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Las víctimas de la intolerancia

© Federica Milella/SHUTTERSTOCK
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La tolerancia no es soportar con paciencia al otro, ignorarlo o abandonarlo a su destino

La crisis profunda de intolerancia que vivimos tiene como consecuencia un gran número de víctimas en nuestra realidad. Esta crisis toca su fondo cuando nos vamos a acostumbrando a que las víctimas sean un dato más de la estadística semanal y aguantamos el aliento ante la posibilidad de que algún día, nosotros o alguien cercano, pueda pasar a formar parte de esas nefastas cifras.
 
Frente a la fuerza de una intolerancia tan arrolladora, normalmente procuramos aislarnos de la realidad para protegernos, o pensamos que implementando una fuerza similar, seremos capaces de neutralizarla. La verdad es que cuando la intolerancia asume la violencia como forma de expresión, se convierte en una fuerza difícilmente contenible por la misma violencia.
 
El Estado tiene una responsabilidad del todo particular en asumir a fondo este problema. No obstante, sin un trabajo de reflexión sobre las causas de la violencia será imposible enfrentarla, apenas se la reprimirá momentáneamente. Sin dicha reflexión y la asunción de acciones directas ante las causas de la violencia cualquier programa de desarme será del todo periférico al problema central que se pretende solventar. No es, por ejemplo, que las armas sostienen la estructura de la violencia, sino que son también signos tangibles de esa estructura.
 
Todo ciudadano, más aún, todo cristiano, tiene el deber de desmontar las dinámicas de intolerancia en nuestra realidad, fortaleciendo y propiciando, en los distintos ámbitos, espacios para el encuentro, el diálogo, la valoración de las diferencias y la búsqueda del bien común. Todos tenemos una enorme responsabilidad frente a la intolerancia presente: edificar la tolerancia. La tolerancia llama a reconstruirnos en un trabajo paciente de reconocimiento mutuo, de diálogo verdadero. Ello implica desmontar la lógica de la violencia que le niega la identidad al otro, su derecho a expresarse y le ignora en sus posibilidades de erigir libremente, sin miedo, su identidad.
 
La tolerancia no es soportar con paciencia al otro, ignorarlo o abandonarlo a su destino. Tolerar es construir un camino donde juntos nos reconocemos y edificamos mutuamente nuestra dignidad y libertad. Abrir espacio a la tolerancia implica reconstruirnos como seres humanos y trabajar para superar las dinámicas de intolerancia que se han hecho habituales entre nosotros. Este trabajo nos involucra a todos y abarca desde los pequeños espacios ya compartidos hasta la creación de nuevas formas de reconocimiento.
 
Ante la dureza de la vida actual podemos desanimarnos, pensar que ya todo está perdido. El Papa Francisco nos recuerda que Jesús también sintió el peso del mal del mundo y en la fuerza del amor de Dios lo venció. Tolerancia, perdón, reconciliación y amor nos pueden parecer palabras que no tienen lugar o eficacia en nuestra realidad pero lo cierto es que sin ellas no tenemos futuro posible.

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