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Cardenal Carles: “Un día daré cuenta a Dios de mi cargo de obispo”

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Patricia Navas - publicado el 17/12/13

Tras su fallecimiento, Aleteia recupera una entrevista en la que el arzobispo emérito de Barcelona repasa su vida y su pensamiento

El arzobispo emérito de Barcelona, el cardenal Ricard Maria Carles, falleció la madrugada de este martes 17 de diciembre a los 87 años de edad después de que el pasado 22 de noviembre fuera ingresado en el hospital de Tortosa por crisis epilépticas causadas por una lesión intracraneal.

Su capilla ardiente está instalada en la catedral de Tortosa desde la una de este mediodía hasta las ocho de esta tarde. Mañana miércoles, sus restos mortales se trasladarán a la catedral de Barcelona, donde podrá visitarse la capilla ardiente desde las once de la mañana hasta las nueve de la noche y donde este jueves a las 11 de la mañana se celebrará la misa exequial.

Después sus restos mortales se trasladarán a su ciudad de nacimiento, Valencia, donde, por su expresa voluntad, serán enterrados en la capilla de la Virgen de los Desamparados, de la que era muy devoto.

Caracterizado por su humanidad y su cercanía, el cardenal Carles vivió sirviendo a la Iglesia y acercando a las personas a Dios y  pedía especialmente en sus oraciones fidelidad hasta el final, como explicaba en esta entrevista realizada para la agencia Veritas en su residencia de Barcelona en el año 2008, que Aleteia recupera hoy como legado de un gran padre y pastor.


Al despedirse de sus diocesanos de Barcelona, dijo usted que cada noche daba gracias a Dios. Mirando ahora hacia atrás, ¿Qué es lo que más agradece a Dios, de su vida?

Que siempre me ha ido poniendo cerca personas que me han ayudado mucho y eso me ha conducido al sacerdocio. Porque yo pensaba ser químico. Mi amigo Martín Descalzo se refirió a mí como un químico frustrado.     

Y también que me haya dado una vocación que en principio no tenía. A ello me ayudó también un confesor, Don Eladio. Fui a su confesionario por chulería, para demostrar que no pasaría nada aunque hablara con él, y pasó todo. Dios tiene providencia incluso de nuestros aspectos negativos.

Y al mirar hacia delante, ¿Qué le pide?

Que me ayude a acercarme a él y a seguir ayudando a la Iglesia. Puedo impartir conferencias, hablar con la gente, escribir en medios de comunicación y también libros, como uno que quiero ofrecer de los años de las oraciones de jóvenes en la catedral de Barcelona.           

En Barcelona, actualmente no participo en actos públicos, pero en otros sitios sí: últimamente he estado en 22 diócesis españolas y en una suiza porque me han llamado y esto me ayuda a seguir teniendo conciencia de la realidad de la Iglesia.

Y le pido también fidelidad hasta el final. Todos nosotros nacimos siendo un Simón lleno de defectos y el Señor quiere algo más de cada uno. En mi vida ha estado muy presente el número 7. Todas las etapas de mi vida –en Tortosa, en Barcelona, …- han durado un número de años múltiplo de 7.

De Valencia, a Tortosa y después a Barcelona. ¿Podría compartir alguna lección que le hayan enseñado las experiencias vividas en esas diócesis?

Ser párroco hasta los 41 años –durante 17 años- me ayudó a entender a los sacerdotes, porque he vivido sus mismas alegrías, tristezas, complicaciones,… En Valencia, el obispo me encargaba tareas diocesanas, como la pastoral familiar, y fui también delegado del clero, pero no me quitó nunca la parroquia.            

Tener cargos diocesanos me ayudó a tener una visión amplia de la diócesis. Dado el tamaño de la archidiócesis de Valencia, podía llegar a mucha gente. En Barcelona, con más de cuatro millones de habitantes antes de su división, tenía que llegar a través de otras personas: obispos auxiliares, delegados,… y me dolía no poder tener más contacto directo.               

El gran tamaño era un problema, y también había problemas añadidos de otros ámbitos, por ejemplo políticos, pero las dificultades van junto a las satisfacciones.

Creo que cuando era arzobispo de Barcelona, era la única diócesis donde había delegadas episcopales, concretamente tres: de juventud, de Caritas y de universidades. En esa época no había, y no es mérito mío, sino que encontraba gente con capacidad para escoger los cargos diocesanos.

Además, el Seminario fue creciendo, me reunía con jóvenes, daba retiros a los sacerdotes,…. He podido ordenar 115 sacerdotes. 

¿Cómo ha encajado una emotividad fuerte como la suya en los puestos de responsabilidad que ha ocupado en la Iglesia?

La ventaja es que al tener sensibilidad, entiendes más el sufrimiento de los otros y lo compartes más. Además, te ayuda a poner más entusiasmo en temas importantes como la pobreza, la familia, la juventud o cuestiones morales.               

¿Cómo ve la situación actual de la familia?                       

Algo básico es que Jesús dice que la persona casada que va con otra persona, comete adulterio. Le responden que la ley permite repudiar y Él apela al principio, y dice que entonces no fue así. Con ello, apela a la creación, al derecho natural, que hoy es menospreciado.            

Al principio, había un hombre y una mujer para siempre. La unión del hombre y la mujer se apoya en su mismo ser, en la biología. Decir esto ahora casi va a ser un delito.         

Hay leyes que no están favoreciendo la estabilidad de la familia y esto provoca daños en los hijos. La familia es más que dos personas que se agrupan.

En sus homilías y comentarios muestra a menudo su amor por la montaña. ¿De dónde proviene? ¿Todavía hace excursiones a la montaña?

Sí, cerca de Tortosa hago excursiones muy largas todavía. Hace poco tuve una experiencia, un problema de salud, que me hizo verme al lado de la muerte. Dios me dio una gran paz. Los médicos me dijeron que andara mucho. Y lo hago.   

La afición me viene de la niñez. Veraneábamos en Benidorm, que está rodeado de crestas y está cerca de un pico. Mis padres eran muy deportistas y compartíamos excursiones. Al morir mi padre, fuimos al pueblo del cardenal Antonio Cañizares, a quien conocí y actualmente somos amigos.   

Más tarde, las excursiones se convirtieron en un instrumento pastoral. Primero en la parroquia, hacíamos espeleología y escalada. Las vocaciones no salieron del coro ni del rugby, sino de los montañeros. También había seglares que descubrían la oración en la subida.

Después, pasábamos una semana de alta montaña al año con los seminaristas. Una Misa en una cima de Benasque es impresionante. Rezábamos Laudes y durante la bajada había un rato de oración. Ha servido para todo. Un chico, después de una dura bajada, me dijo: “Don Ricardo, en septiembre entro al Seminario”.              

No sólo ayuda a cultivar las virtudes humanas, es encontrarte con la obra de Dios, el primer grado de los que habla San Juan de la Cruz para llegar a Dios. Una forma de amar a Dios en sus obras es verlas.

Frente al problema de la escasez de agua [un problema acuciante en el momento de esta entrevista, n.d.e], ¿cuál cree en su opinión que puede ser una solución cristiana?

Lo que está en la Península, es de toda la Península. Ir troceando según las situaciones políticas, no lo veo claro. En Barcelona se han hecho obras y ya está llegando la tubería. Si en el Ebro sobra agua, bien, pero si no, tampoco se puede matar el Delta del Ebro. Pero Dios es bueno y ahora hay agua, incluso en algunos sitios sobra.

¿Ser cardenal le ha ayudado a crecer en su fe?

Sí, porque necesitas más de Dios al ver que más personas dependen de ti. Además, tienes que obrar por obediencia. Si no me lo hubiera mandado el Papa, yo no hubiera ido a Barcelona. No te puedes arriesgar a hacer algo así si Dios no te lo ha pedido. Después Dios te ayuda.           

El Papa Benedicto XVI me invitó a cenar a solas con él antes de ir a Barcelona. Me dijo lo que esperaba, que le preocupaba Barcelona. Él sabía que Barcelona influye en Cataluña y Cataluña, en España… Un día daré cuenta a Dios de mi cargo de obispo, algo de estricta obediencia.           

La fe te hace ver que Él es quien trabaja, porque no puedes llegar a muchas cosas. Él te da fuerzas porque uno solo no es capaz.                      

Por otra parte, porque uno sea cardenal, no se puede separar de sus raíces. La familia, los compañeros de curso del Seminario y los bachilleres del año 46 nos seguimos reuniendo. Mantener relación con ellos también te hace vivir la realidad y sentirte uno más y eso también hace falta.

¿Qué le ha quedado de su participación en el cónclave?

Antes del cónclave [del que salió el Papa Benedicto XVI] , los cardenales estuvimos quince días reunidos. Era la primera vez que se hacía esta experiencia y estuvo muy bien. Nos pidieron el informe verbal de nuestra diócesis y de nuestro país; hablar de la situación política, social, económica y religiosa en siete minutos.             

Fue una riqueza enorme porque en quince días tuvimos de primera mano un resumen de la situación de la enorme Iglesia, con sus dificultades y esperanzas. De los primeros doce cristianos, hemos pasado a ser más de 1.200 millones.

Si doce judíos solos comenzaron a conquistar el imperio romano, si por pura fe lo creyeron, ahora no podemos dudar de sus palabras: “Yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos”. Ahora no podemos tener miedos y complejos. ¿Que somos perseguidos? Siempre, pero ése es el camino de la Iglesia.

¿Cómo vive ahora sus relaciones con la Santa Sede?

Si me llaman, voy. Antes tenía que acudir a las Congregaciones, pero ahora no estoy adscrito a ninguna. Para algunos temas que tienen que ver con los seglares o con la Acción Católica me han llamado alguna vez. He podido ver al Papa Benedicto XVI en diversas ocasiones y antes lo había conocido un poco. 

¿Cómo valora la evolución de la Iglesia?

Hay que valorar la fuerza actual del Espíritu. La Iglesia sigue como siempre. Tiene mérito, por ejemplo, que muchas universitarias y jóvenes con estudios superiores lo dejen todo por el Señor en un mundo de sexo y dinero.         

En algunos sitios se pasan buenos momentos y en otros, malos. Hay que insistir en la esperanza, porque vemos gente acobardada y desanimada. El Papa dice que la Iglesia debe verse con su crónica. El Cuerpo de Cristo ha crecido en número enormemente, en distintos lugares y tiempos.

Algo no marcha en nuestro mundo occidental. Mientras unos mueren de hambre, otros tiramos la comida. Algunos llegan a pensar que si hay más muertos de sida en países pobres, habrá menos gente allí. Pero aún así, la Iglesia crece.

Un sacerdote que discrepa, aparece en todos los medios de comunicación, mientras no sale nada de un médico barcelonés que preside de Federación Internacional de Asociaciones de Médicos Católicos o el laico Josep Miró i Ardèvol a quien nombran miembro del Consejo Pontificio para los Laicos. 

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