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Gnocchi, Palmaro e Introvigne: sobre la obediencia debida al magisterio del Papa

AFP/Alberto Pizzoli
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No puede haber colisión entre obediencia y conciencia: o el mandato es inmoral o la conciencia está mal formada

Ante el intenso debate suscitado por el artículo de hoy, Rechazar el Magisterio ordinario de un Papa conduce al cisma, hemos creído oportuno pedir una valoración a nuestro colaborador, el padre D. Julio de la Vega: ¿Debe un católico aceptar como magisterio los gestos públicos del Papa?

El comentario de nuestro lector, a quien agradecemos su contribución, es el siguiente:

Los gestos públicos, las entrevistas, por ejemplo, no son magisterio papal, y por lo tanto los fieles no están obligados a obedecerlas. Este artículo de Aleteia conduce abiertamente a la papolatría, error denunciado por el Vaticano I al aclarar el dogma de la infalibilidad papal. Los fieles no pueden renunciar a su conciencia moral en una obediencia ciega a la humanidad del Papa, la experiencia nos dice de forma irrevocable que no todo lo que hacen los papas es digno de imitarse, por ejemplo.

A continuación, la respuesta del p. Julio de la Vega:

Me piden una valoración del artículo de Gnocchi y Palmaro –me lo he tenido que leer-, del comentario de Introvigne, y del que ha llegado al consultorio de Aleteia. Pues bien, lo cierto es que no puedo dar completamente la razón a ninguno. Evidentemente, me tengo que explicar.
 
Primero, el artículo que ha dado origen a todo (el publicado en Il Foglio, n.d.r). Lo que se desprende del mismo es que ven una especie de tufillo a una actitud, llamémosla “progre”, que relativiza un tanto lo doctrinal a favor de las actitudes cristianas consideradas más auténticas: en lenguaje más técnico –y utilizado-, resta valor a la ortodoxia a favor de la ortopraxis. Esta postura es desafortunada, y ha dañado bastante a la Iglesia en el último medio siglo. Ahora bien, en cuanto a la doctrina lo único que citan son algunas frases incidentales –ningún documento, homilía o alocución- cuyo sentido preciso es algo incierto, pues pueden interpretarse de varias maneras. Y hay razones sobradas para concluir, viendo el magisterio de este primer año del Papa, que no interpreta esas afirmaciones en el sentido que los articulistas dicen. Por lo que se ve, hay algunas cosas del actual pontífice –sobre todo de estilo- que no les gustan. Hasta cierto punto es legítimo: a uno no le tiene por qué gustar todo. Pero lo que ya no está bien es que un católico escriba en ese tono del Papa. Este estilo sí que es rechazable.
 
Personalmente, tengo un gran respeto por Massimo Introvigne, por varios motivos, entre ellos la precisión con que suele escribir y su amor a la verdad. Lo que dice es cierto. Pero llevar la discusión al terreno de si se acepta o no el magisterio ordinario, me parece ir demasiado lejos. Estaría más centrado si girara alrededor de cómo algunos interpretan palabras y gestos del Papa.
 
Y, sobre el comentario recibido, me parece lleno de equívocos. Aquí no se ha tratado en ningún momento de cómo vive el Papa, o cualquier Papa, sino de lo que enseña. La frase “los fieles no pueden renunciar a su conciencia moral en una obediencia ciega a la humanidad del Papa” merece un comentario.

En primer lugar, ni los fieles ni nadie puede renunciar a su conciencia moral. Ni aunque quisieran; sencillamente, no se puede. En segundo, “la humanidad”…. ¿qué significa? No se obedece a “la humanidad” del Papa, sino al Papa. En tercer lugar, la obediencia que piden los papas en ningún caso es ciega: siempre han razonado lo que han pedido. Si por “ciega” se entiende la renuncia a pensar o a entender, el catolicismo no es así; los ejemplos del credo quia absurdum hay que buscarlos en el mundo protestante, si acaso.

Pero lo más importante, y lo más sutil, es la contraposición entre conciencia y obediencia. Puede haber conflicto, pero si lo hay deriva de una situación, diríamos, patológica: o el mandato es inmoral o la conciencia está mal formada (o simplemente equivocada). La conciencia no es autónoma. Juzga en cada caso si es buena o mala la conducta, pero juzga con unas pautas que le vienen dadas –el conocimiento del bien y del mal-, y con arreglo a las mismas entiende que se debe obedecer cuando se debe obedecer. Y entiende que al magisterio del Papa se le debe obedecer.

La alusión al Vaticano I, si bien en sí es correcta, lleva en este caso a una confusión. Recojo aquí unas palabras de ese concilio: Por tanto, deben ser creídas con fe divina y católica todas aquellas cosas que están contenidas en la Palabra de Dios, escrita o transmitida, y que son propuestas por la Iglesia para ser creídas como materia divinamente revelada, sea por juicio solemne, sea por su magisterio ordinario y universal (la negrita es mía). El concilio señala los requisitos para que un pronunciamiento papal sea un “juicio solemne”, pero no se limita a eso, sino que pide la misma fe para el magisterio ordinario. ¿Cuál es entonces la diferencia? Pues que para el magisterio solemne basta con un acto singular, mientras que el magisterio ordinario necesita la reiteración necesaria como para poder juzgar que su contenido es parte de la doctrina de la Iglesia. Eso sí, sin olvidar que el Magisterio es… magisterio; o sea, enseñanza, y enseñanza de doctrina. Lo demás es otra cosa, pero que, aunque no pida fe, sí pide respeto. 

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