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¿Por qué seguimos recordando a nuestros difuntos?

Aleteia Team - publicado el 01/11/13

El 2 de noviembre, Día de los Fieles Difuntos, miles de personas visitan los cementerios y adornan con flores las tumbas de sus seres queridos

«El hombre puede explicarse sólo si existe un Amor que supera todo aislamiento, también el de la muerte, en una totalidad que trascienda también el espacio y el tiempo», explicó Benedicto XVI en la audiencia general del miércoles 2 de noviembre de 2011, celebrada en el Aula Pablo VI. Según el Papa, «ante la realidad de la muerte, el hombre reacciona con temor, pero también con la esperanza de que existe un “más allá”, y por ello siente que la muerte no rompe definitivamente los lazos con los seres queridos.

1. A pesar de que la cultura actual evita el tema de la muerte, sigue siendo una realidad humana que provoca temor y que exige una respuesta. Precisamente, el empeño en “racionalizar” el temor a la muerte lleva a menudo a formas de espiritismo.

“Desde siempre, el hombre se ha preocupado por sus muertos y ha intentado darles una especie de segunda vida a través de la atención, el cuidado, el afecto. En un cierto sentido, se quiere conservar su experiencia de vida; y, paradójicamente, el modo en que vivieron, lo que amaron, lo que temieron, lo que esperaron y lo que detestaron, lo descubrimos precisamente por sus tumbas, ante las cuales se agolpan los recuerdos. Son casi como un espejo de su mundo”.

“¿Por qué es así? Porque, a pesar de la que la muerte sea un tema casi prohibido en nuestra sociedad, y se intente continuamente quitar de nuestra mente el solo pensamiento de la muerte, ésta nos afecta a cada uno de nosotros, afecta al hombre de todo tiempo y de todo lugar. Y ante este misterio todos, incluso inconscientemente, buscamos algo que nos invite a esperar, una señal que nos dé consuelo, que se abra algún horizonte, que ofrezca aún un futuro. El camino de la muerte, en realidad, es un camino de esperanza, y recorrer nuestros cementerios, como también leer las inscripciones sobre las tumbas, es llevar a cabo un camino marcado por la esperanza de eternidad”.

“Pero nos preguntamos, ¿por qué sentimos temor ante la muerte? ¿Por qué la humanidad, en una gran parte, nunca se ha resignado a creer que más allá de ella no esté sencillamente la nada? Diría que las respuestas son muchas: tenemos temor ante la muerte porque tenemos miedo de la nada, de este partir hacia algo que no conocemos, que nos es desconocido. Y entonces hay en nosotros un sentimiento de rechazo porque no podemos aceptar que todo lo que de bello y de grande ha sido realizado durante toda una existencia sea cancelado de repente, caiga en el abismo de la nada. Sobre todo, sentimos que el amor reclama y pide eternidad, y no es posible que sea destruido por la muerte en un solo momento”.

“También, tenemos temor ante la muerte porque, cuando nos encontramos al final de la existencia, existe la percepción de que hay un juicio sobre nuestras acciones, sobre cómo hemos llevado nuestra vida, sobre todo en esos puntos sombríos que, con habilidad, sabemos a menudo quitar o intentamos quitar de nuestra conciencia. Diría que precisamente la cuestión del juicio está a menudo implícita  en el cuidado del hombre de todos los tiempos por los difuntos, en la atención hacia las personas que fueron significativas para él y que ya no están junto a él en el camino de la vida terrena. En un cierto sentido, los gestos de afecto, de amor que rodean al difunto, son una forma de protegerlo en la convicción de que no quedarán sin efecto en el juicio. Esto lo podemos captar en la mayor parte de las culturas que caracterizan la historia del hombre”.

“Hoy el mundo se ha vuelto aparentemente más racional, o mejor, se ha difundido la tendencia a pensar que toda realidad deba afrontarse con los criterios de la ciencia experimental, y que también debe responderse a la gran pregunta de la muerte no tanto con la fe, sino partiendo de conocimientos experimentales, empíricos. Pero no se dan cuenta suficientemente de que, precisamente así, se acaba por caer en formas de espiritismo, en el intento de tener algún contacto con el mundo más allá de la muerte, casi imaginando que haya una realidad que, al final, sería una copia de la presente”.

2. El cristiano vive la muerte con esperanza, pues si no existe la eternidad, la propia vida en este mundo deja de tener sentido.

“La solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de los Fieles Difuntos nos dicen que solamente quien puede reconocer una gran esperanza en la muerte, puede también vivir una vida a partir de la esperanza. Si reducimos al hombre exclusivamente a su dimensión horizontal, a lo que se puede percibir empíricamente, la propia vida pierde su sentido profundo. El hombre necesita de la eternidad, y cualquier otra esperanza para él es demasiado breve, demasiado limitada. El hombre puede explicarse sólo si existe un Amor que supera todo aislamiento, también el de la muerte, en una totalidad que trascienda también el espacio y el tiempo. El hombre se puede explicar, encuentra su sentido más profundo, sólo si existe Dios. Y nosotros sabemos que Dios ha salido de su lejanía y se ha hecho cercano, ha entrado en nuestra vida y nos dice: ‘Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás’ (Jn 11,25-26)”.

3. La visita a los cementerios para recordar y rezar por los seres queridos difuntos es una profunda expresión de uno de los artículos del Credo: la comunión de los santos.

“En estos días, se acude al cementerio para rezar por las personas queridas que nos han dejado, casi un ir a visitarles para expresarles, una vez más, nuestro afecto, para sentirlas aún cercanas, recordando también, de este modo, un artículo del Credo: en la comunión de los santos hay un estrecho vínculo entre nosotros, que aún caminamos en esta tierra, y a tantos hermanos y hermanas que ya han llegado a la eternidad.

Dios se ha mostrado verdaderamente, se ha vuelto accesible, ha amado tanto al mundo que “ha entregado a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna  (Jn 3,16), y en el supremo acto de amor de la Cruz, sumergiéndose en el abismo de la muerte, la ha vencido, ha resucitado y nos ha abierto las puertas de la eternidad. Cristo nos sostiene a través de la noche de la muerte que Él mismo ha atravesado; él es el Buen Pastor, a cuya guía se puede uno confiar sin miedo alguno, pues Él conoce bien el camino, también a través de la oscuridad.

Cada domingo, recitando el Credo, reafirmamos esta verdad. Y al acudir a los cementerios para rezar con afecto y con amor por nuestros difuntos, somos invitados, una vez más, a renovar con valor y con fuerza nuestra fe en la vida eterna, es más, a vivir con esta gran esperanza y a dar testimonio de ella al mundo: después del presente no está la nada. Y precisamente, la fe en la vida eterna da al cristiano el valor para amar aún más intensamente esta tierra nuestra y para trabajar para construirle un futuro, para darle una esperanza verdadera y segura”.

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