Aleteia

La ideología de género rompe la solidaridad básica hombre-mujer

Comparte

Una mirada a las consecuencias de la “reeducación” del hombre actualmente en marcha

Conferencia de Stefano Fontana en Novaglie, Verona, para la Confederación Italiana de Centros de Regulación Natural de la Fertilidad (13 octubre 2013).
 
En esta intervención mía no describiré en qué consiste la llamada ideología de género, y no contaré su historia. Me concentraré solamente en sus consecuencias sociales, jurídicas y políticas. Estas consecuencias, como veremos, no son indiferentes desde el punto de vista religioso y teológico. Mi horizonte de referencia es la doctrina social de la Iglesia.
 
El origen de la sociedad
 
La primera consecuencia de la ideología de género sobre la sociedad afecta al origen mismo de la sociedad. La sexualidad humana no es indiferente a la constitución y a la construcción de la sociedad. Cuando la DSI repetidamente sostiene que en el origen de la sociedad está la familia y que ésta es una sociedad natural anterior al Estado, hace referencia a la identidad sexuada del hombre y de la mujer.
 
Esta identidad sexuada de carácter polar contiene dos aspectos fundamentales para la sociedad: el primero es la complementariedad o reciprocidad que funda la sociedad como relación de acogida, el segundo es la apertura a la vida que funda la sociedad en cuanto que proyecta el género humano en el futuronyuges ty ementariedad entre los crtura a la vida que funda la sociedad en cuanto que proyecta el gfunda la sociedad como relaci. En ambas dimensiones – la complementariedad entre los cónyuges y la apertura a la vida – se produce la actitud de acogida, sin la cual la sociedad no existe. Esto es así en dos sentidos. De uno de ellos hablaré más tarde. Del otro podemos hablar ahora y consiste en no ver al otro como un adversario, sino como un cómplice. La mirada por la que el otro no es el que me roba el mundo, sino que es cómplice en la construcción de algo que nos incluye a ambos tiene su origen en la complementariedad hombre-mujer. Por ello, si la actitud de la acogida no se da allí, en el momento inicial y constitutivo de la vida social, uno se pregunta cómo podrá darse después, en los demás aspectos de la vida comunitaria.
 
Por esto, la Caritas in Veritate dice que “si se pierde la sensibilidad personal y social hacia la acogida de una nueva vida, también se volverán áridas otras formas de acogida útiles a la vida social. La acogida de la vida templa las energías morales y nos hace capaces de ayuda mutua. Cultivando la apertura a la vida, los pueblos ricos pueden comprender mejor las necesidades de los pobres, evitar emplear ingentes recursos económicos o intelectuales para satisfacer deseos egoístas para los propios ciudadanos y promover, en cambio, acciones virtuosas en la perspectiva de una producción moralmente sana y solidaria, en el respeto del derecho fundamental de todo pueblo y persona a la vida” (n. 28).
 
La ideología de género pone al inicio no una pareja, sino individuos abstractos asexuados. Mientras que el hombre y la mujer son complementarios, los individuos abstractos y asexuados no lo son. Su genitalidad no expresa una sexualidad más amplia de tipo antropológica, sino que se vuelve neutra y, por tanto, utilizable de modo diverso. Los partidarios de la ideología de género acusan a los que defienden la complementariedad hombre-mujer de comprender la genitalidad de forma rígida y, por tanto, minusvalorar su significado. Sin embargo es al revés, porque aquí la genitalidad es expresión de una identidad antropológica sexuada portadora de sentido, se convierte en cambio en un neutro instrumento técnico privado de rostro.
 
O hay socialidad desde el primer momento en una pareja complementaria y abierta a la vida, o ya no se construye después, si no en sentido extrínseco u técnico. Este es un primer punto.
 
Una sociedad in-natural
 
Una segunda consecuencia tiene que ver con el concepto de naturaleza y de naturaleza humana en particular. La ideología de género niega la existencia de una naturaleza humana, considerándola fruto de una elección personal, cultural o ideológica: “El hombre rechaza tener una naturaleza preconstituida por su corporeidad, que caracteriza al ser humano. Niega su propia naturaleza y decide que ésta no le es dada como hecho preconstituido, sino que se la crea él mismo”. El problema es si la sociedad puede estar sin referencia a la naturaleza. La naturaleza es lo que nos precede y hemos recibido. Lo que nosotros no hemos producido. La sociedad necesita algo que no sea producción suya, en cuanto que necesita sentido y el sentido nunca se produce. Hoy se tiende a decir lo contrario: el sentido siempre es producido. La hermenéutica ha sustituido a la metafísica. Pero la sociedad no puede estar sin la mirada metafísica que la ponga ante lo incondicional, a un sentido recibido y no producido.
 
Un gran jurista laico como Böckenförde ha reconocido que el Estado consume valores que no ha producido y que no logra reconstituir con sus fuerzas cuando los pierde. El filósofo iluminista Habermas, en el libro “El futuro de la naturaleza humana” ha reconocido el hecho de que el hombre no es productor de sí mismo, lo que él llama “contingencia natural”, es la condición de su actuar de forma autónoma. Sólo si el cuerpo se mantiene espontáneo, como algo nuevo, se mantiene así la distinción entre subjetivo y objetivo, entre artificial y natural, entre lo que crece naturalmente y lo que se produce técnicamente.
 
Hans Jonas, en el libro “Una ética para la civilización tecnológica”, afirma que “La condición humana, definida por la naturaleza del hombre y por la naturaleza de las cosas, se da de una vez por todas en sus rasgos fundamentales, Sobre esta base se puede determinar sin dificultad y adecuadamente el bien común”. Parecidas posiciones no llegan a comprender la naturaleza humana en sentido ontológico, como se requeriría para fundarla adecuadamente, pero en todo caso son un significativo testimonio de la necesidad de que el sentido nos precede.
 
La sociedad no puede estar sin la naturaleza y, en particular sin la naturaleza humana, porque es de la naturaleza de donde surgen los fines. Robert Spaemann, en un amplio ensayo recientemente publicado en Italia, mostró cómo el finalismo ha sido sustituido en la cultura occidental por el determinismo. Hobbes decía que conocer una cosa significa imaginar cómo podemos usarla cuando la poseemos, porque sólo el hombre se marca objetivos. La naturaleza, en cambio, consiste en un mundo de formas y la forma indica no sólo que el hombre es algo (en cuanto hombre) y alguien (en cuanto este hombre) sino que indica también qué debe ser, qué puede ser, indica cómo debe vivir si quiere vivir como hombre. Significa, en otros términos, los fines. El concepto de bien común, por ejemplo, central en la Doctrina social de la Iglesia, es un concepto finalista, de tipo cualitativo, que se nutre de las indicaciones recibidas por la naturaleza humana. Sin esta visión se vuelve incomprensible y ya no se entiende.
 
La naturaleza, en cuanto que expresa la finalidad, sobre la que no hay deliberación humana, la cual se refiere sólo a los medios, está detrás nuestro como algo que hemos recibido pero que está ante nosotros, como decía Romano Guardini. Y como dice la Doctrina social de la Chiesa, según la cual la naturaleza está detrás de las culturas, en cuanto que “existe una profunda unidad de las culturas en el saber originario de los hombres”, pero está también ante las culturas en cuanto que a ella, a la naturaleza humana, tienden todas las culturas, aún en sus limitados recorridos.
 
La re-educación de la sociedad
 
La ideología del género priva a la sociedad de estos contextos de sentido no producido por nosotros. Pero hay algo más. La ideología de género pretende no  solo abolir la referencia a la naturaleza, sino que quiere volver a plasmarla. Estamos así en el corazón de la “cuestión antropológica”. El hombre nuevo, que la modernidad no había conseguido producir por la vía política, ahora se intenta producir por la vía cultural y técnica. La ideología de género no es sólo una cuestión moral, sino que se propone como la voluntad del hombre de re-crear el mundo. Vienen a la mente tantas sugestiones pasadas. Viene a la mente Rousseau, el verdadero padre de la modernidad, que afirmaba en el Contrato social que quien asume el poder debe ser consciente de tener el deber de volver a plasmar la naturaleza del hombre. Viene a la mente el marxismo, según el cual el hombre nuevo, como decía Engels, nadie lo había visto aún. Vienen a la mente los teóricos del hombre cyborg, que explícitamente dicen: “Nosotros hoy somos capaces, literalmente, de cambiar la naturaleza de los seres humanos”. 
 
La re-creación comporta ante todo re-crear la familia. Se va hacia “una familia polimorfa (recompuesta, monoparental, homoparental). La familia debe ser elegida”]. Se recrea la maternidad mediante el útero artificial o el útero en alquiler. Esto requiere en el plano jurídico el reconocimiento de nuevos derechos: derecho de las parejas al matrimonio, derecho al matrimonio para todos, derecho al hijo, derecho a la maternidad. Esto trasforma el matrimonio de institución a contrato. La parentela es sustituida por la parentalidad, que prevé varios tipos de filiación: la biológica, la jurídica y la social están disociadas entre sí. Entran por ejemplo en la filiación social el compañero de la madre biológica de un niño o la mujer que alquila el útero para que dos hombres tengan un niño.
 
Que hoy nos encontramos ante la voluntad de re-crear el mundo, es hoy evidente por el carácter violento y dictatorial que la ideología de género está asumiendo. Y, quizás aún más, por el empeño que está mostrando en “reeducar” al hombre con nuevos programas y textos escolares obligatorios y planificados, además de con las series televisivas. Hemos llegado, como en el caso Barilla, a la autodenuncia y al arrepentimiento, como se pretendía y como al final se obtuvo del protagonista de “1984” de George Orwell. Existe el peligro de que nos convirtamos en un gran campo de reeducación.
 
Consecuencias jurídicas: Naturaleza y sobrenaturaleza
 
Uno de los aspectos más inquietantes de esta reeducación es el lingüístico. Está en marcha un cambio de palabras y de conceptos que tienen como fin replanificar las relaciones sociales, En la nueva familia alargada y en red, con una multiplicidad de padres biológicos y sociales, de distinta orientación sexual, fruto de bancos de semen y úteros en alquiler, al que se le añaden las consecuencias de las separaciones, de los divorcios, de los nuevos derechos parentales del compañero o de la compañera, sea homo o hetero, está claro que los actuales conceptos de marido y mujer, padre, madre, hijo, hija, primo o tía, abuelo o abuela, están destinados a terminar. Mañana podrán no significar nada, o algo muy distinto que ahora.
 
Esto vale para el ámbito civil, pero aún más para el ámbito religioso. Todo el léxico religioso católico tiene una base esponsal y familiar. Quien no tiene experiencia de paternidad o fraternidad en el plano natural, dentro de una familia, ¿cómo podrá captar el elemento sobrenatural de estas nociones? Tocamos aquí un punto de notable importancia que hay que analizar atentamente.
 
A lo largo de la historia la humanidad ha subrayado algunas verdades que son de razón natural, pero que nunca habrían sido descubiertas sin la revelación cristiana, en cuanto que la razón tiene en sí la posibilidad de conocerlas, pero a menudo no lo consigue. Me refiero, por ejemplo, a la noción de persona humana o también al significado verdadero del matrimonio. Se trata de nociones de orden natural, pero que nunca se habrían visto en su profundidad sin el cristianismo. Sin la fe, además, se habrían perdido.
 
Newsletter
Recibe gratis Aleteia.