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Los helados y el pluralismo político

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Análisis de la situación «bipartidista» en España

Érase una vez una soleada y concurrida playa de un kilómetro de largo a la que acudían dos vendedores de helados. Los acalorados bañistas se encontraban distribuidos de forma uniforme a lo largo de toda la playa y no deseaban caminar mucho para ir a comprar su helado, así que solían comprar el helado a aquel vendedor más cercano en cada momento ya que, además, no había diferencias significativas entre los helados que vendían uno y otro.
 
Cada mañana, cuando llegaban los vendedores decidían dónde situar su puesto a lo largo de la playa. El primer día comenzaron cada uno en una punta de la playa pero vieron que podían mejorar sus ventas si se acercaban un poco hacia el centro. Los bañistas más centrados en la playa tenían así que caminar menos tiempo bajo el intenso sol. Al cabo de unos días ambos vendedores se encontraban en el centro de la playa, espalda contra espalda vendiendo cada uno hacia un lado. Allí se encontraron para siempre y… colorín colorado este cuento se ha acabado y fueron felices y comieron perdices, excepto aquellos bañistas que debían hacer largas caminatas bajo el sol para tomar un helado. 
 
Este cuento, no tiene un final feliz para todos. Aunque las posiciones teóricas que minimizan la totalidad de las distancias que deben recorrer todos los bañistas son tales que un vendedor debería colocarse en el hito 250m y el otro en el 750m, en realidad esta situación no se puede sostener en el tiempo. Simplemente, no son posiciones de equilibrio. 
 
El equilibrio, al que tanto hacemos alusión los economistas, consiste en aquel estado en el que las fuerzas que intervienen no disponen de incentivos a desviarlo. Así pues, la clave del equilibrio económico está en el sistema de incentivos que gobierna las decisiones de aquellos que intervienen en el sistema
 
Imaginemos que nuestros vendedores de helados se encontrasen en las posiciones antes mencionadas. Cualquiera de los dos dispondría de poderosos incentivos a dar un paso hacia el hito 500m porque eso le permitiría un incremento de sus beneficios, a costa, por supuesto, del otro vendedor. De hecho en cualquier posición diferente del hito 500m, los dos vendedores dispondrán del mismo incentivo a dar un paso más hacia el centro de la playa. Es más, cada vendedor racional no puede presuponer que el otro vaya a hacer otra cosa que no sea acercarse al centro de la playa. Una vez alcanzado el hito 500m, ninguno de los dos tiene incentivos a abandonarlo porque eso reduciría sus ventas en favor del otro. Ésta es la situación de equilibrio, que ambos vendedores se encontrarán en el centro de la playa. Pero esta situación de equilibrio no es la mejor opción global ya que la suma de distancias que deben recorrer todos los bañistas pasa a ser máxima. Este equilibrio no se corresponde con un nivel óptimo.
 
Este cuento es una forma de explicar la denominada Ley de Hotelling sobre la estabilidad en la competitividad bajo el principio de mínima diferenciación, pero además revela una realidad que hay que tomar muy en cuenta. El equilibrio competitivo no da necesariamente situaciones óptimas bajo cualquier condición. En este cuento, se supone la ausencia de libre concurrencia porque no hemos establecido la posible entrada de más vendedores de helados. De hecho si entrase un tercer vendedor el equilibrio ya no sería el centro de la playa.  
 
Una de las aplicaciones más interesantes de este modelo se da en el ámbito político, donde la playa se correspondería con el espacio electoral y los vendedores de helados serían los partidos políticos que pugnarían por maximizar su presencia en las instituciones mediante la captación de votos. La moraleja de este cuento vaticina la consolidación del bipartidismo y el nivel de satisfacción no óptima de la representatividad de los votantes.
 
No obstante, el espectro electoral de España no sólo dispone de más de dos partidos políticos sino que se da en un mayor número de dimensiones que la de nuestro cuento: izquierda-derecha, nacionalismo-centralismo, grados de preocupación medioambiental, etc.; Además, la distribución de los votantes no es uniforme, los extremismos suelen ser minoritarios frente a posiciones moderadas. A pesar de esto, sí que podemos entender que mientras existan barreras al pluralismo político que mantengan el número de opciones (vendedores de helados) suficientemente bajo, el resultado del equilibrio electoral no será necesariamente óptimo y dará lugar a una concentración de las opciones (en una imaginaria playa de dos dimensiones hasta cuatro vendedores de helados acabarían concentrados en el centro) en el centro sin dar satisfacción al pluralismo político, valor superior de nuestro ordenamiento jurídico consagrado en el artículo primero de nuestra Constitución. 
 
La ley orgánica LO 5/85 que establece el régimen electoral general en España combina la Ley d’Hondt de asignación proporcional de escaños, la cercanía de representatividad mediante votación por circunscripciones y un porcentaje mínimo de votos para alcanzar representatividad. A lo largo de casi treinta años de andadura democrática española, se ha constatado el refuerzo progresivo del bipartidismo en tanto que el sistema prima las mayorías. Para un partido mayoritario es mucho más barato en términos de votos alcanzar un representante más que para uno minoritario. La estructura en pequeñas circunscripciones reduce las posibilidades de que un partido minoritario alcance porcentaje suficiente en cada una de ellas para dejar de ser minoritario. Si añadimos los porcentajes mínimos para alcanzar representatividad tenemos un compendio de elementos que operan como verdaderas barreras de entrada en el mercado electoral
 
En efecto, el mercado electoral en España, desde el punto de vista económico, es un mercado con barreras a la libre concurrencia y, por lo tanto, altamente protegido. Así pues el equilibrio competitivo dista mucho de ser óptimo y aumenta la insatisfacción de los votantes. La desafección de lo político está a la orden del día y se alimenta de los casos de corrupción de los grandes partidos, de las puertas giratorias que premian a los gestores que han favorecido a grandes empresas y la conciencia cada vez más patente de que el sistema se encuentra al servicio de  procurar estabilidad económica a las clases extractivas que hacía mención el libro de César Molinas ¿Qué hacer con España?.
 
Ante tal descontento son muchas las voces que reclaman una urgente regeneración política. En esencia, se reclama que los vendedores de helados abandonen el punto de equilibrio en el centro de la playa; pero esto no resulta racional ¿qué incentivo tiene alguno de los dos partidos a cambiar las reglas del juego que les beneficia? Por eso, las iniciativas de transparencia y regeneración que, en ocasiones parece que los grandes partidos pretenden adoptar, acaban y acabarán siempre en simples declaraciones de intenciones o formas de quedar bien de cara a la galería. En el fondo, los dos vendedores de helados buscarán bajar la pugna a la arena del equilibrio competitivo, a la batalla dialéctica, pero nunca tocarán el sistema de barreras de entrada, simplemente, porque no disponen de incentivos para cambiar las reglas de juego. Incluso aludirán falsamente que la única alternativa es la dictadura.  Entre ellos competirán, de cara a proteger su mercado cooperarán para mantenerse solos en la playa. No sería racional esperar que la regeneración política provenga de aquellos partidos políticos beneficiados por el status quo y, por supuesto, un anuncio de regeneración no será creíble. 
 
Para alcanzar la regeneración política se precisa que aquellos partidos que disponen de claros y creíbles incentivos a cambiar las reglas de juego realicen el anuncio de su alternativa diferenciada de, no sólo pugnar en el ámbito del equilibrio competitivo, sino de cambiar las reglas de juego, de eliminar las barreras de entrada de forma que la libre concurrencia permita que el equilibrio del mercado electoral sea óptimo. 
 
En esta época de crisis y desafección política, ofrecer un producto diferenciado que trascienda de las clásicas dimensiones políticas y que incida en la mejora de las reglas de juego y el sistema de incentivos en pos del pluralismo político puede servir de ariete para derrocar las barreras de entrada al inexpugnable castillo al que los agotados bañistas sólo pueden ir a tomar un helado cada cuatro años. Fin de la cita.  

Referencia:
Hotelling, Harold (1929), «Stability in Competition», Economic Journal 39 (153): 41–57
 
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