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Envejecer sí, pero no perder el valor

© Hugues Desmichelle
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Cuanto tiempo perdido detrás de cosas, de superficialidades, de apariencias y máscaras, olvidando lo más hermoso que poseemos: la capacidad de amar

Ante la condición del envejecimiento humano acompaña el miedo de ser inútil, de volverse un peso, de vivir abandonado, en la solitud de las ausencia de aquellos a quienes amamos. Nada más decepcionante que llegar al final y tener la sensación de que no valía la pena haber vivido. La vida es un juego de amor y de dolor.
 
Nadie vive sin amar. Amando hacemos de la vida una constante superación de lo humano, incluso del dolor, que amada y asumida como propia, se transforma en amor. ¿Cómo prepararse para vivir la complicada sensación de la inutilidad? No existe receta pronta y sin caminos que durante el pasar de los años vamos aprendiendo a recorrer. En esta escuela de la vida no siempre estamos preparados para aprender las lecciones que la inutilidad nos prepara.
 
Es difícil aceptar el delicado tiempo de la inutilidad. Es preciso vivir con dignidad ese terreno peligroso, pero necesario, de sentirse inútil. Una gracia que pedir a Dios es que, cuando llegue la vejez y perdamos la utilidad, tengamos alguien a nuestro lado que nos ame de verdad.

Sólo será capaz de amar aquel que junto a la inutilidad descubra el valor de la vejez. Nunca seremos valorados por lo que hacemos y lo inteligentes que somos. Nadie, aunque haya construido los más bellos edificios, escrito las más bellas obras literarias, haber dejado el acervo cultural más importante, será amado por lo que ha hecho, sino por lo que es. El valor no se conquista, sino que existe, y por él vale la pena vivir.

Cuánto tiempo perdido detrás de cosas, de superficialidades, de apariencias y máscaras que esconden lo más bello que poseemos: la capacidad de amar, incluso en la inutilidad de la vida. “A cada día que vivo, más me convenzo de que el desperdicio de la vida está en el amor que no damos, en las fuerzas que no usamos, en la prudencia egoísta que no arriesga nada” (Carlos Drumond de Andrade).

De qué sirve ganar el mundo, cuando perdemos la eternidad. Lo eterno sólo existirá si fuimos abiertos en acoger, en el difícil terreno de la vida, el valor y no la utilidad. Será digno de la eternidad aquél que fue capaz de decir: “Tu no sirves para nada, pero no sé vivir sin ti” (Padre Fábio de Melo).

El Maestro Jesús, en tono de despedida, entrega una nueva ley, resumen de todas las leyes: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Que como yo os he amado, así también os tengáis amor unos a otros. Todos reconocerán que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros” (Jn 13,34-35).

Quiera Dios que al llegar al final, sin ser útil y completamente ajeno al momento presente, tenga yo a alguien que sea capaz de verme y me diga: Yo te amo, cuenta conmigo, no sé vivir sin tí. Envejecer sí, pero nunca perder el valor.
 

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