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«A nuestros prelados se les ahorca, no se les dispara. Respete la tradición»

Séraphin Marion Fund
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Fr. George Rutler es el autor de un libro sobre historias fascinantes de santos de la segunda guerra mundial

El padre George William Rutler, S.T.D., sacerdote de la archidiócesis de Nueva York, es un hombre singular: graduado en Dartmouth, Oxford, y el Angelicum de Roma (“la facultad dominica que suspendió a Galileo”, me cuenta); lingüista, pintor, violinista, y boxeador; predicador extraordinario.

Uno de los pastores católicos de más éxito, es un imán que ha atraído conversos y vocaciones en Estados Unidos durante décadas. El p. Rutler es también una rareza clerical contemporánea, un consumado hombre de letras que escribe con tanta gracia como habla (o lanza un puñetazo, o pinta una acuarela, o vierte otro vaso de champán).

En Cloud of Witnesses: Dead People I Knew When They Were Alive (Nube de testigos: Gente muerta a la que conocí cuando estaba viva, n.d.t.) — ¿Por qué no puedo poner yo subtítulos como ese?—el padre Rutler cuenta anécdotas divertidas, impactantes y reveladoras sobre un grupo de personajes que van desde la difunta Reina Madre hasta Madre Teresa: “personajes… que me han impresionado porque Dios, de distintas formas, les impresionó a ellos… [y que] me enseñaron algo de la infinita variedad de la grandeza humana”.

Ahora, con Principalities and Powers: Spiritual Combat 1942-1943 (Principados y potestades: Combate espiritual 1942-1943), el padre Rutler hace algo que parecía imposible – encuentra nuevas historias, y nuevos significados, en la Segunda Guerra Mundial, quizás el acontecimiento sobre el que más se ha escrito en la historia humana.

Muchas de estas historias se refieren a la valentía de hombres de Iglesia ante tiranos.

Como cuando el arzobispo greco ortodoxo Damaskinos de Atenas ordenó a sus fieles que escondieran a judíos perseguidos, y el comandante de las SS Jürgen Stroop amenazó con disparar al arzobispo. Rutler concluye la historia poniendo un ejemplo de la increíble sangre fría del obispo.

“El arzobispo respondió recordando el linchamiento del Patriarca Gregorio de Constantinopla por los turcos en 1821: ‘Según la tradición de la Iglesia ortodoxa griega, a nuestros prelados se les ahorca, no se les dispara. Por favor, respete nuestra tradición’”. El arzobispo, felizmente, vivió hasta 1949; Stroop fue ahorcado después de la guerra por su papel en la destrucción del Gueto de Varsovia.

También estuvo el cardenal Pierre-Marie Gerlier, arzobispo de Lyon y Primado de las Galias, quien “amenazó con excomulgar a todo el que comprara propiedades injustamente quitadas a familias judías, y que instruyó a los católicos a esconder a los hijos de judíos recluidos en campos de concentración franceses o que hubieran sido deportados a Alemania”.

Gerlier no estaba solo en su flagrante desafío a los Nazis y los colaboracionistas franceses. Cuando el obispo Felix Roeder de Beauvais no tuvo éxito en disuadir a las autoridades locales sobre el genocidio con argumentos, tomó, como dice el padre Rutler con ironía, “otro camino”.

Los alemanes habían ordenado a los judíos de Beauvais que se registraran en el ayuntamiento. “Esgrimiendo la reclamación de que tenía un antepasado lejano judío, el obispo procesionó formalmente por las calles para registrar su nombre, completamente revestido de sus ornamentos y precedido por un acólito que llevaba la cruz”.

Tiempos extraordinarios requieren medidas extraordinarias, incluso en la Iglesia. Así, Rutler nos recuerda que, dadas las condiciones draconianas que se vivían en la Polonia que entonces albergaba a un futuro Papa, Pío XII garantizó “mientras durara la guerra una indulgencia plenaria para todos aquellos que vivían en los territorios polacos y que, estando en peligro de muerte y sin poderse confesar o comulgar, invocaran mentalmente el Santo Nombre de Jesús con arrepentimiento por sus pecados, y aceptaran la muerte con resignación”.

Al sentido crítico del padre Rutler no le falta un punto humorístico: “Giovanni  Bottai, el ministro italiano de educación y editor de la revista Critica Fascista, escribió con una opaca rotundidad que no ha dejado de ser admirada por algunos periodistas italianos….”

Pero aunque se divierte con las torpezas de los engreídos, George Rutler tiene su mirada firmemente puesta en lo que realmente estaba en juego en la segunda guerra mundial: “Los fascistas estaban muy disgustados cuando, en presencia del Papa Pío XII y de 25.000 fieles, el cardenal Carlo Salotti predicó un sermón en el que atacaba la lógica de la guerra y auguraba ‘un reino de amor que refutara los errores cometidos en nombre de la raza y la nación, un reino de libertad que hiciera imposible la tiranía, un reino del espíritu que liberara a los hombres del materialismo’”.

Un libro que, esperamos, alguien se atreva a editar en español…

Artículo originalmente publicado en la edición inglesa de Aleteia

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