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¿Qué significa el término “Cultura de la Vida»?

Yoshikazu Mikami/AFP

Aleteia Team - publicado el 22/03/14

Ser pro-vida es mucho más que solo oponerse al aborto legal, sino que tiene que ver con la promoción de una “cultura de la vida”

1. El beato Juan Pablo II acuñó el término “Cultura de la Vida” para subrayar la necesidad de llevar las convicciones pro-vida a cada aspecto de la vida y de la sociedad

Una “cultura” es la expresión viva del sistema de valores de una sociedad particular. Por ello, una “cultura de la vida” debería ser la expresión viva de una sociedad que valora la vida humana, que respeta la dignidad intrínseca a la persona humana, y que protege los derechos inalienables de todos los seres humanos desde la concepción hasta la muerte natural. Esta expresión debería estar presente en el arte, la música y la literatura populares, y en los medios de comunicación. Debería reflejarse en las leyes y políticas de esa sociedad, y en las instituciones educativas. Y debería (aunque haya excepciones) ser naturalmente asumida en las actitudes y costumbres de sus ciudadanos.

El beato papa Juan Pablo II acuñó el término "cultura de la vida". Es un gran término porque apunta a nuestra responsabilidad de llevar nuestras convicciones personales pro-vida a cada aspecto de la cultura. Cuando la cultura es pro-vida, los corazones de las personas la siguen. Pero lo contrario también es verdad.

2. Una sociedad que promueve la cultura de la vida debería trabajar para proteger la vida en todas sus etapas.

La población en general debería ver el aborto y la eutanasia como males fundamentales, y nuestra principal preocupación como personas debería ser proteger las vidas de los seres inocentes y vulnerables por encima de nuestras necesidades y exigencias. Muchas personas deberían creer que la auténtica realización y felicidad se fundan en hacer una diferencia positiva hacia los demás por encima de nosotros mismos, y encontrar la realización a través del amor incondicional de Dios. El amor debería definirse como el don del sacrificio de nosotros mismos hacia los demás. La libertad debería verse como una condición que nos libera para perseguir lo que es verdaderamente bueno y rechazar lo malo. Las personas deberían comprender que existe una realidad objetiva de lo que es bueno y lo que es malo, y que romper las normas de lo que es bueno o malo hace daño a las personas, así como a toda la sociedad.

Todo esto debería afectar obviamente a la forma en que los medios de comunicación informan sobre asuntos como el aborto, la clonación, la investigación con células madre embrionarias, la eutanasia y el suicidio médicamente asistido. La premisa debería ser que todas estas cosas constituyen obstáculos para una vida feliz y realizada, y contrarios al amor y a la libertad.

Todas las formas de expresión artística y literaria en esta cultura deberían tratar a los no nacidos, los ancianos, los discapacitados y los enfermos terminales como miembros plenos de la familia humana. Las políticas y las leyes deberían comenzar con la presunción de que los niños no nacidos en cualquier etapa de su desarrollo son personas plenamente humanas, y que el aborto es una violación fundamental del inalienable derecho a la vida. La famosa sentencia Roe vs. Wade (que permitió la legalización del aborto en EE.UU.) debería haber sido revocada y reemplazada por leyes que protegiesen la vida no nacida. El suicidio asistido y la eutanasia deberían haber sido sumariamente rechazados como violaciones de la libertad, la dignidad y los derechos humanos.

3. Nuestra cultura actual promueve mensajes contra la vida a través de todos los canales clave de las expresiones culturales, lo que ha afectado profundamente a muchos en nuestra sociedad, especialmente a los jóvenes.

Los principales canales de expresión cultural están profundamente imbuidos por una filosofía contraria a la vida. Los medios de comunicación, los políticos, la ley, el arte y el entretenimiento, el sistema de educación pública, e incluso muchas causas caritativas han sido fuertemente influidas por filosofías que rechazan la dignidad intrínseca de la vida humana y que promueven nociones materialistas de la felicidad, así como la creencia de que los seres humanos son la suma de sus miembros físicos.

La permeación de estas filosofías en cada rincón de la cultura ha sido extremadamente dañina para la gente joven, así como para las generaciones más viejas. Nuestros jóvenes tienen que ser muy valientes para luchar contra lo que parece un incendio incontrolable, y deben tener voluntad para permanecer solos ante un gran mal. Esto supone un tremendo desafío para muchos jóvenes. Tenemos la responsabilidad de dar buen ejemplo, de prepararles, de rezar por ellos y de apoyarles en sus luchas.

4. Para que una sociedad tome medidas para proteger la dignidad de la vida, la cultura debe privilegiar este valor.

Excepto por una gran intervención de Dios – cosa que Él habitualmente no suele hacer – no se podrá poner fin al aborto, a la eutanasia, a la clonación y a otras prácticas destructivas sin cambiar primero la cultura. Dios prefiere actuar a través de la libertad humana. Es natural para los seres humanos seguir lo que su cultura les enseña. Si queremos que la gente se mueva libremente hacia una ética pro-vida en sus corazones, debemos rodearles de una cultura que viva esta expresión. Intentar cambiar el corazón de las personas sin afectar simultáneamente a la cultura en la que viven sería como educar a un adolescente para ser puro y casto, y luego llevártelo a ver una película pornográfica el fin de semana. Los seres humanos son frágiles, y la cultura puede ser a menudo un maestro mucho más fuerte de “moralidad” y de “valores” de lo que nosotros podemos por nosotros mismos. Necesitamos que la cultura sea un aliado para formar corazones y mentes a favor de la vida.

5. Construir una cultura de la vida es mucho más que tener los mejores argumentos; requiere una auténtica transformación de los corazones.

Tener los mejores argumentos es muy importante. Y el movimiento pro-vida tiene los argumentos más sofisticados, inteligentes y llenos de compasión. Pero tiene que haber también una transformación del corazón. Sin el corazón, los argumentos más fuertes nos fallan en los momentos de crisis. Y los corazones humanos están fuertemente influidos por la cultura.

Uno puede ser un verdadero promotor de la cultura de la vida en su propia vocación o vida profesional. Si se implica en el arte del entretenimiento, puede considerar cómo introducir una visión digna de la felicidad, el éxito, la calidad de vida, el amor, la libertad o los derechos humanos en su trabajo. Si a uno le gusta la política y las leyes, puede aplicar esto.

Si uno se ve a si mismo como un líder, puede encontrar un trabajo, una organización o una nueva misión que le interese y usarla para promover mejores definiciones de palabras como éxito, calidad de vida, amor y libertad. Si a uno le gusta enseñar, puede trabajar esos conceptos en su asignatura.

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