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Venezuela prepara el camino al “matrimonio igualitario”

© Mila Supinskaya/SHUTTERSTOCK
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Lo que todo católicos debe saber y difundir acerca del matrimonio

La sustitución de los términos ‘marido y mujer’ por ‘personas’ en el artículo 44 del Código Civil Venezolano tiene un propósito muy claro: que en Venezuela sea aprobado el matrimonio igualitario. Ante esta eventualidad, compartimos con nuestros lectores esta información, tomada del documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en el año 2003.

Lo primero que hemos de mencionar es que  según la enseñanza de la Iglesia, los hombres y mujeres con tendencias homosexuales «deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. (1).

De hecho, ya en 1986, hace 27 años, La Congregación para la Doctrina de la Fe, emitía el documento: “Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la Atención Pastoral a las Personas Homosexuales”(2), de amplia difusión, donde se expresa: “Es de deplorar con firmeza que las personas homosexuales hayan sido y sean todavía objeto de expresiones malévolas y de acciones violentas. Tales comportamientos merecen la condena de los pastores de la Iglesia, dondequiera que se verifiquen.    Revelan una falta de respeto que lesiona unos principios elementales sobre los que se basa una sana convivencia civil. La dignidad propia de toda persona siempre debe ser respetada en las palabras, en las acciones y en las legislaciones.”(2)

En este párrafo  se expresa con toda nitidez la postura de la Iglesia sobre este delicado tema y en el que se expone la importancia de una actitud de acogida, de comprensión, de acompañamiento pastoral y de integración a la comunidad parroquial, con el seguimiento personal del pastor y, de ser necesario, de la ayuda profesional necesaria para la  plena integración de estas personas a la Iglesia y a la sociedad.

Sin embargo,  el amor y la misericordia deben estar unidos a la VERDAD.

Primero: la única “sexodiversidad”, (para hacer uso del término), que reconoce la Iglesia desde el orden racional, biológico, antropológico, social y jurídico es la de una diferenciación sexual bipolar: varón y mujer,” macho y hembra”, según el relato bíblico.

Esta realidad, de seres sexuados, es inmutable, el sexo de cada persona no puede ser “cambiado”, se es sexuado hasta la muerte y más allá de ella. Se pueden adoptar actitudes, posturas, maneras y conductas del sexo contrario, se podrá “adecuar” la forma física corporal con cirugías y hormonas con la intención de asemejarse externamente al sexo opuesto, pero el sexo real no cambia, el sexo  no se escoge, se nace varón o mujer.

En el momento de la fecundación, inicio de la vida del ser humano, ya queda determinado su sexo biológico que formará parte constitutiva de su ser personal.

Este es un “dato biológico” definitivo y definitorio pues la misma naturaleza, a lo largo  del desarrollo evolutivo de cada persona, se va acondicionando, de acuerdo a este dato biológico, el sexo gonadal, el sexo hormonal, genital, el cerebro,  el sistema nervioso, los caracteres externos,  que estarán ordenados al desarrollo de una sexualidad propia como hombre o como mujer.
En esta alteridad, varón y mujer, se ha de recordar y ratificar, que ambos, varón y mujer,  tienen la misma dignidad, ambos son sujeto de los mismos derechos y libertades donde no cabe ninguna supremacía ni prevalencia  de uno sobre el otro.

La diferenciación sexual, varón y mujer no existe para el conflicto, ni para el enfrentamiento, ni para entrar en competencia entre ambos. La alteridad sexual humana tiene su verdadero sentido en la complementariedad, la cooperación mutua, la natural atracción de ambos sexos, su carácter esponsal se ordena hacia dos dimensiones: La dimensión unitiva, fundamentada en el amor como donación, el encuentro íntimo en el que se expresa el afecto y el gozo sexual; y la dimensión procreativa en la que los esposos tienen la libre decisión de traer al mundo los hijos que integrarán una nueva familia humana.

Ninguna ideología puede cancelar del espíritu humano la certeza de que el matrimonio en realidad existe únicamente entre dos personas de sexo opuesto, que por medio de la recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión de sus personas.

“No existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia. Los actos homosexuales, en efecto, « cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual.

La comprensión de los motivos que inspiran a oponerse a las instancias que buscan la legalización de las uniones homosexuales requiere algunas consideraciones éticas específicas, que son de diversos órdenes.

De orden biológico y antropológico

En las uniones homosexuales están completamente ausentes los elementos biológicos y antropológicos del matrimonio y de la familia que podrían fundar razonablemente el reconocimiento legal de tales uniones. Éstas no están en condiciones de asegurar adecuadamente la procreación y la supervivencia de la especie humana.

En las uniones homosexuales está, además, completamente ausente la dimensión conyugal, que representa la forma humana y ordenada de las relaciones sexuales. Éstas, en efecto, son humanas cuando y en cuanto expresan y promueven la ayuda mutua de los sexos en el matrimonio y quedan abiertas a la transmisión de la vida.

Como demuestra la experiencia, la ausencia de la bipolaridad sexual crea obstáculos al desarrollo normal de los niños eventualmente integrados en estas uniones. A éstos les falta la experiencia de la maternidad o de la paternidad. La integración de niños en las uniones homosexuales a través de la adopción significa someterlos de hecho a violencias de distintos órdenes, aprovechándose de la débil condición de los pequeños, para introducirlos en ambientes que no favorecen su pleno desarrollo humano.

Ciertamente tal práctica sería gravemente inmoral y se pondría en abierta contradicción con el principio, reconocido también por la Convención Internacional de la ONU sobre los Derechos del Niño, según el cual el interés superior que en todo caso hay que proteger es el del infante, la parte más débil e indefensa.

De igual forma, la Iglesia se opone enérgicamente  y denunciará cualquier intento de implantar en el sistema educativo venezolano contenidos  sobre el tema de la sexualidad con una visión antropológica, política o ideológica que presenten una visión distorsionada, pansexualista o reduccionista de la sexualidad o que sea contraria a la recta razón, la ética y  la dignidad de la persona humana.

Artículo publicado originalmente por Reporte Católico Laico

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