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El misterio inevitable

Aayesha Siddiqui
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No podemos desvelar todos los misterios, pero sí caminar, seguros en Dios, hacia el infinito y saber que allí descansaremos para siempre

Esta semana han venido los Reyes a nuestras vidas. Con el tiempo crecemos y dejamos de asombrarnos ante la vida y sus misterios, dejamos de ilusionarnos y soñar con sorpresas.
 
El protagonista de la película El médico le preguntaba a su maestro si no le desanimaba darse cuenta de lo poco que sabía del hombre y de la vida al contemplar el misterio del universo. Él le respondió con sencillez: «El mundo sería gris y tedioso si no existiera el misterio. Me produce asombro saber que es más lo que ignoro que lo que conozco».
 
Pero es cierto que el hombre de hoy ha perdido el gusto por el misterio. Ya no le gusta lo desconocido y quiere conocerlo todo. Porque dentro de nosotros hay un deseo de infinito, de poseer lo que no tenemos, de desvelar los misterios, rasgar el velo y conocer toda la verdad.
 
Nos gustaría que la vida no tuviera misterios por desvelar, queremos saberlo todo. No solamente el misterio de la vida, sino el de las personas. No nos gusta que nos oculten nada. Preguntamos y preguntamos. Porque nos creemos con derecho a estar al tanto de todo. Queremos saber lo que pasa en todas partes. Los misterios nos confunden.
 
Queremos dar razones de lo que pasa y encontrar siempre respuestas correctas, adecuadas, que nos dejen satisfechos. Que un razonamiento lógico y claro dé explicaciones de la vida. No queremos que se nos escape la verdad. No nos gustan las sombras ni la oscuridad.
 
Los niños, cuando cumplen tres o cuatro años, comienzan a hacer muchas preguntas. Quieren saberlo todo y no admiten un no por respuesta. Son exploradores, buscadores y quieren respuestas que desvelen el misterio de la vida.
 
Todos tenemos un niño de tres o cuatro años en nuestro interior. Un niño que se pregunta mil porqués y quisiera obtener mil respuestas. Lo oculto tiene que ser expuesto a la luz del sol. Así no habrá dudas y sabremos qué hacer en cada momento. Pero así ya no nos asombramos. Es como si nada pudiera despertar nuestro asombro. Ya lo sabemos todo y nada puede sorprendernos.
 
Si somos sinceros, tenemos que reconocer que muchas preguntas no tienen respuesta en nuestro corazón. No lo sabemos todo, porque eso es imposible.
 
Pero el cristiano no tiene miedo cuando contempla el universo y entiende que no abarca el infinito. No es nuestra meta desvelar todos los misterios. Nuestro fin es caminar hacia el cielo, hacia el infinito y saber que allí descansaremos para siempre. Mientras tanto caminaremos seguros en Dios, aunque no lo sepamos todo.
 
Decía el Padre Kentenich: «El momento actual requiere personas que tengan paz interior, que estén probadas interior y exteriormente y muy por encima de la incertidumbre y de la duda. Pero que reciban de la unión santa con Dios la fuerza necesaria para imprimir el rostro de Cristo en la época».
 
La incertidumbre y la duda son parte de nuestro equipaje. No podemos prescindir de lo que desconocemos. 

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