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Maternidad

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Es madre la que desea serlo, la que se entrega en cuerpo y alma a sus pequeños

He tenido la dicha estas últimas semanas de contemplar, en varias ocasiones, una de aquellas escenas que desde la simplicidad logran llenar de alegría la jornada. Bebés en brazos de su madre. Y en este caso, de dos madres primerizas. La escena es de una ternura inigualable. Antigua como el tiempo, pero al mismo tiempo siempre nueva.
 
La llegada a un hogar del primer hijo es una aventura que no se puede describir. Hay temores, hay cansancio, hay incertidumbre… pero el amor acostumbra a ganar siempre la partida. El instinto maternal, hasta entonces oculto, aparece con fuerza y disipa toda sombra de duda. No faltarán en adelante las pruebas ni las dificultades, pero el amor va por delante y el miedo ya no tiene la última palabra.
 
La maternidad es un misterio. Los lazos que se tejen con esa criaturita débil y totalmente dependiente son tan fuertes que se escapan al mero criterio biológico.
 
En brazos de mamá el niño se siente protegido, arropado. Es el tiempo del primer amor. De susurrarse al oído y de canturrear las primeras nanas. Una vez mayores, no solemos recordarlo, pero estoy seguro de que esos primeros meses de intensa relación con la madre son decisivos a la hora de ir formando la propia personalidad.
 
La maternidad biológica es una maravilla. Un regalo. Pero también existen otros tipos de maternidad, no ligadas necesariamente a la carne. Si hay amor, si hay gratuidad en la entrega, los lazos pueden ser igual o más fuertes que en la maternidad biológica. Lo que determina la diferencia es la calidad de la entrega.
 
Es madre la que desea serlo. La que se entrega en cuerpo y alma a sus pequeños. La que no se mira a sí mismo sino que tiene toda su mirada puesta en sus hijos.
 
Un ejemplo hermoso y muy fértil de esta maternidad no biológica es el de mamá Angélique. Así llaman a esta monja agustina del Congo las numerosas mujeres y niños que gracias a ella han podido reconstruir sus vidas.
 
Angélique Namaika se dedica desde hace más de diez años a acoger y acompañar a mujeres y niños víctimas de la violencia de la guerrilla del LRA. Marcadas desde muy jóvenes por la violencia física y sexual, rechazadas también a menudo por sus familia, mamá Angélique sale a su encuentro, las acoge, las escucha y desde el amor, cura sus heridas.
 
Es una maternidad sanadora la de esta religiosa africana de mirada profunda y voz serena. Asegura, sin embargo, que no es una heroína, que muchas veces se siente sola y tiene miedo. «La fuerza me viene del Señor —confiesa—. Es Él quien me invita a amar a estas mujeres con amor de madre».
 
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