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¿Has experimentado la libertad de no esconder tus imperfecciones?

Carlos Padilla Esteban - publicado el 25/10/13

Una persona rezaba: «Quiero entregarme a ti con la confianza con la que se entrega un niño a sus padres, sabiendo que está seguro, sabiéndose amado sin fisuras. Porque ahí está el secreto: en el Amor que recibo cada día, Amor que puedo tocar con mis manos, Amor de Padre bueno, Amor al que quiero responder con toda mi vida. Nunca más quiero que estés a la puerta, a mi puerta llamando y yo no te abra, mi puerta estará siempre abierta para ti. No sólo para que entres, sino para que te instales, para que invadas todo mi ser y lo hagas tuyo».

El amor de Dios es el que nos sana, nos levanta y nos devuelve la dignidad. Dios atraviesa nuestra puerta santa cuando se lo permitimos y dejamos que entre y nos abrace. Queremos que se quede con nosotros. Y en ese encuentro con Él, recuperamos la dignidad, porque nos acepta tal y como somos.

Al recibir el amor de Dios y de los hombres surge el deseo de amar y ser amados con más intensidad. Dios nos ama con locura. Pero nosotros con frecuencia amamos más nuestros planes y deseos.

Además nos resulta difícil muchas veces percibir el amor que nos tiene. Queremos más, deseamos más y nos cuesta entender por qué el amor y el sacrificio tienen que ir de la mano. Queremos amar sin sufrir, sin tener que renunciar.

A menudo me pregunto cómo uno puede llegar a hacer lo contrario de lo que quiere. El corazón desea con fuerza, se apega, sueña, se esclaviza y nos cuesta mucho hacer lo contrario de lo que anhelamos, enderezar la ruta, detener el curso de los acontecimientos, reflexionar y cambiar el rumbo.

No estamos acostumbrados a renunciar. Nos dejamos llevar por el impulso que crece en el corazón y no somos capaces de evitar hacer lo que más nos atrae. La tentación es fuerte. ¿Cómo se puede renunciar por amor? Es importante saber renunciar en el amor.

El amor no crece si no hay sacrificio. La mesa de cada familia, como siempre recuerda del Padre José Kentenich, es mesa de sacrificio. No sólo es mesa para compartir de forma alegre y familiar. En la vida familiar hay cruces, dolores, dificultades. Así la mesa se convierte en el lugar en el que compartimos la vida signada por la cruz.

No obstante, ¡cuántas veces amamos de forma egoísta! No queremos que nos molesten y exijan, que nos compliquen la vida. Nos ponemos en primer plano con nuestras pretensiones sobre el otro, sobre la vida. Amoldamos todo para nuestra felicidad, para que se cumplan nuestros planes, sin preguntarnos qué es lo que los demás necesitan o desean.

Amamos más nuestro bienestar que el bien de nuestro cónyuge, su misma felicidad o la de nuestros hijos. Nos encerramos egoístamente sin lograr salir de nuestros muros levantados como defensa. Buscamos la felicidad y entendemos que, para ser felices, no puede haber sufrimiento.

Pero nos olvidamos de lo esencial, el amor madura en la renuncia. Cuando se hace oblación. Cuando se entrega en el silencio sin pedir nada a cambio. Cuando hacemos de la entrega nuestro hábito común.

Cuando deseamos que el otro sea feliz. A nuestro lado, pero muchas veces renunciando a lo nuestro para que el otro sea más pleno, más feliz, más libre. No es tan fácil. La vida nos va indicando la manera.

Sin sacrificarnos, sin renunciar a lo más propio, no avanzamos. Cuando giramos en torno a nuestros deseos, nos encerramos.  Tenemos que ayudarnos a llevar la cruz cada día.

La vida familiar presupone la existencia de la cruz. No podemos vivir sin cruz, es parte de la vida. ¿A qué estamos dispuestos a renunciar por aquellos a quienes queremos? ¿Cuándo ha sido nuestra última renuncia?

El corazón desea la plenitud, el cielo, y se eleva las alturas pidiéndolo todo, porque quiere el infinito, el amor pleno. Sueña con un amor eterno aunque su duración en la tierra no sea la soñada.

El deseo de ser santos es fuerte en el corazón. Lo queremos todo y, al mismo tiempo, estamos dispuestos a renunciar a todo. Es el camino de santidad al que Dios nos invita. A dejar nuestra vida en sus manos.

Pero es fácil que nos guste lo bueno, lo cómodo, el lujo, los bienes. Los aceptamos con alegría, nos sentimos regalados por Dios y aceptamos que no haya tristeza ni dolor en nuestra vida.

Hay personas que miran su pasado y no ven grandes cruces y entonces temen que pueda cambiar su suerte. Muchas veces, en nuestra oración, hemos dicho en voz baja que estábamos dispuestos a darlo todo. Pero luego, cuando nos ha escuchado y nos ha pedido lo que ofrecimos libremente, entonces renegamos y pensamos que Dios es injusto.

Nos identificamos con aquella persona que hacía la siguiente reflexión: «Se sentía orgulloso por los regalos inmerecidos y todo lo recibía con paciente sonrisa. Muy seguro de que nada iba a cambiar, porque no había llegado el momento. Pero uno no sabe los caminos del Señor, ni conoce lo que ocurrirá mañana. Él aceptaba cualquier cosa, lo que Dios quisiera. Desde pequeño lo había recibido todo. Era fácil aceptar cumplidos. Pero también había comprendido lo injusto del reparto y, de vez en cuando, se quejaba a media voz por lo recibido de forma inmerecida. Y de nuevo gritaba al cielo: – lo que tú quieras, Señor».

Es la actitud de aquel que lo tiene todo y no está dispuesto a renunciar. Le ha ofrecido todo a Dios, porque está dispuesto a dar la vida por amor, porque quiere ser santo, pero luego teme que Dios se tome en serio su ofrecimiento. Así me siento a veces.

Entregarle la vida a Dios con las palabras resulta hasta conmovedor, una señal de santidad, un testimonio muy valioso, un ejemplo digno de elogio. Pero luego, repetir la misma oración en el momento de dolor, es más complicado.

Renunciar con una sonrisa, aceptar sin renegar del amor de Dios, caminar seguros de su poder sin temer que las cosas no resulten como quisiéramos. ¿A qué estamos dispuestos a renunciar por amor a Dios? ¿Hasta dónde nos atrevemos a seguirle? ¿Y si un día nos lo pide todo? No lo tenemos claro.

Se nos llena la boca de buenos propósitos pero luego nunca se hacen realidad. Nos da miedo la cruz y la renuncia. Nos revolvemos contra los cambios y nos cuesta aceptar con paciencia las pérdidas. Fácilmente nos acostumbramos a lo bueno.

Aceptamos los cumplidos y alegrías como parte lógica de nuestro camino. Aceptamos que el reparto es injusto cuando nos beneficia y luego nos rebelamos contra la injusticia cuando nos afecta.

Decimos que estamos dispuestos a todo, a aceptarlo todo. A renunciar a lo que el Señor nos pida. Pero luego, si nos lo pide, ¿cómo reaccionamos? El abandono total en las manos de Dios, como un niño confiado en las manos de su padre, nos parece casi imposible.

Nuestra vida consiste en descubrir la voluntad de Dios y decirle a Él que sí, que le amamos y seguimos allí donde Él vaya. Tratamos de descifrar sus planes y descubrir sus caminos. Entonces podemos llegar a pensar que la generosidad absoluta es el único camino. Y es cierto, Dios nos pide ser generosos y darlo todo. Pero, ¿cómo saber si lo estamos dando todo como Él quiere?

En ocasiones creemos que todo lo que nos piden los hombres, cuando es bueno, tiene que ser voluntad de Dios. Por eso nos angustia pensar que no hacemos lo suficiente, porque nunca es bastante. Siempre hay faltas de omisión en el alma, porque la mies es inmensa y los obreros pocos, porque no damos abasto, porque no llegamos.

Y entonces creemos que, ante cualquier petición que nos hagan en nombre de Dios, sólo cabe responder con un sí.

Es verdad que la generosidad en la entrega es camino de la santidad. El amor siempre es total y para siempre, no en porciones. Pero esto no quita que tengamos que aprender también a decir que no, que no podemos, que tenemos otras prioridades, que Dios nos pide algo diferente.

La vocación a la que Dios nos llama siempre se centra en la generosidad, pero sólo nosotros, en diálogo con Dios y escuchando a los hombres, podemos saber si lo que nos están pidiendo es lo que tenemos que hacer o no.

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