el renacimiento que encontramos en la penitencia, que viene del hecho de que nos libra del peso de nuestros pecados, abriendo nuestros corazones a nuestro Señor. Benedicto XVI ya insistía en este punto y el Papa Francisco viene enfatizando el abrazo de Dios que recibimos al confesarnos.

El sacramento de la penitencia fue abordado, además, en la semana de estudios que comenzó el 24 de marzo en la Penitenciaría Apostólica con una lectio magistralis del cardenal Mauro Piacenza, penitenciario mayor. El cardenal compartió con Aleteia algunas de sus reflexiones.

Eminencia, ¿usted piensa que hoy, gracias a las palabras del Santo Padre, el valor de la penitencia está siendo redescubierto?

¡Sin duda! Creo que el sacramento de la penitencia, para muchos, había desgraciadamente caído en el olvido, incluso a causa de una cierta pérdida del sentido de pecado, un olvido que creó una anemia espiritual en muchas personas.

Yo diría que un momento de recuperación fue el año sacerdotal, providencial por muchos motivos, para resaltar mejor el papel y la identidad del sacerdote y su ministerio de caridad pastoral en la Eucaristía, por el vínculo del sacerdocio con la Eucaristía y con el sacramento del perdón, de la confesión. Ciertamente fue un momento muy feliz.

Y el hecho de que el Papa Francisco hable de modo tan convincente, tan motivado y tan reiterado sobre la misericordia es muy importante: es un tema que está íntimamente relacionado con la confesión, porque nos confesamos para llegar hasta la fuente de misericordia, donde la persona se regenera espiritualmente.

Y se da también un impacto en el tejido de la comunidad donde vive la persona que se confiesa, a causa de la recuperación del sentido de pecado, pero también a causa del amor de Dios.

La confesión promueve el sentido de humildad, el sentido de amor de Dios que reconstruye al hombre por dentro, sin importar lo que haya hecho.

Gradualmente, se crece en conciencia, y la palabra del Santo Padre, el ejemplo del Santo Padre, su catequesis desmenuzada, incluso con frases simpáticas, todo eso muestra un gran sentido pastoral y es un bálsamo para el sacramento que afecta a la sociedad, porque crea corazones reconciliados, corazones en  paz, una sensibilidad mayor a los valores de la convivencia humana.

Está claro que cuando se mejora la conciencia, los frutos se revierten en la vida familiar, en el trabajo y en el contexto social, incluso en la justicia social. De este modo, la penitencia es un sacramento que afecta a toda la sociedad, a partir del gesto individual de colocarse frente a Dios.

Cuando era cardenal, Ratzinger señaló una confusión entre la dimensión pública y la dimensión personal del sacramento. ¿Aún es así?

Existe un equilibrio que debe ser recuperado. La relación es muy personal, porque en la confesión la persona coloca la propia conciencia sobre los rayos de la santidad de Dios y, de esta manera, se conoce mejor.

Y hay también una relación directa, a través de la cual nuestro Señor se vuelve hacia cada alma en particular: Él nunca nos ama de modo masificado, sino de manera personalizada. Su amor es único para cada uno.


Y ser regenerado personalmente en la confesión es una cosa que se expande, como círculos concéntricos, a toda la sociedad.

Teológicamente, nosotros decimos que la confesión afecta a toda la comunión de los santos, porque es una savia saludable que entra en el cuerpo místico de Cristo; toda la comunidad de fieles reza por la conversión de los pecadores, si es realmente una comunidad de creyentes; y eso nos afecta, nos alcanza.

Por eso, existe este aspecto comunitario, incluso siendo algo intra-eclesial. Y hay también el aspecto comunitario del “reflejo”, la paz que yo obtuve, una alegría interior que me lleva a ser más “sensible”.

Está claro que yo necesito, por ejemplo, en el trabajo, ser honesto porque si yo me confieso, tengo que hacer un examen de conciencia y querer. Voy a ser gentil con mi vecino aunque él sea antipático, y voy a comenzar a verlo con una luz diferente: son sólo pequeños ejemplos, que pueden multiplicarse indefinidamente.

¿Cuál es la relación entre las dos dimensiones de la penitencia, la vergüenza, que el hombre está redescubriendo como un valor, y la alegría?

En cuanto a la vergüenza, nosotros siempre oímos hablar de ella en el caso de la confesión: tenemos vergüenza de confesar ciertas miserias, ciertas pequeñeces, ciertas caídas. Pero eso ya es un aspecto penitencial. Y ya es un poco, podríamos decir, como la purificación de las almas del purgatorio: el alma en purgación tiene dentro de sí un dolor, un sufrimiento, porque está lejos de la visión de Dios para la cual fuimos hechos.

Pero, al mismo tiempo, este sufrimiento es una especie de nostalgia, como cuando una persona extremadamente amada está lejos y sentimos una nostalgia penetrante. De alguna forma, este deseo, esa nostalgia, ya es motivo para la purificación, para poder ver a Dios cara a cara y ser admitidos en una felicidad que nunca acabará.

La vergüenza es esta: me incomoda contar ciertas miserias, pero, al mismo tiempo, yo siento que me estoy purificando, al ver que estaba equivocado, que necesito cambiar con la gracia de Dios. Y mientras existe esto, aumenta el amor por Cristo y por los hermanos.

El sufrimiento y la vergüenza ya se mezclan con la alegría: el sacramento de la reconciliación ya es un gran presente que trae alegría. Es un presente también para nosotros, sacerdotes, que llamados a ejercer este ministerio, también tenemos que pedir perdón por nuestros defectos. Somos confesores y penitentes al mismo tiempo, y las alegrías de perdonar y de ser perdonados caminan juntas.

Más aún, me gustaría manifestar mi deseo de que los confesores y penitentes experimentaran esta alegría cristalina. Es una especie de augurio pascual, que yo hago cordialmente a mí mismo y a los demás.

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