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Renovar nuestro bautismo, pasar de la muerte a la vida

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 12/01/14

¿En qué aspectos de nuestra vida estoy muerto? ¿En qué quiero renovar mi vida?

Hoy contemplamos a Cristo que recibe el don del Espíritu Santo en plenitud. Se le desvelan los misterios pero no por ello a partir de este momento dejará de lado la incertidumbre que acompaña al hombre.

No, Cristo se hace uno de nosotros, asume nuestra condición pobre y limitada. Renuncia al poder de conocer el futuro, a la sabiduría divina que lo ha creado todo. Es hombre. Y, aunque es Dios, caminará a partir del Bautismo de la mano del Padre buscando su querer.

No renunció a la oscuridad de las noches. No dejó de preguntarse por el porqué de las cosas. No caminó sin la incertidumbre que acompaña nuestra condición humana pobre y limitada. Lo compartió todo menos el pecado. Compartió el agua y la sed, la luz y la oscuridad, el llanto y la risa. Tembló como nosotros ante la muerte de un amigo. Y temió el dolor llorando gotas de sangre.

Vivió oculto en Nazaret sin comprender los caminos, en el silencio de tantas noches cotidianas. Vivió en el desierto enfrentándose a la soledad y a las tentaciones del demonio. Se hizo fuerte en la lucha de la vida y caminó con preguntas hasta la oscuridad de la cruz.

Pero nunca estuvo solo. Comprendió que su Padre estaba a su lado en cada momento del camino. Supo que su Madre lo miraba en la distancia y permanecía fiel al pie de la cruz.

Sí, Cristo se hizo uno de nosotros. Compartió nuestra suerte. El dolor de la vida y la alegría del amor. Se abajó hasta nuestra carne mortal. Accedió a vivir el presente como un don cada mañana. Soñó, deseó, preguntó, anheló.

Su vida se hizo nuestra propia vida y sus pasos los nuestros. Para que nunca más volviéramos a sentir que caminamos solos. Para que nunca de nuevo pensáramos que Dios se ha olvidado de nuestra suerte. Cristo acude hoy a Juan para ser bautizado. Porque busca y quiere saber. Porque no lo sabe todo.

En nuestro afán por controlar la vida y saberlo todo, acabamos encasillando fácilmente a las personas. Así pierden la magia del misterio. La verdad es que nunca acabaremos de conocer del todo a los que amamos. Aunque llevemos con ellos toda la vida y creamos conocer todos sus sueños y deseos, todas sus debilidades y fortalezas.

Nos equivocamos si creemos saberlo todo. El amor hace que siempre de nuevo nos asombremos ante el misterio de la persona amada. Tan sólo nos acercamos torpemente al misterio que esconde.

Por eso sólo nos queda arrodillarnos con humildad, sin pretender conocer todo lo que hay en su alma. Y cuando no lo hacemos así, acabamos perdiendo el respeto y avasallando. Entramos sin admiración ni asombro en el alma de aquel a quien amamos. Porque ya no nos sorprendemos de nada.

A veces corremos el riesgo de caminar por la vida muy seguros de nosotros mismos, convencidos de que lo sabemos todo, y con la pretensión de conocer bien a las personas.

Cuando dejamos de admirarnos ante los misterios, ante lo que desconocemos, violentamos la intimidad del alma y nos creemos en posesión de la verdad. Nos puede pasar lo que decía una persona: «No sé si es bueno intentar entender a la gente porque, al hacerlo, juzgamos. Quiero tener pureza de pensamiento con todos. Tengo tendencia a juzgar últimamente a los que se creen buenos, aunque lo sean, pero no reconocen que es un don gratuito».

Juzgamos incluso a los buenos, a los que admiramos. Sí, juzgamos porque nos creemos en posesión de la verdad. Y pensamos que los demás no actúan correctamente. Opinamos ante los que no ven esas carencias. Nos gusta mostrarles nuestra perspicacia, ese don que tenemos para ver lo malo que hay en los demás, para conocer sus oscuras intenciones y sus miserias.


Nos sentimos seguros en nuestra crítica. Caemos en el juicio. Opinamos sobre sus comportamientos aunque nadie nos pregunte. Interpretamos sus gestos y acciones. Nada se nos escapa. No aguantamos callados y herimos la inocencia de las personas, su mirada pura. Tratamos de hacerles ver el mal que hay, los errores, los pecados. No callamos. Creemos que es justo que los demás conozcan la verdad. Que no haya secretos. Y desvelamos debilidades y heridas sin pudor. Nos parece justo.

Hoy la Iglesia celebra la segunda Epifanía, el Bautismo del Señor. Es la manifestación del Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es la Epifanía de la Trinidad: «Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre Él. Y vino una voz del cielo que decía: -Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto». Mateo 3, 13-17.

En el Bautismo tiene lugar la manifestación de Cristo entre los hombres. Decía San Juan Crisóstomo: «Su manifestación a todos los hombres no data de su nacimiento, sino de su bautismo, puesto que hasta entonces muchos no lo habían conocido».

Es en el Jordán donde Cristo se muestra como el Mesías y comienza el seguimiento. Los discípulos de Juan quieren saber dónde vive, estar con Él. Jesús se consagra conscientemente a su misión, se somete enteramente a la voluntad del Padre y el Padre le responde enviando sobre Él el Espíritu Santo.

Cristo aparece ante el mundo, lo ilumina y lo llena de gozo. Con su presencia santifica las aguas y expande la luz en las almas. El bautismo es paso, iluminación, nacimiento a la luz de Dios. Los neobautizados en la iglesia antigua y aun hoy, en la iglesia bizantina, son llamados iluminados, porque, iluminados por la fe, han renacido a la vida.

Para los padres griegos, la miseria del pecador consistía en la ignorancia. El pecado era oscuridad. Por eso Cristo abre para siempre «las puertas de la Luz a aquellos que, hijos de las tinieblas y de la noche, aspiran a ser hijos del día y de la Luz», como dice Orígenes.

El Bautismo significa la presencia de ese Dios que se ha hecho carne para que los hombres comprendan. Cristo es luz que guía sus pasos. Luz que vence en las tinieblas y acaba con las sombras de la noche. El Bautismo de Cristo representa la luz que nos hace ver el camino.

Dice el Papa Francisco en la Exhortación apostólica: «En todos los bautizados actúa la fuerza santificadora del Espíritu que impulsa a evangelizar. En virtud del Bautismo recibido se ha convertido en discípulo misionero».

Cristo comienza a vislumbrar los pasos a dar en el Jordán. Nosotros, en la luz de Cristo, por medio de nuestro bautismo, nos hacemos misioneros. En la fuerza del Espíritu Santo aprendemos a amar y a buscar a Dios. Dejamos atrás la oscuridad del pecado y nos abrimos a su luz que nos permite ver el camino.

El Bautismo es el paso de la muerte a la vida. Por eso los iconos del Bautismo del Señor representan a Cristo con las manos hacia abajo, tumbado, hierático. Entra en el sepulcro, yace cubierto de agua, muere para dar vida al hombre que está ya en la muerte. Al salir de las aguas, santificadas con su presencia, surge a la vida. Es el preludio de su propia muerte y resurrección. Es necesario morir para dar vida, en realidad es el único camino.

Hoy queremos renovar nuestro bautismo. Queremos sumergirnos de nuevo en el agua para salir renovados, santificados. En el agua dejamos nuestra muerte, lo que en el alma no tiene vida. ¿En qué aspectos de nuestra vida estamos muertos? ¿En qué queremos renovar nuestra vida?

En Cristo somos sanos y estamos salvados. Queremos unirnos a Él en el bautismo. Le damos nuestro amor, nuestra vida. Hacemos nuestras la palabras que rezaba una persona: «Quiero nombrarte en la paz de mi orilla, gritarte en la tormenta, cuando duermes en mi barca; susurrar tu nombre en el miedo, pronunciarte cuando camine sin ver, en el amor que duele, en la cruz que rompe, en el corazón que se parte, en la alegría de la vida, de la mesa, del descanso en tu pecho.

Mi Señor Jesús, tu nombre. Te llamo. Te grito. Te susurro. Lo quiero escribir para siempre en mi corazón soñador. Mi nombre. Llámame. Grítame. Susúrrame. Escríbelo para siempre en tu corazón misericordioso».

Él es nuestra vida y liberación. Nos unimos a Él, nos sumergimos en su Espíritu. Nos enterramos en su corazón, para tener vida. Nos renovamos en nuestro sí, en nuestra fe. En nuestro seguimiento fiel a Cristo cuando hoy rezamos el credo y recibimos el agua bendita que nos purifica.

Somos hijos predilectos. Dios nos ama con locura y hoy nos lo dice. Dice el Papa Francisco en su Exhortación apostólica: «En toda la vida de la Iglesia debe manifestarse siempre que la iniciativa es de Dios, que ‘Él nos amó primero’ y que ‘es Dios quien hace crecer’. Esta convicción nos permite conservar la alegría en medio de una tarea tan exigente y desafiante que toma nuestra vida por entero. Nos pide todo, pero al mismo tiempo nos ofrece todo».

Escuchamos hoy como si las palabras nos las dijera a nosotros: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto».

Cuando fuimos bautizados, esa certeza se grabó en nuestro corazón. Tal vez con el tiempo la hemos olvidado. En medio de las dificultades de la vida, perdemos la seguridad del amor de Dios. ¿Quién nos quiere? ¿Quién nos ama de forma incondicional?

Una persona decía: «Tengo necesidad de descansar en algo grande, anhelo ser querida como soy pero el mal me dice: ¿eres querible? Me produce inseguridad y angustia y mi reacción es que tengo que hacerme digna de su amor aún a costa de mi dignidad, lo que me puede hacer caer en una falsedad no querida por mí. Y si falla algo me tambaleo, entro en una dinámica negativa que destruye y ahí radica mi pecado original. A partir de ahí debe empezar la redención».

La inseguridad surge cuando no nos sentimos profundamente amados por Dios. Cuando caminamos por la vida y mendigamos gotas de cariño. Se nos olvida quién es el que nos ama de forma segura. Dios nos quiere así, no se olvida de su hijo. 

No sabemos si ese día del Bautismo, todos oyeron la voz de Dios. No es fácil ver a Dios ni siquiera en los milagros. Hay que estar muy atentos, en silencio, para descubrir su voz y comprender que nuestra misión comienza. Dios quiere que abramos los ojos ante el milagro que tenemos delante, escondido. En la fila de un bautismo humano.

Su voz desde el cielo es un mensaje para nosotros, para cada uno. Para que miremos a Jesús, para que le demos la mano, para que nuestro corazón siga asombrándose ante el misterio de ese Dios oculto, de Dios caminando entre nosotros, viviendo entre nosotros, metido en nuestra vida diaria.

El Bautismo del Señor nos muestra hoy su humildad. Cristo se pone a la cola y pasa desapercibido. El que no tenía que ser bautizado, porque no tenía pecado alguno, se presenta ante Juan en el Jordán para ser bautizado: «En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo, diciéndole: – Soy yo el que necesito que Tú me bautices, ¿y Tú acudes a mí? Jesús le contestó: – Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere. Entonces Juan se lo permitió».

Se pone a la cola como uno de tantos. No exige, sólo suplica. Y Juan no quiere bautizarlo. Él mismo tendría que someterse a Jesús y no al revés, porque él es el pecador. Pero Jesús insiste y se arrodilla. Muestra su pequeñez, su fragilidad, su debilidad en manos de su Padre.

Cristo se humilla, se abaja, para unir lo que el hombre rompió con su pecado. Decía el Padre Kentenich: «La tierra ha sido separada del cielo, por eso se hizo infierno. ¿Cómo volverá a ser un trozo de paraíso? Buscando la unión con el más allá». Cristo se humilla para unir así el cielo y la tierra de nuevo en su entrega. El amor del hombre y el amor de Dios se funden en el abrazo de Dios Padre y su Hijo arrodillado.

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