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Misionero que sobrevivió a minas y secuestros muere picado por abejas

© DR
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El comboniano español José Díaz Pérez falleció en Nicaragua el 22 de marzo

El hermano José Díaz Pérez, asturiano de 67 años, misionero veterano, murió el pasado 22 de marzo en Casares, Nicaragua, por las picaduras de un enjambre de abejas “asesinas”.

Para un comboniano puede ser paradójico que a estas abejas las llamen “africanas” o ”africanizadas”: es una raza creada a partir de combinar las abejas africanas con las de América, y el resultado es un insecto especialmente feroz y venenoso.

José Díaz (el "hermano Pepe" para muchos que lo conocían) no llevaba ni dos meses en contacto con esta misión de los combonianos en Nicaragua, en una zona semirural muy pobre, llena de comunidades protestantes y con unos católicos de fe muy apagada, que contrastaban con los que había dejado atrás en Guatemala (lo explicaba en su última carta circular).

Las extrañas muertes de los misioneros

A veces los misioneros sobreviven a episodios de gran peligro y dureza para morir luego en eventos de cotidianidad extraña. Hace cinco años, el padre Alex Pizzi, que tenía 70 años y contaba a todo el mundo como había sobrevivido a 5 secuestros de la guerrilla terrorista del LRA en Uganda, murió corneado por una gacela semidomesticada en un cercado.

Y en enero de 2014, el sacerdote gallego José Manuel Bernárdez Gándara, de 50 años, con 14 años de experiencia en Zambia, murió aplastado mientras dormía, en su tienda, cuando el viento hizo caer un árbol sobre él.  

El caso del hermano José Díaz se engloba en esta extraña estadística, que va ligada a la vida misionera: si uno se queda en España haciendo trabajo de oficina es más difícil que te maten gacelas feroces, árboles que caen sobre tu tienda o abejas asesinas.

Minas, bombas y terroristas

Entrevistado en 2004 para la revista del Hogar de la Madre, José Díaz contaba cómo había sobrevivido a un camino minado y a un secuestro de los terroristas de Sendero Luminoso en Perú, donde él fue uno de los combonianos pioneros.

"Allí estaba Sendero Luminoso, famoso movimiento maoísta, leninista, marxista, comunista… En nuestras misiones nos dejaban trabajar pero sabíamos que a nosotros, los misioneros, nos tenían reservados para el final de la revolución. Había territorios que ellos tenían “ocupados” y para trabajar allí teníamos que pedir permiso. Yo estaba en Lima, trabajando en la pastoral juvenil, pero fui unos días a una misión que tenemos en la Sierra, en la ciudad de Tarma. Salí con otro misionero, sacerdote alemán, de “safari”, como le decimos nosotros, a recorrer unas misiones del interior. Había que pasar una cordillera. No se podía ir por la carretera general porque la habían llenado de zanjas enormes de tal forma que los coches no podían circular por ella. Pero como el otro misionero conocía muy bien la zona me dijo: “No te preocupes que yo conozco caminos”.

"Nos metimos por un atajo y ya llevábamos la mitad del camino, bajando por una colina, cuando en un cañón vimos que bajaban de cada ladera como treinta o cuarenta muchachos y muchachas, casi todos niños aún de catorce a diecinueve años, con unas metralletas más grandes que ellos. Había algunas personas más mayores, por supuesto. Nos pararon el coche y nos hicieron salir de él con las manos en la cabeza. Nos preguntaron que quiénes éramos y a dónde íbamos. Les dijimos que éramos los misioneros, los padrecitos nos conocen allí, y que íbamos a tal misión a celebrar la Eucaristía y a visitar a las familias. Entonces uno de los que estaban con ellos dijo: “¡Milagro!”. Nosotros nos miramos y preguntamos: “¿Milagro? No entendemos” Sigue diciéndonos: “Milagro porque ustedes acaban de pasar por encima de una mina y el coche no estalló”.

“Yo no sé si fue milagro o qué. El hecho es que nos quitaron el coche y nos descalzaron. Yo llevaba unas botas ortopédicas por la pierna que tengo paralizada. Nos llevaron montaña arriba, a unas grutas. Llovía. Nos dijeron: “Quedan detenidos acá. No se muevan”. Suponemos que nos querían llevar luego a otro lugar, secuestrados. Y allí nos dejaron en la noche. Mi compañero, a las doce o una de la madrugada, me dijo: “Vámonos que ya no hay nadie”. Yo no me atrevía a moverme pero él insistió: “No hay nadie”.

Así que cogimos fuerza y regresamos a pie. Cuando sentíamos algún ruido o veíamos algún movimiento nos escondíamos, en plena lluvia, a tres mil metros de altitud, un frío terrible, descalzos. Así que andando, descansando, andando, descansando, llegamos al día siguiente, a eso de las once de la mañana a la misión. Cuando nos vieron nuestros hermanos uno de ellos dice: “¡¡Milagro!!”. Dije yo: “¿Qué? ¿Otra mina?” Y es que realmente era un milagro, nos creían ya muertos, porque el coche que nos habían quitado lo habían usado como coche bomba en un atentado contra el municipio. Sabían que era el coche de la misión, y por eso se habían dicho: “Si hicieron esto con el coche qué habrán hecho con los misioneros”.

"Esta experiencia me quedó grabada porque es tal vez una de las más fuertes que yo he vivido por el agotamiento, por el frío, por los pies que cuando llegué a pesar de que hacía un frío enorme yo los tenía hirviendo, llenos de llagas, de sangre… Recuerdo que fui a la capilla inmediatamente a dar gracias a Dios porque a pesar de que humanamente hablando había sido todo una pesadilla yo me sentía feliz, sentía un gozo, una paz que no tengo palabras para describir y definir la experiencia interior que yo viví en esos momentos. Me venían a la cabeza esas palabras del Evangelio que dicen: “Bienaventurados aquellos a los que os persiguen a causa de mi nombre”.

La revista Mundo Negro le "tocó"

¿Qué es lo que llevó a José Díaz a Perú, y antes a Mozambique, y después a Chile, Ecuador, Guatemala y a la Nicaragua que sería su destino final?

Fue la prensa católica. Alguien tiene que publicar testimonios para que estos toquen corazones y llamen a la entrega. Él explica su vocación en la misma entrevista de 2004. Agradece que su primer paso fue un poco alocado, porque si se lo hubiera pensado… ¡no habría llegado a ser feliz como misionero!

"Mi infancia fue normal, en una familia sencilla, cristiana. Estudié en un colegio de religiosos, pero de pequeño nunca me sentí atraído por la vocación. Un día, cuando ya estudiaba en la Universidad Industrial y trabajaba, en la parroquia en la que yo frecuentaba un grupo juvenil, me encontré una revista que me llamó la atención, la revista Mundo Negro. Me atrajo el título y la leí. Yo creo que fue el chispazo. Por primera vez yo me sentí llamado, y di la respuesta en ese momento. Tenía diecinueve o veinte años. Al final de la revista había un anuncio. Todavía recuerdo la frase de memoria. Decía: “Se necesitan jóvenes generosos, que quieran entregar su vida a la más noble aventura. Tú puedes ser uno de ellos, como sacerdote o como hermano”. Y dije: “¿Y por qué no?”. Y ahí está el medio en broma medio en serio, porque si lo pienso no me atrevo.

"En ese momento cogí un papel y les escribí diciendo que quería conocerlos un poco más. Salí a la calle y eché la carta en correos. Fue todo sin pensarlo. De hecho a nivel físico, yo tengo una poliomielitis, una parálisis. ¡Como para pensar ser misionero! Además yo al misionero lo veía en un pedestal. ¿Cómo me iba a identificar yo con eso? Para mí el misionero tenía que ser un hombre inteligente, que hablase diez o doce lenguas. Y tenía que ser un hombre santo. Si yo lo hubiera pensado bien, humanamente hablando, hubiera dicho que no. Como yo creo que le ocurre a todo llamado. ¿Quién se siente digno? Por eso digo que mi vocación ha sido un don en el que el protagonista ha sido Él.”

Una muerte "africana" lejos de África

Con 46 años de vida religiosa y misionera, José Díaz encontró la muerte cuando roció con insecticida un panal de abejas africanizadas en un árbol a unos 70 kilómetros de Managua. No se localizó a su familia en España y fue enterrado allí mismo, en Casares, donde apenas llevaba unas semanas.

También África está llena de tumbas de misioneros, especialmente de siglos anteriores, que morían por enfermedades a las pocas semanas de llegar a su destino: es algo que los combonianos conocen bien por su experiencia en el siglo XIX.

En la prensa nicaragüense detallan que murió celebrando misa. Según el médico forense Reynaldo Cruz, que reconoció el cadáver inflamado por incontables picaduras, “estaba en una casa comunal y a eso de las 4:30 de la tarde estaba oficiando la misa cuando fue atacado por abejas, lo que le provocó un shock anafiláctico”.

Parece que las abejas habían molestado a la celebración o los parroquianos, él recurrió al insecticida y el enjambre atacó con tesón. Los bomberos llegaron 4 horas después para limpiar el lugar de abejas. Dos personas más fueron trasladadas de emergencia al Hospital San José de Diriamba, en un vehículo particular y dadas de alta al día siguiente.

El Ministerio de Salud de Nicaragua suele recordar en verano qué hacer ante un enjambre de abejas africanizadas. La prensa nicaragüense lo detalla así: “retirarse inmediatamente del lugar sin hacer ruido, retirar a los niños, a adultos mayores, e incluso a los perros, porque el ladrido las incita a atacar. Buscar refugio inmediatamente, taparse la cara, los ojos porque son lugares muy delicados y si se tiene que ir cargando a un niño, la cara del niño debe ir contra el cuerpo del adulto.

Una vez picados, no debemos restregarnos, porque de lo contrario el veneno se inocula con mayor rapidez dado que la abeja deja el aguijón donde tiene la bolsita con veneno. Se debe extraer el aguijón, pero no con pinzas porque se esparce el veneno, sino con las uñas o cuchillos sin filo. Bajo ninguna circunstancia se les debe provocar. Asimismo debemos evitar olores fuertes como el de perfumes, champú, colonias y joyas brillantes. Se trata de insectos híbridos procedentes del cruzamiento de la subespecie natural africana Apis mellifera scutellata con las domésticas pertenecientes a varias subespecies de Apis mellifera. Atacan en grupos, son muy veloces y siguen a su víctima hasta a 900 metros de su colmena o enjambre. Este comportamiento ha provocado en América numerosas muertes de personas, con un incremento anual del número de víctimas”.

¿Indignarse ante la muerte?

A los mortales toda muerte nos sabe a injusticia, pero ¿cabe imaginar al hermano José Díaz indignado en el cielo, protestando porque tenía muchas cosas que hacer?

De nuevo, la entrevista de 2004 nos aporta una historia perfectamente aplicable a la vida de un sacerdote en cualquier lugar.

“Me acuerdo de una experiencia muy linda que tuve en Arequipa, al sur de Perú. Yo estaba allí en una parroquia, trabajaba directamente en la pastoral y con los movimientos juveniles. Había tres hermanos que tenían grandes problemas en la familia. Un día la madre se me acercó y me dijo: “Usted es muy amigo de mis hijos, quisiera que me ayudara, que ayudara a mis hijos”. Le dije a la madre: “Mire, el problema no son sus hijos, el problema son ustedes, usted y su marido. Si realmente quieren a sus hijos, venga usted con su marido para que podamos hablar”.

Y vino con su marido. Él trabajaba en una fábrica de cervezas, esto significa que todos los fines de semana se emborrachaba, escándalos en la casa, peleas. Les dije: “Miren, yo tengo la solución de sus hijos. Pero depende de ustedes. Dentro de dos semanas va a haber un encuentro del Movimiento Familiar Cristiano, es un movimiento que ayuda a las familias. Yo tengo que dar algunas charlas allí. Si ustedes van, van a hacerles un favor enorme a sus hijos. El problema es que su casa es un infierno, y el fruto lo tienen allí. Prométanme que van a ir a este encuentro y yo les garantizo que allí van a tener la respuesta”. Efectivamente fueron, se convirtieron al Señor, lloraron, pidieron perdón… fue una conversión increíble”.

“Cuento esta experiencia porque yo en ese momento me acordé de una frase muy conocida, cuando Simeón, en pie, tiene en brazos al niño Jesús, y dice: “Señor, ahora ya puedes dejar a tu siervo irse en paz”. Cuando yo he podido ver frutos así, que son muchos, también yo le he dicho al Señor: “Señor, yo ya he cumplido …”. Es la experiencia no sólo mía sino de muchos misioneros. Bueno, más que “ya he cumplido”, sería mejor decir: “He visto la gloria de Dios”. He visto cómo la gloria de Dios se manifiesta y sigue actuando en este mundo y escribiendo páginas hermosas del Evangelio del siglo XXI”.

Y si José Díaz volviera a nacer, ¿volvería a ser misionero? “Esa pregunta se la hice yo cuando era novicio a un hermano misionero muy anciano, ya de ochenta años, con cuarenta y tantos años en Sudán, que había sido perseguido, encarcelado, lleno de enfermedades… Recuerdo que me acerqué a él y le dije: “Hermanito, ¿si usted volviera a nacer, volvería a ser misionero?” Y él dijo las palabras de nuestro fundador, Daniel Comboni, palabras que yo hago mías ahora: “Si volviera a nacer, no una, sino mil veces, mil veces sería misionero”.

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