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La interesante historia de otro papa que ganó el título de «Magno»

Peter Paul Rubens
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Se habla de Juan Pablo II Magno, de León Magno, de Gregorio Magno, pero ¿conoces a Nicolás el Magno?

Aún no había sido canonizado oficialmente, y ya millones de fieles se referían a Juan Pablo II, el papa más amado de los tiempos modernos, como «Juan Pablo II Magno». Al poco de su muerte, un instituto y una universidad llevaban este nombre, así como libros y postales. Hay incluso homilías de los cardenales Angelo Sodano y Donald W. Wuerl, arzobispo de Washington D.C., archivadas en la web del Vaticano, que usaban este título antes de su canonización.

El título de “Magno” constituye una gran distinción que no debería tomarse a la ligera. De los 266 hombres que se han sentado en el trono de san Pedro, sólo tres aparte del santo polaco han visto unido el apelativo “Magno” a sus nombres. Los tres vivieron en el primer milenio, y entre los tres hay pocos siglos de diferencia. Es decir: hasta Juan Pablo II, ningún papa en los últimos 1100 años de historia de la Iglesia mereció tan alto honor.

Seguramente hayas oído hablar del papa san León Magno y del papa san Gregorio Magno, pero, sorprendentemente, el tercero es uno del que casi nadie ha oído hablar: el papa san Nicolás Magno – y su historia constituye una lección importante para nuestros días.

La gran controversia sobre el matrimonio, en el siglo IX

Lo primero que hay que saber sobre san Nicolás Magno es que no es la base histórica de Santa Claus, y que tampoco abofeteó a Arrio en la cara durante el Concilio de Nicea. Ese fue Nicolás de Bari, que vivió cinco siglos antes, y que era obispo de Mira, la actual Turquía.

El Papa Nicolás Magno, al contrario, nació en Roma de una familia respetable en el año 800, el mismo año en que el papa León III coronaba a Carlomagno como Emperador de los Romanos. Recibió una buena educación y fue conocido por su piedad, pero no recibió las sagradas órdenes hasta que no llegó a los cuarenta años. No obstante, en unos diez años fue elegido papa con apoyo del Emperador Luis II. Reinó como obispo de Roma justo nueve años hasta su muerte – pero en esos nueve años tuvieron lugar acontecimientos dramáticos.

La controversia más intensa de su pontificado comenzó cuando el rey Lotario II de Lotaringia y su mujer Teutberga se dieron cuenta de que no podían tener hijos, lo que por supuesto significaba que Lotario II no tendría hijos a los que dejar el trono cuando muriera. Convencido de que esto se debía a que su mujer era estéril, Lotario pidió la nulidad para poder casarse con su amante Waldrada.

Pero el hermano de Teutberga, Hucberto, abogado, defendió su causa. La no culpabilidad de Teutberga fue probada después de que pasara una prueba por agua, así que Lotario tuvo que volver con ella, al menos de momento.

Pero Lotario siguió buscando la nulidad, y fue capaz de convencer al clero local para que le apoyara. Los obispos de Francia convocaron un sínodo y confirmaron la nulidad aunque no cumpliera los requisitos de la ley eclesiástica. Se celebró otro sínodo en Francia sobre el tema un año después, y a él asistieron delegados papales enviados por Nicolás, pero fueron sobornados por el rey Lotario II y apoyaron la nulidad. Teutberga apeló a Carlos el Calvo, rey de Francia Occidental, y el caso fue llevado finalmente a Roma ante el propio Nicolás.

Dos arzobispos fueron enviados desde Alemania con el apoyo del Emperador Luis II para argumentar a favor de la nulidad. Nicolás no sólo declaró la nulidad inválida, sino que también condenó y depuso a los dos arzobispos.

Enfadado por la decisión, el rey Lotario II envió su ejército a Roma y puso sitio a la ciudad, exigiendo que el papa Nicolás le concediera la anulación. A pesar de ser confinado en la vieja basílica de San Pedro, y de permanecer prisionero durante dos días sin comida, Nicolás rehusó ceder. Cuando quedó claro que la anulación era una causa perdida y que se estaba jugando la excomunión por sus actos, Lotario se reconcilió con Nicolás, retiró sus ejércitos y volvió con su mujer Teutberga. El Emperador Luis II ordenó que los dos arzobispos depuestos volvieran a sus casas. Y la decisión del papa Nicolás siguió en pie.

Una historia familiar

Todo esto suena familiar, y es por lo siguiente: una situación muy similar precipitó el cisma anglicano en el siglo XVI. Pero donde Lotario II aceptó finalmente la autoridad del Papa, el rey Enrique VIII decidió seguir adelante creando su propia religión, una que le permitiera el divorcio de su esposa, tal como él quería.

¿Se puede imaginar que algo semejante sucediera hoy? Los obispos locales apoyando una nulidad ilegítima, los enviados del Papa sobornados, el Papa cambiando la decisión y deponiendo a los arzobispos, el disgustado líder de una gran potencia enviando un ejército para sitiar Roma y encarcelar al Papa- Los medios de comunicación tendrían un día inolvidable.

El New York Times declararía el final de la Iglesia católica, el Huffington Post bramaría contra la postura retrógrada del Papa sobre el matrimonio, y los expertos de la CNN hablarían sobre si el futuro papa sería liberal y traería la modernización a la Iglesia.. Y sobre todo la confusión doctrinal que semejante desunión entre los obispos provocaría y el miedo a que tal intensa persecución del Santo Padre se extendiera a los católicos de todo el mundo.

Y sin embargo, la Iglesia sobrevivió, y en lugar de ser recordado como un molesto conservador, el papa Nicolás consiguió los dos mayores honores posibles: la santidad y el título exclusivo de “Magno”, convirtiéndole en uno de los mejores papas que haya existido.

 

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