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Lo que de verdad nos sana y cómo lo agradecemos

© kwest/SHUTTERSTOCK
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«¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?»

En ocasiones acompaño a personas que no son felices con sus vidas. Y todo porque no logran ver lo bueno que hay en el camino que recorren, la belleza, la música que rodea sus pasos, las pequeñas alegrías diarias en medio de dificultades. Es como si estuvieran ciegos y no fueran capaces de descubrir la luz en medio de la oscuridad.
 
Envejecen y quieren ser más jóvenes, aman y quieren ser más amados, sufren y no quieren sufrir, corren y quieren pararse, trabajan y quieren descansar. Y cuando no logran amar correctamente, cuando no viven el dolor con alegría, se desesperan y quieren otra vida diferente, mejor, una vida perfecta. Entonces quieren volver a empezar, casi volver a nacer. Para evitar errores cometidos y tomar las decisiones correctas.
 
El otro día veía un video de publicidad en el que una marca de agua te hacía sentir más joven. En el anuncio se miraban varias personas en un cristal y se veían igual que cuando eran niños. Tal vez es cierto que «los mayores se desgastan inútilmente buscando una felicidad que nunca encuentran; en cambio, a los niños, la felicidad les brota de la palma de las manos»[1].
 
Si fuéramos como niños, si miráramos la vida con esos ojos, muchas cosas cambiarían y la felicidad brotaría de nuestras manos. Pero creo que podemos caer a veces en la tentación de buscar volver a ser jóvenes, niños, y así poder empezar de nuevo. Un cambio imposible de vía, una nueva vida distinta, un amor nuevo y profundo.
 
Miramos a un lado y a otro y envidiamos lo que no tenemos. Miramos nuestra realidad y no nos gusta, entonces nos quejamos. Quisiéramos cambiarlo todo de un plumazo, volver a ser jóvenes para empezar de nuevo. En todo caso es como si quisiéramos tener otra vida, otros sueños y proyectos, otras personas a nuestro lado. La insatisfacción duele en lo más profundo del alma. ¿Cómo podrá cambiar todo para ser felices? ¿Cómo lograr todos los milagros necesarios para que nuestra vida funcione correctamente?
 
Sin embargo, ésa no es la pregunta correcta. En realidad deberíamos preguntarnos siempre: ¿Qué tenemos que cambiar en el corazón para que nuestra vida sea mejor, más santa y plena? Decía el Padre José Kentenich: «Aprendamos de los santos. Sólo cuando se supieron amados extraordinariamente por Dios, comenzaron a transitar las sendas de la santidad heroica. Por eso tengo que poner mucho énfasis en la meditación de la misericordia de Dios, nadar en las misericordias de Dios, repasar gota a gota todo ese mar de misericordias divinas»[2].
 
La misericordia de Dios, su amor incondicional y siempre fiel, es el amor que nos rejuvenece, nos hace dóciles y flexibles, nos vuelve niños, nos permite levantarnos y volver siempre de nuevo a empezar. Queremos vidas perfectas, pero no las hay.
 
Este fin de semana beatifican a 522 mártires españoles en Tarragona. ¿Fueron sus vidas perfectas? Seguro que no. Pero fueron hombres y mujeres que se enamoraron de Dios y encontraron más alegría en dar la vida que en guardarla. Murieron por amor a Jesús, habiendo podido salvar su vida con una sola palabra o un simple gesto.
Fueron audaces, no negaron su amor más profundo, y aceptaron dar la vida por amor.
 
Dice el Papa Francisco: «La Iglesia no tiene otra razón de ser ni otra finalidad que dar testimonio de Jesús. No lo olvidemos». Los mártires vencieron el miedo a la muerte por amor. No quisieron comenzarlo todo de nuevo, no anhelaron una vida más cómoda, más feliz. Abrazaron el querer de Dios con paz, con humildad, sin grandes pretensiones.
 
En un tiempo violento como el que vivimos, su testimonio de paz nos conmueve. Miraron al cielo con esperanza y abrazaron con misericordia a los que los mataban. Ellos dieron testimonio con su vida.
 
Nosotros estamos llamados ser memoria vida de Cristo en medio de los hombres. Hoy escuchamos: «Si morimos con Él, viviremos con Él. Si perseveramos, reinaremos con Él. Si lo negamos, también Él nos negará. Si somos infieles, Él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo». 2 Timoteo 2, 8-13.
 
Pero a veces nos pasa que no somos capaces de lograr que nuestro amor a Dios se manifieste en obras de amor, en gestos de entrega y misericordia, en radicalidad y renuncia, en un sí a la vida que nos lleva a ese sí a la muerte. Una muerte que es dulce, porque nos lleva a la vida verdadera.
 
Besar la propia vida, con su dolor y su alegría, es el camino de la verdadera santidad. Sólo podemos entregar la vida, romper las ataduras, saltar llenos de fe, cuando al otro lado sabemos que alguien nos espera, cuando confiamos y creemos en un amor que no pasa nunca y espera siempre.
 
Pero muchas veces nuestro amor es débil y no conocemos realmente a quien decimos amar. Una persona me comentaba: «Yo deseaba ser santa e intentaba poner todos los medios. Pero nunca era capaz de transmitir con mi vida ese deseo de santidad. Era incapaz de contagiar un amor a Dios y a María porque no lo tenía, no existía en mí esa relación personal con ellos. Era algo desconocido para mí. Para mí Dios y la Virgen eran dos figuras etéreas que estaban en el cielo y que deseaban mi bien. Por ello siempre confiaba en ellos, pero ahí se quedaba todo. Era incapaz de ver a Dios en las personas, en las palabras y en los actos de los otros».
 
El deseo de santidad se agota cuando nos falta un amor personal y profundo a Dios. Sin esa relación personal nada puede sostener nuestro amor. Todos soñamos con un abrazo lleno de amor y agradecimiento. Con volver a encontrarnos con el Dios de nuestra vida.
 
En el Evangelio de hoy sólo un leproso regresa a buscar a Jesús. Sólo uno lo reconoce y vuelve. Sólo uno necesita acercarse a Jesús, tocarle y dejarse tocar por Él. No le basta con estar sano de la lepra, le necesita a Él. Quiere acercarse a quien había tenido compasión de él. Sólo este leproso reconoció a Jesús. Volvió porque ya no le valía la distancia.
 
¿Quién era este hombre con ese corazón lleno de compasión? Su agradecimiento lo llevó a postrarse ante Él humildemente, con el corazón lleno de alegría. Abraza a Cristo, se humilla y es abrazado.
 
Cuando falta esa experiencia de misericordia, nuestra fe es sólo teórica, se empobrece y muere.
 
Decía el Papa Francisco que el cristiano, es un hombre de Dios, «si tiene una relación constante y vital con Él y con el prójimo; si es hombre de fe, que se fía verdaderamente de Dios y pone en Él su seguridad; si es hombre de caridad, de amor, que ve a todos como hermanos; si es hombre de paciencia, de perseverancia, que sabe hacer frente a las dificultades, las pruebas y los fracasos, con serenidad y esperanza en el Señor; si es hombre amable, capaz de comprensión y misericordia».
 
El santo de la vida diaria sabe vivir a Cristo en todo lo que hace. Sabe llevarlo a la familia y al trabajo. Sabe dar la vida cada día y no sólo en gestos heroicos y radicales. Sabe abrazar a aquel que le sana. Al Dios de su vida que lo espera y acoge lleno de alegría. 
 
Las lecturas hoy nos hablan de la lepra. La lepra marcaba y mutilaba al que la sufría. Era una enfermedad que marginaba de la sociedad, que hacía impuro al que la sufría. La campana que llevaban los leprosos servía para avisar a los demás hombres de su presencia.
 
Era terrible para el que la padecía porque marcaba su forma de vida y su destino. Vivían los leprosos en soledad, huyendo de los hombres, recluidos en su suerte, caminando lentamente hacia la muerte. Su evolución era lenta y hacía de este padecimiento un calvario.
 
En general los hombres sufrimos la enfermedad como un peso que lastra nuestra existencia. La vivimos como esa situación que nos hace perder la dignidad y nos aísla. Límites que nos esclavizan porque ya no podemos pertenecer al grupo de los sanos, de los exitosos.
 
Podemos perder la esperanza y dejar de vivir la vida con pasión, porque es como si ya no mereciera la pena seguir viviendo. Hemos sido marginados. La suerte no nos acompaña. La enfermedad nos estigmatiza para siempre.
 
El otro día leía algo muy cierto que se nos puede olvidar cuando padecemos la enfermedad: «El hecho de que la enfermedad suponga un período de pérdidas, no sentencia irremediablemente que de hecho sea un período de pérdida de uno mismo»[3].
 
El estar enfermos no puede hacer que perdamos la conciencia de nuestro valor, de lo que podemos entregar a los demás desde nuestro estado. La enfermedad no puede quitarnos el sentido de la vida. Porque nuestra vida siempre tiene un sentido, una vocación, una meta.
 
Y, además, lo cierto es que, de alguna u otra forma, todos estamos enfermos. Todos tenemos algo de leprosos. Tenemos un tipo de lepra espiritual. Una lepra que puede hacernos sufrir, nos puede marginar, nos puede alejar de los hombres.
 
¿Cuál es esa lepra que nos cuesta aceptar y nos aísla? Nos cuesta aceptar nuestra historia, nuestro físico, nuestra forma de ser, nuestros límites. Es la lepra que muchas veces nos aísla y nos hace sentirnos incomprendidos y rechazados. Es la lepra que nos aleja del amor de los hombres, porque, antes de nada, nos aleja de nuestro propio amor.
 
Dejamos de amar nuestra vida y nos recluimos en la soledad, negando nuestra enfermedad.
 
Por eso es que la única forma de sanar es reconocer que estamos enfermos. Sólo cuando aceptamos nuestra enfermedad podemos iniciar un camino de sanación y buscar ayuda.
 
Sólo así podremos acercarnos al que puede sanarnos pidiendo auxilio, saliendo de nuestro aislamiento: «Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: – Jesús, maestro, ten compasión de nosotros».
 
Los leprosos guardan distancia y suplican sanación. Creen en el poder de ese hombre. El sirio Naamán también busca que el profeta Eliseo sane su lepra: «Naamán, con sus caballos y sus carros, fue a la casa de Eliseo y se detuvo ante la puerta». Se acerca al profeta buscando que sane su enfermedad. Acepta su condición de enfermo e inicia un camino.
 
Es necesario aceptar que necesitamos ayuda. Los leprosos creen. Quizás es la única opción que les queda y no pierden nada con intentarlo. Habrían oído hablar de Jesús y de sus milagros. Están desesperados. Pero hace falta fe para comenzar a caminar en la oscuridad, con la duda, con el miedo, con la inseguridad. ¿Y si no les cura? Otra oportunidad perdida.
 
El primer paso es en la oscuridad, es fiarse a ciegas, y ponerse a caminar. Hace falta vencer el miedo a salir y exponer la propia miseria. El otro día leía: «Los valientes son los que son capaces de sobreponerse a su propio miedo»[4].
 
A veces esperamos que Dios venga a buscarnos, a salvarnos porque nos da miedo arriesgar. Nos quedamos parados, esperando, sin hacer nada. Pero Dios necesita nuestra audacia, nos pide que venzamos el miedo. Entonces no nos va a abandonar.
 
Ponerse en camino hacia Jesús ya es el primer paso. Es el paso que da el sirio Naamán, dejando su comodidad, su tierra, y buscando a un desconocido.
 
Tal vez demasiado riesgo. ¿Cuántas veces vencemos los miedos y arriesgamos? ¿Cuántas veces pedimos ayuda a otros? El orgullo es más fuerte y nos aísla. Preferimos no expresar nuestra necesidad porque nos hace vulnerables y nos turba. El anonimato es perfecto. El orgullo es fuerte y pedir ayuda es mucho riesgo.
 
Aún así, cuando damos el salto de audacia y pedimos ayuda, no siempre nos gusta la respuesta que recibimos: «Entonces Eliseo envió un mensajero a que le dijera: -Ve y zambúllete siete veces en el río Jordán; así tu piel sanará, y quedarás limpio».
 
El sirio Naamán tal vez esperaba algo más personal, más exigente, más difícil o más digno: «Naamán se enfureció y se fue, quejándose: – ¡Yo creí que el profeta saldría a recibirme personalmente para invocar el nombre del Señor su Dios, y que con un movimiento de la mano me sanaría de la lepra! ¿Acaso los ríos de Damasco, el Abaná y el Farfar, no son mejores que toda el agua de Israel? ¿Acaso no podría zambullirme en ellos y quedar limpio?».
 
Me impresiona la actitud de Naamán. Tiene una solución para su enfermedad y se niega a hacer lo que le piden sólo por orgullo. Nosotros somos así a veces. Queremos algo extraordinario. No nos gustan las soluciones que otros nos dan y nos cerramos. Nos cuesta ver la voluntad de Dios en las opiniones de los demás. Nos cuesta abrirnos cuando creemos saber el camino.
 
Además pensamos que tenemos derecho a que nos traten de forma especial, con delicadeza, con cariño. No nos gusta lo ordinario, lo cotidiano y queremos algo más espectacular.
 
Por eso es tan sabio el consejo de sus criados: «Entonces sus criados se le acercaron para aconsejarle: -Señor, si el profeta le hubiera mandado hacer algo complicado, ¿no le habría hecho caso? ¡Con más razón si lo único que le dice a usted es que se zambulla!».
 
Es una sabiduría santa. Dios actúa a través de la mediación ordinaria. Jesús les dice a los leprosos: «Id a presentaros a los sacerdotes». Mantiene la distancia que los leprosos tenían desde que cayeron enfermos. Y les da una orden. Jesús respeta su petición.
 
Ellos no se acercan y Jesús, saltándose su manera habitual de curar, que es con sus manos, tocando, acariciando, mirando a los ojos, también permanece a distancia. Tal vez lo hace para no violentarlos a ellos, que permanecían en la distancia para no contagiar.
 
Por eso les da una orden desde lejos. Una orden que consiste en presentarse ante el sacerdote, el encargado de comprobar que están curados para volver a admitirlos en la comunidad. Es el camino ordinario, el que todos han de seguir, el que marca la ley. Tal vez ellos esperaban otra cosa, como Naamán. Pero no se rebelan, simplemente obedecen.
 
Y la curación ocurre de camino: «Y, mientras iban de camino, quedaron limpios». La sanación es en el camino. Eso es lo primero que llama la atención. Creen y se ponen en camino contra toda esperanza, contra toda lógica, se van al sacerdote, arriesgándose a quedar en ridículo. Todavía no han sido curados y ya actúan como si estuvieran limpios. ¡Qué fe tan grande!
 
Decía el Padre Kentenich: «Si Dios no se mete en nosotros y no nos regala la gracia de arriesgar un salto mortal, nunca llegaremos a ser héroes de la fe. La fe presupone siempre una decisión personal: yo arriesgo ahora el salto. La luz de la fe debe iluminar, debe mostrarme el camino»[5].
 
Comienzan el camino sin estar curados, sólo porque creen y se fían y durante el camino quedan sanados. ¿Qué hubiésemos hecho nosotros? Tal vez hubiésemos dudado. Nos hubiera gustado esperar a estar limpios antes de ir al sacerdote. Al fin y al cabo, Jesús no les había tocado, ni les había echado barro, ni había hecho nada más que decir una palabra, y eso no era habitual.
 
Pero en el camino llega Jesús. Dios siempre sale al encuentro del que se pone en camino con fe, suplicando, con una confianza plena. Pero necesita nuestro paso audaz, que nos desinstalemos un poco de la comodidad y salgamos de nosotros mismos, que creamos en medio de nuestra lepra que quizás es posible sanarnos.
 
Siempre de camino Jesús se pone a nuestro lado, como hizo con los discípulos de Emaús. Nos cura sin violentarnos, sin llegar a tocarnos. La presencia misteriosa de Jesús en el camino es sanadora. Es entonces lo cotidiano lo que nos salva.
 
Dios actúa a través de nuestra fe. La fe es la que salva a los leprosos que piden un milagro.
 
Es la misma fe que salva al sirio Naamán: «En aquellos días, Naamán de Siria bajó al Jordán y se bañó siete veces, como había ordenado el profeta Eliseo, y su carne quedó limpia de la lepra, como la de un niño. Volvió con su comitiva y se presentó al profeta, diciendo: – Ahora reconozco que no hay dios en toda la tierra más que el de Israel. Acepta un regalo de tu servidor. Eliseo contestó: – ¡Vive Dios, a quien sirvo! No aceptaré nada. Y aunque le insistía, lo rehusó. Naamán dijo: – En adelante tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios a otros dioses fuera del Señor». 2Reyes 5, 14-17.
 
La fe es la que salva a los leprosos que van de camino. La confianza plena. La fe los salva, los cura. Los diez leprosos encuentran la salvación y su vida cambia para siempre. Vuelven a la misma vida que tenían antes de la lepra, a esa vida que habían soñado. La lepra los había alejado del mundo y de los hombres. No podían tocar ni ser tocados. La ley lo prohibía. Vivían marginados, sin experimentar la misericordia. Por eso cuando quedan limpios su vida cambia para siempre e inician un nuevo camino.
 
Sin embargo, no todos volvieron para dar gracias. Nueve de los diez prefirieron seguir su camino y olvidaron a Jesús. Sólo uno, un samaritano, vuelve a agradecer a Jesús el milagro.
 
Las lecturas de hoy nos muestran cómo dos extranjeros tienen un papel importante. El sirio Naamán y el samaritano leproso, los dos extranjeros, son salvados: «Éste era un samaritano». Se señala el universalismo de la fe.
 
En el año de la fe nos abrimos a todos los que creen y no son de los nuestros. Somos exigentes con frecuencia y rechazamos a los que no son de nuestro grupo, a los que no piensan como nosotros.
 
El leproso que regresa hasta Jesús era doblemente marginado, por tener lepra y por vivir en Samaria. Quizás por eso era doblemente necesitado y la compasión de Jesús le tocó el corazón. Quizás nunca había conocido a nadie que hablase con samaritanos, a nadie para el que contase a pesar de ser leproso, que no huyese, que lo mirase con cariño. Eso fue lo que de verdad lo sanó. Y es lo que nos sana a nosotros. Que alguien nos quiera sin encasillarnos, nos mire y nos reconozca, sin juzgarnos. Que alguien nos toque, se detenga a nuestro lado, sin apartarnos con desconfianza.
 
Jesús se detuvo ante ellos, ante él, y no pasó de largo. Jesús tuvo misericordia, sintió lástima de su aislamiento, de su enfermedad. Lo miró a él que era extranjero, porque sabía cómo necesitaba sanarse y volver a confiar. Su mirada y su palabra salvaron su vida.
 
Nosotros muchas veces miramos con desconfianza a los que están apartados de la comunidad por la enfermedad del pecado. Nos creemos limpios y no queremos contaminarnos. ¡Cuántas veces nos alejamos de aquellos que piensan de forma diferente! tenemos miedo de que nos hagan daño, que nos contaminen. No pensamos en el tesoro que cada persona tiene. No valoramos lo que podemos aprender con ellos. Sólo pensamos en que poseemos la verdad.
 
Pero nos olvidamos de algo fundamental: podemos aprender de aquel que piensa de otra forma, del que no cree, del que no se parece a nosotros. Podemos aprender mucho si nos dejamos tocar, si le damos nuestro tiempo y le preguntamos sin juzgarle, si lo acogemos como es. Como hace Jesús.
 
Hoy le pedimos a Él que nos regale sus sentimientos, su compasión, su misericordia, su manera de acercarse a cada persona con el corazón abierto. Queremos, en intimidad con Jesús, aprender a vivir como Él vivió.
 
Decía el Papa Francisco: «Caminar desde Cristo significa tener familiaridad con Él. Lo primero es estar con el Maestro, escucharle, aprender de Él. Y esto vale siempre, es un camino que dura toda la vida. Quien pone a Cristo en el centro de su vida, se descentra. Cuanto más te unes a Jesús y Él se convierte en el centro de tu vida, tanto más te hace Él salir de ti mismo, te descentra y te abre a los demás». 
 
El amor personal a Cristo nos descentra, nos saca de nuestros seguros y nos abre al corazón del que necesita, del alejado.
 
Ante el leproso samaritano que ha sido curado y se arrodilla, Jesús exclama: «Levántate, vete, tu fe te ha salvado». Ojalá pudiéramos decirle a muchos en la vida: «Levántate», y saber que Jesús nos lo dice a nosotros cada vez que caemos, cada vez que no somos capaces de dar gloria a Dios, porque nos sentimos marginados, abandonados. Es el mismo deseo de Jesús. Que nos levantemos agradecidos, con el corazón lleno.
 
Por eso le pedimos que nos regale el agradecimiento del leproso que vuelve, el agradecimiento del que se sabe tan pobre que lo que recibe es don y no un derecho. El corazón pobre y necesitado es un corazón agradecido. Jesús une en este pasaje la fe y el agradecimiento. En realidad, fe habían tenido todos, los diez. Todos ellos, enfermos y rechazados, vieron en Jesús su única esperanza y creyeron. Buscaban la curación, un milagro. Sí, desde lejos creyeron en su poder, porque Él hacía milagros y luego le obedecieron.
 
A veces nosotros pensamos que eso es la fe, creer desde lejos en un montón de doctrinas y normas. Pero Jesús no alaba esta fe fría. Alaba la fe que es agradecimiento sincero y profundo. La fe que nos hace regresar a Cristo para dar gracias, después de haber recibido todo lo que anhelamos.
 
Jesús quiere que los leprosos sanados se acerquen y agradezcan, que se postren con humildad, sabiéndose muy pequeños, necesitados, incompletos. Sabiéndose, en el fondo, profundamente amados.
 
Porque no se puede separar la fe del amor. Amamos y creemos en aquel a quien amamos. Somos amados y creemos con más fuerza. Y el amor nos hace agradecidos.
 
La fe del único leproso curado es la que salva: «Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Jesús tomó la palabra y dijo: – ¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios? ». Lucas 17, 11-19. Esa fe que se arrodilla y agradece.
 
Los otros sanaron en la superficie de la piel. Éste, arrodillado, sanó en lo profundo del alma. Aquellos volvieron a ser aparentemente puros, éste último fue purificado en el abrazo de Jesús.
 
Es posible que su oración fuera semejante a la que expresaba una persona: «Eres lo más hondo de mi vida y lo más hondo de mi corazón. Te entrego mi corazón y mi vida. Tal y como es, sin nada. Te entrego mi corazón con todos los sentimientos que hay y que ha habido en mi vida. Mis heridas de amor que tú has convertido en puertas y en tu sello. Sin ellas yo no sería yo». Y Jesús lo tomó en sus brazos. Su agradecimiento lo había salvado. El dar las gracias cada día a Dios es creer en Él. Ésa es la fe que mueve montañas y cambia el corazón y la propia vida.
 
Nos cuesta darle gracias a Dios por la vida que tenemos y tampoco somos capaces de agradecernos los unos a los otros. Eso también nos salva cuando lo practicamos. Sólo la exigencia mata el amor y lo hace infecundo. Si agradeciéramos más en lugar de exigir tantos cambios de forma continua, nuestro amor sería más fecundo.
 
El agradecimiento sincero fortalece las relaciones, las hace más profundas y estables. ¡Qué importante es agradecer en esta vida! Y agradecer con sinceridad, no por educación. Pero nos cuesta mucho hacerlo. Porque nos acostumbramos a tener derechos, a que nos traten de forma especial, a que respeten nuestro espacio, nuestra vida, sin exigirnos nada, sin quitarnos nada de lo que poseemos. Siempre conseguimos lo que queremos, y, si no lo logramos, nos indignamos con la vida.
 
El agradecimiento va muy unido a la humildad. Nos recuerda Santa Teresita: «Lo que agrada a Dios, en mi pequeña alma, es que ame mi pequeñez y mi pobreza».
 
¡Cuántas veces nuestra vida la vemos como evidente y somos tan exigentes, pedimos más y nos falta ese corazón pobre que da gracias por las maravillas que recibimos, por el amor con que Dios nos sostiene! El agradecimiento diario y continuo nos acaba salvando.
Hace falta tener un corazón muy humilde, como dice el Hermano Rafael: «La humildad llena de paz nuestro trato con los hombres. Con ella no hay discusión, no hay envidia, no hay ofensa posible. Le pido a María, me enseñe en lo que Ella fue maestra, humilde ante Dios y ante los hombres».
 
María es maestra en la humildad, Ella nos educa. Las personas humildes saben agradecer con un corazón sincero. Decía el Padre Kentenich: «La humildad es la virtud moral que menos puede existir sin el amor. La humildad que no conduce al amor está enferma y enferma a la gente»[6].
 
El corazón agradecido es un corazón que ama. El desborde del amor lleva a que el leproso sano se arrodille y agradezca. Quiere encontrase con Jesús. Y Jesús se conmueve al ver su mirada. Entonces, ahora, de rodillas, sana su corazón, ese corazón que estaba más herido que su piel, y le dice: «levántate».
 
Jesús lo levanta, lo dignifica, le da el valor que tiene como persona, más allá de ser leproso y samaritano. No buscaba el poder de Jesús, sino que lo buscaba a Él. ¡Qué alegría para Jesús descubrirlo! Porque, en su corazón humano, también le dolería ver que los otros nueve solo le habían buscado por un milagro, sólo querían que respondiera a sus expectativas.
 
¡Cuántas veces buscamos así a Jesús, de lejos! Le pedimos que responda a algo muy concreto que necesitamos. Queremos que nos conteste realizando lo que deseamos. Si nos lo concede, nos alegramos y si no lo hace, nos alejamos de Él heridos. Y si lo recibimos, nos quedamos lejos, sin agradecer, sin dejar que nos toque el corazón, que es lo más importante
 
¡Cuántas veces sólo le buscamos por sus milagros, y Él nos espera, con su corazón abierto para darnos el agua que nunca se acaba, el descanso que es para siempre, su amor único, personal, incondicional!
 
Jesús nos saca del aislamiento, del encasillamiento en nosotros mismos, nos ayuda a ponernos en camino hacia los otros. Sólo uno conoció el corazón de Jesús de verdad, su mar de misericordia, su mirada hasta el fondo del corazón. Y seguramente, sólo él comenzó con un corazón nuevo.
 
Es la actitud del que sabe que todo es don, que nada le pertenece y a nada tiene derecho. Del que no se queja continuamente exigiéndole a la vida que le dé lo que le pertenece. Nos falta humildad y por eso nos quejamos tanto. ¿Cuántas veces nos quejamos a lo largo del día? ¿Está el agradecimiento en nuestros labios con frecuencia?


[1] Antonio G. Iturbe, “La bibliotecaria de Auschwitz”, 67
[2] José Kentenich, “Niños ante Dios”, 145
[3] Pablo D´Ors, “Sendino se muere”, 37
[4] Antonio G. Iturbe, “La bibliotecaria de Auschwitz”, 42
[5] José Kentenich, “Dios presente”,177-180
[6] J. Kentenich, "Hacia la cima", 116

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