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26 de julio, Día de los abuelos: Renovar el amor y la confianza

Patrice
THEBAULT/CIRIC
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La distancia no puede causar olvido y desafecto a los abuelos

Me pongo a escribir sobre los abuelos y, de inmediato, me doy cuenta de que es un tema hermoso y de que, además, es justo que, al llegar su día, se digan sobre ellos palabras de gratitud y homenaje. No obstante, también descubro enseguida que no es fácil abordar este tema, porque son muchos los aspectos que hay que tener en cuenta al acercarnos a quienes centran el amor y el respeto de la familia, al menos de la familia cristiana. Aunque desearíamos de corazón que a ningún abuelo, en cualquier otro modo de entender la familia, le faltara el afecto de los suyos.
 
Los franceses denominan a los abuelos con un término en mi parecer hermoso y, sobre todo, significativo: grand-père. De este modo la paternidad envuelve a toda la familia; por los abuelos toda la familia está acogida y amada: hijos, nietos, bisnietos… Por ellos, cuando están bien situados en el entorno familiar, fluye lo más genuino de la vida familiar, que es el amor, que en los abuelos tiene una concentración especial por parte de todos los miembros de la familia: ellos lo dan y ellos lo reciben. Se puede decir que ser abuelo o abuela es un precioso don para toda la familia.
 
Es evidente que esta descripción idílica afortunadamente aún se puede demostrar en muchas familias; sin embargo, también es cierto que en otros muchos casos esa sintonía de todos los miembros de la familia en el amor y el respeto, se rompe sobre todo por los mayores.
 
Las condiciones de vida de esta sociedad moderna, si bien es cada día más sensible a su necesidades, también convierte cada vez más a los mayores en víctimas, sobre todo del desamor, que es la peor de las carencias en las que se puede vivir. Aun comprendiendo que en muchos casos las residencias y hogares de las administraciones públicas, de la Iglesia o de particulares es una solución idónea para la atención de los abuelos; sin embargo, esto no puede ser una coartada para desentenderse de ellos. En cualquier circunstancia, a los mayores no les ha de faltar el afecto, lo más cercano posible, de los suyos. La distancia no puede ser la causa del olvido y el desafecto; del mismo modo que las condiciones de vida, como el trabajo de los hijos o la situación de la vivienda, no puede ser la justificación fácil para desentenderse de ellos.
 
El día 26 de julio, festividad de san Joaquín y santa Ana, abuelos de Jesús, es una buena oportunidad para un homenaje de todos nosotros hacia aquellos que merecen todo nuestro respeto y gratitud. Es un buen día para renovar lo que un día pudimos sentir hacia nuestros abuelos, que estoy seguro siempre fue mucho amor y mucha confianza. Lo que sentimos de niños ha de reverdecer en el corazón, con más fuerza si cabe, a lo largo de toda la vida; es más, debería reverdecer cuando los vemos más limitados e impotentes. Hijos y nietos tienen que reencontrarse con la gratitud y la comprensión cuando ven el declive de sus mayores.
 
Es entonces cuando se ha de reconocer que el gran padre y la gran madre (abuelo y abuela) ofrecieron a sus hijos y a sus nietos, cuando los necesitaron, lo mejor de sí mismos. Hasta llegar a donde están ha sido mucho lo que han dado y siempre en fidelidad a la vocación de ser personas útiles en la sociedad con su trabajo, de ser padres con el don de la vida y con la educación generosa de sus hijos hasta que éstos pudieron abrirse camino. Y en cuanto a sus nietos, de todos es sabido que en estos tiempos muchos abuelos incluso asumen el cuidado y la educación de los niños por el trabajo de los padres. Lo hacen, además, con mucho gusto y con una excepcional generosidad.
 
Y lo que hacen maravillosamente es la educación cristiana de los nietos en sus primeros pasos. Si hoy llegan los niños y niñas a la catequesis con un cierto despertar de su fe es porque sus abuelos los han iniciado en las primeras oraciones, en los primeros gestos, en las primeras actitudes y porque los abuelos han pronunciado para ellos las primeras palabras de fe. Y, sobre todo, por los abuelos saben los nietos lo que es el amor a Dios y el respeto por su voluntad.
 
Por todo lo que han sido y por todo lo que son, y especialmente por lo que están siendo para muchas familias en estos tiempos de crisis, bien merecen los abuelos un recuerdo especial en este día en el que evocamos el testimonio precioso de los del Señor. Joaquín y Ana cuidaron la crianza y la educación de María, su hija, lo que luego influyó definitivamente en la crianza y la educación que, tanto ella como su esposo José, le dieron a ese maravilloso Niño, de nombre Jesús, que crecía en sabiduría y en gracia delante de Dios y de los hombres.
 

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