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¿Culpa mía o del teléfono?

© Odua Images/SHUTTERSTOCK
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Los dispositivos ¿sustituyen nuestra responsabilidad en las relaciones personales?

Crecí en un mundo sin celulares, sin Internet, y ciertamente, sin Facebook. Salía después del colegio a jugar fútbol con mi vecino. Le avisaba a mi mamá donde iba a ir y no escuchaba de ella hasta que regresaba a la casa (usualmente un “poco” más tarde de lo acordado) ya que no teníamos celulares. Grababa cassettes de música desde otros cassettes, o desde la misma radio, esperando pacientemente que tocaran mi canción favorita. Y así podría continuar con un sin fin de ejemplos de lo que “en mi época” se hacía y que ciertamente hoy no se hace.

El mundo ha cambiado. Ciertamente ha cambiado. En un avance casi frenético de la tecnología se han modificado no sólo tareas específicas de las personas, sino que la vida misma es la que se está modificando. Nuestra manera de relacionarnos con la realidad está cambiando. Smartphones, tabletas, redes sociales, etc…: a veces parece que vivimos en un mundo totalmente distinto al que nos tocó ver de pequeños, y ciertamente distinto al que conocieron nuestros padres.

En ese sentido, nunca falta la afirmación romántica de que “todo tiempo pasado fue mejor”. O la progresista de “todo progreso es bueno” o al menos “mejor”. Algunos creen que estos avances nos están volviendo estúpidos. ¡Caminamos por la calle sin mirar la calle! Obsesivamente vivimos concentrados en nuestro teléfono. Estamos en una mesa rodeada de gente, y cada uno mira su propio dispositivo. Antes calculábamos con la mente… hoy tenemos para eso las computadoras. Antes escribíamos con cuidado para no cometer errores. Hoy confiamos ciegamente en el auto-corrector de Word o del dispositivo que utilizamos. Así podríamos continuar eternamente enumerando los “síntomas” que hacen parecer que la teoría de Darwin estaba en lo cierto, pero que tenía un pequeño error… debe aplicarse de manera inversa. Pues de hombres, nos vamos convirtiendo en simios.

Son muchos los estudios que se están realizando para ver el impacto que la tecnología, y los cambios que ella trae a cuestas, causan en las personas. Algunos afirman que estos cambios están reduciendo sistemáticamente la memoria de las personas [1]. Un estudio afirma que la utilización del GPS podría atrofiar el cerebro [2]. En ese sentido, la revista Discovery Magazine tiene una docena de ejemplos [3].

No faltan, tampoco, los que viven un culto a los avances tecnológicos, teniendo a la tecnología como una auténtica religión. [4]

Nos encontramos así, una vez más, con la antigua disyuntiva entre tecnófilos -aquellos que afirman que nos vamos acercando a un paraíso digital- y los tecnófobos -que ven en la tecnología la madre de todos los males ante la cual tenemos que protegernos-. Esto debe llevarnos a preguntarnos sobre la tecnología. ¿Qué pienso yo acerca de la tecnología? ¿Es algo bueno? ¿Es algo malo? ¿Todo avance tecnológico es para mejor? Son muchas las preguntas que podemos hacernos al respecto, y ciertamente, debemos hacérnoslas. Pero para responderlas debemos hacerlo con la -cristiana- actitud de ir siempre a lo esencial.

Tal vez la respuesta más sencilla podría ser la afirmación de que la tecnología es “neutra”, pues sería sólo un “medio” que nosotros podríamos utilizar para el bien o para el mal. Pero al ser fruto de una actividad del hombre, y por lo tanto, con una intencionalidad y un fin propios, y con un impacto objetivo en quien la utiliza y en cómo la utiliza, no podemos afirmar su neutralidad. La tecnología no es neutra. Basta constatar el gran impacto que tiene en nuestras vidas y en la de millones de personas que viven en torno a mí.

El Catecismo nos ilumina en nuestra disyuntiva con una mirada incisiva afirmando que «la ciencia y la técnica están ordenadas al hombre que les ha dado origen y crecimiento; tienen por tanto en la persona y en sus valores morales el sentido de su finalidad y la conciencia de sus límites». Es por ello que no podemos ser ingenuos creyendo que la tecnología por el solo hecho de ser tecnología es buena. Ni tampoco satanizarla condenando todo avance tecnológico.

El hombre ha sido llamado por Dios a cooperar con la creación. Y en ese sentido, a generar cultura. La tecnología es una plasmación cultural de ese ser co-creador del hombre. Pero para que sea una genuina plasmación de una verdadera cultura, debe apuntar al auténtico bien de la humanidad y del hombre concreto.

Entonces, si me tropiezo en la calle por ir mirando Facebook en el teléfono ¿Es culpa mía o de Facebook? La mirada que va a lo esencial no se queda en buscar al culpable de forma inmadura y superficial. Sino que me debe llevar a mirar lo profundo de lo humano viendo si esta tecnología está modificando algo humano (como sería caminar prestando atención a la realidad) que no debería ser cambiado. Luego de eso, vendrá la pregunta de si es el instrumento en sí, o el uso que se le da.

No debemos tener miedo a la tecnología. ¡Hasta el Papa Francisco utiliza Twitter! Pero tampoco debemos ser ingenuos ante ella. El criterio es mirar a lo esencial y no sacrificar jamás lo auténticamente humano.

© 2013 – Sebastián Correa Ehlers para el Centro de Estudios Católicos – CEC

 

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