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«Yo compartiré la suerte de mis hermanos…» El otoño de Pelplin (1a parte)

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Gerardo Rodríguez - publicado el 22/01/14

Seguimos relatando el martirio de la Iglesia católica polaca durante la segunda guerra mundial

En el primer artículo con el cual se abría esta serie de relatos históricos sobre el martirio de la iglesia polaca durante el nazismo entre otras cosas me referí al “otoño de Pelplin” con estas palabras: “La reciente historia de la iglesia mártir polaca conoce el así llamado “otoño de Pelplin”, cuando los profesores del seminario mayor y los funcionarios de la curia episcopal fueron asesinados. El 20 de octubre de 1939, en un sólo día los nazis fusilaron a 17 sacerdotes, mientras otros, hasta un total de 24 murieron en aquel trágico otoño”.

Lo que sucedió el 20 de octubre de 1939 es lo que voy a relatar en varias entregas.

En la mañana del 19 de octubre llegó desde Gdansk al municipio de Pelplin una joven alemana, probablemente una secretaria de la Gestapo. Su misión consistía en localizar las direcciones de varios sacerdotes, cuyos nombres estaban escritos en una hoja. Después de una breve conversación con el jefe de la gestapo Helmut Richter y el alcalde Seedigiem puso manos a la obra.

Al mediodía varios soldados de las SS acantonados en Tczew bajaron de un camión y fueron acomodados en un gimnasio. Friedrich, su comandante, conferenció durante mucho tiempo con Richter y Hogenfeldem. También estuvo presente un mayor de las SS no identificado, que vino directamente de Berlín con el fin de preservar los libros y documentos más valiosos de la biblioteca del seminario para la “gran cultura alemana”, esto porque, como todas las bibliotecas polacas, estaba destinada a la destrucción.

Por la noche, una persona de nombre desconocido extendió a los sacerdotes una citación para comparecer al día siguiente, 20 de octubre a las 8 de la mañana en el seminario, donde funcionaban las oficinas municipales. El fin de la convocatoria no fue especificado.

Los sacerdotes cumpliendo con su deber sacerdotal celebraron la misa de la mañana, desayunaron y, sin sospechar nada fueron al seminario. Esa mañana el padre Juan Bistram tenía que ir con sus padres a Wejherowo, pero recibió una llamada donde le avisaron que habían decidido tomar el tren de la tarde. El padre Rector Roskwitalski desayunó en casa de la familia Buszkiewicz, donde era invitado frecuentemente.

-Por favor padre, no vaya al seminario-le rogó la señora Buszkiewicz – llévese nuestra bicicleta y huya.

– ¿Por qué? Yo no les hice nada. Allí estarán todos mis compañeros, no me parece adecuado que yo esté ausente…

El guardia condujo a los sacerdotes al primer piso, donde la señorita Lutz subrayaba en una lista el nombre de cada uno y les informó que tenían que esperar en el pasillo.

El ambiente entre los sacerdotes no estaba demasiado animado. Algunos conjeturaban sobre el modo en el que los alemanes querían emplearlos. Alguien dijo que realizarían un curso de alemán para facilitarles el trabajo pastoral, mientras que otro pensaba que los llevarían al juzgado de Starogard y examinarían el caso de cada individuo. Probablemente no hay que esperar lo peor – razonaron – no hemos hecho nada malo y nos van a dejar libres. Finalmente terminó esta incertidumbre

Desde el segundo piso, convertido en prisión, trajeron al padre Raszeja, que había sido arrestado hacía tres semanas.

– Seguramente me liberarán enseguida – dijo animadamente. – Richter me lo prometió. ¡Qué bueno es estar de nuevo en libertad y respirar aire fresco! -se regocijó en presencia de sus hermanos sacerdotes.

La moral entre los sacerdotes se deterioró al ver a Edward Jarczewski. Entre ellos era el único laico, además era el comandante de la policía polaca. ¿Para qué lo llamaron? Después de todo su profesión no tiene nada que ver con el cuidado pastoral…

A las 9 salieron al pasillo Richter, Hogenfeld y Friedrich con varios soldados de las SS, también estaba el mayor de las SS. Hogenfeld leyó de una lista los nombres y ordenó a los sacerdotes colocarse en fila.

Jarczewski se ubicó al final. Ahora los soldados se acercaron a ellos y seguidamente los despojaron de todo: documentos personales, relojes, carteras con dinero. Cuando esta extraña y sospechosa ceremonia tuvo lugar reinó un profundo silencio en medio de los sacerdotes hasta que hubo terminado, Richter declaró brevemente:

-Sie sind alle verhaftet!
¡Estáis todos arrestados!

Lo que vino después de estas palabras fue un silencio aún más profundo, sólo perturbado por la voz del mayor, diciendo algo en voz baja a Richter. Los que comprendían el idioma alemán se dieron cuenta que la conversación se refería al sacerdote y doctor Francisco Sawicki.

– ¡Sin embargo, tengo que tener a alguien que me oriente en esta masa de papel! ¿Cómo puedo saber lo que representa algún valor para la cultura alemana? ¡Por favor, dámelo!

Cuando Richter se resistió, basándose en las órdenes de Tczew y Gdansk, e incluso invocando al Gauleiter Forster, el oficial perdió la paciencia.

– Si no se ejecuta inmediatamente mi pedido, voy a llamar al Reichsführer de las SS Heinrich Himmler!

Richter vaciló por un momento, pero finalmente le ordenó al Padre Sawicki salir de la fila.

– Que me ayude el sacerdote – le dijo el mayor – en la organización de la biblioteca.

– Voy a darle al sacerdote por un par de días.

– En el transcurso de unos pocos días no puedo hacer este trabajo solo, por favor, deme unos sacerdotes más para ayudar.

-¿Cuántos?

El padre Sawicki después de una breve deliberación dijo:

– Tres.

– Que el sacerdote los elija.

Inicialmente el padre Sawicki señaló a varios canónigos, pero el alemán negó con la cabeza.

– No, por favor elija a otros, más jóvenes.

Así pues el padre Sawicki eligió a tres sacerdotes que eran funcionarios de la curia: Paul Glock, Tadeusz Malinowski y Juan Cyrankowski.

-Me llevo a estos cuatro a trabajar en la biblioteca – declaró el mayor en presencia de Richter y fue con ellos de inmediato en dirección a la misma.

De entre los que estaban de pie en el pasillo Richter envió a su casa al padre Manthey, un alemán. Tenía la intención de hacer lo mismo con el padre Schütt:

– ¿Y este sacerdote qué hace aquí? ¡Pero este sacerdote es alemán! Por favor, que se vaya inmediatamente a su casa!

Walter Schütt, un sacerdote de sesenta y siete años, en realidad era alemán. Hablaba muy poco en polaco, en su casa hablaba en alemán con su ama de llaves, leía diarios y libros alemanes, escuchaba la radio alemana. Nacido en Danzig, culminó sus estudios en el seminario de Pelplin, desde 1899 era profesor de alemán en el Colegio Mariano, y desde 1924 era el canciller de la curia. Amigos y sacerdotes lo llamaban cariñosamente "Szytkiem" era muy querido y como alemán no molestaba a nadie. Su hermano era Mayor en la Wehrmacht y desempeñaba una función importante en Berlín.

Ahora, en el segundo mes de la ocupación nazi de Pomerania, este sacerdote alemán se avergonzaba de ser alemán. Los de su nacionalidad estaban cometiendo verdaderos crímenes y trataban de un modo cruel e inhumano a los polacos. El canciller de la curia hacía más de 15 años que estaba junto a sus hermanos sacerdotes polacos.

– Voy a ir con mis compañeros – dijo con dignidad -. Compartiré con ellos su destino, como lo he hecho hasta ahora.

– Wie sie wollen … – murmuró significativamente Richter y sonriendo maliciosamente hizo un gesto a los hombres de las SS.

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