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En llamas y el éxito de los Juegos del Hambre

Lionsgate
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Una buena y creativa crítica a la cultura del espectáculo

Después de más de un mes en cartelera de la película En llamas, segunda parte de la trilogía Los juegos del hambre, me pregunto cuál es el elemento que hace que tanto la novela como las películas tengan tanto éxito en las librerías y taquillas de cine.
 
Una historia cuyo escenario es el país imaginario de Panem en el que anualmente se realizan los Juegos del hambre. El elemento que hace temblar al lector y al espectador es que en estos juegos, los concursantes van siendo eliminados nada menos que con la muerte.
 
En la segunda parte de la trilogía, salen a jugar los vencedores de las versiones anteriores de los Juegos del hambre. Todo como una artimaña del presidente Snow para vengar la audacia de Peeta y Katniss, los ganadoras de los juegos anteriores, que desafiaron la autoridad de Panem, que por cierto, el nombre viene del latín "Panem et circenses" que quiere decir "Pan y circo".
 
Estos juegos son una estrategia del Capitolio para adormecer las conciencias de los habitantes frente a las injusticias que se viven en los doce distritos y que un día terminaron en la rebelión y supuesta destrucción del distrito 13.
 
Son muchos los elementos que resalta esta historia. Me llama la atención la crítica a la cultura entretenimiento como una manera de hacer que el público huya de la realidad.
 
También cómo sus protagonistas experimentan muchas veces ese dramático contraste entre las vivencias personales -en este caso, el hondo dolor de los competidores al saber que el triunfo de uno se daría a costa de la vida de los otros- con la superficialidad de los presentadores y espectadores de este programa. De que los concursantes tengan que sonreír y también mentir frente a un público sensiblemente efusivo y poco pensante como el que representan tan bien los personajes del Capitolio (sede de gobierno de Panem).
 
Sin embargo, Collins no deja de resaltar elementos como la nobleza, encarnada de la mejor manera en el personaje de Peeta, la amistad -incluso entre competidores que saben de antemano que uno tendrá que morir para que viva el otro- el valor de la familia y el sacrificio, actitudes que hacen parte de la esencia del ser humano y que salen incluso en los momentos extremos de dolor, incertidumbre e injusticia. Algo que ningún estado totalitario puede controlar en un cien por ciento.
 
La saga de los Juegos del hambre es una buena y creativa crítica a la cultura del espectáculo que tiene "ese giro voyerista, el ver a la gente siendo humillada, llevada hasta el punto de las lágrimas o sufriendo físicamente, lo cual encuentro muy, muy perturbador", como dijo Suzanne Collins en una entrevista concedida a la editorial Scholastic. "Existe también el potencial de desensibilizar a la audiencia, de tal forma que cuando contemplen una verdadera tragedia, por ejemplo en las noticias, esta no tenga el impacto que debería tener", asegura la autora
 
 Después de más de un mes en cartelera de la película En llamas, segunda parte de la trilogía Los juegos del hambre, me pregunto cuál es el elemento que hace que tanto la novela como las películas tengan tanto éxito en las librerías y taquillas de cine.
 
Una historia cuyo escenario es el país imaginario de Panem en el que anualmente se realizan los Juegos del hambre. El elemento que hace temblar al lector y al espectador es que en estos juegos, los concursantes van siendo eliminados nada menos que con la muerte.
 
En la segunda parte de la trilogía, salen a jugar los vencedores de las versiones anteriores de los Juegos del hambre. Todo como una artimaña del presidente Snow para vengar la audacia de Peeta y Katniss, los ganadoras de los juegos anteriores, que desafiaron la autoridad de Panem, que por cierto, el nombre viene del latín "Panem et circenses" que quiere decir "Pan y circo".
 
Estos juegos son una estrategia del Capitolio para adormecer las conciencias de los habitantes frente a las injusticias que se viven en los doce distritos y que un día terminaron en la rebelión y supuesta destrucción del distrito 13.
 
Son muchos los elementos que resalta esta historia. Me llama la atención la crítica a la cultura entretenimiento como una manera de hacer que el público huya de la realidad.
 
También cómo sus protagonistas experimentan muchas veces ese dramático contraste entre las vivencias personales -en este caso, el hondo dolor de los competidores al saber que el triunfo de uno se daría a costa de la vida de los otros- con la superficialidad de los presentadores y espectadores de este programa. De que los concursantes tengan que sonreír y también mentir frente a un público sensiblemente efusivo y poco pensante como el que representan tan bien los personajes del Capitolio (sede de gobierno de Panem).
 
Sin embargo, Collins no deja de resaltar elementos como la nobleza, encarnada de la mejor manera en el personaje de Peeta, la amistad -incluso entre competidores que saben de antemano que uno tendrá que morir para que viva el otro- el valor de la familia y el sacrificio, actitudes que hacen parte de la esencia del ser humano y que salen incluso en los momentos extremos de dolor, incertidumbre e injusticia. Algo que ningún estado totalitario puede controlar en un cien por ciento.
 
La saga de los Juegos del hambre es una buena y creativa crítica a la cultura del espectáculo que tiene "ese giro voyerista, el ver a la gente siendo humillada, llevada hasta el punto de las lágrimas o sufriendo físicamente, lo cual encuentro muy, muy perturbador", como dijo Suzanne Collins en una entrevista concedida a la editorial Scholastic. "Existe también el potencial de desensibilizar a la audiencia, de tal forma que cuando contemplen una verdadera tragedia, por ejemplo en las noticias, esta no tenga el impacto que debería tener", asegura la autora.
 
Artículo publicado originalmente en El Colombiano
 
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