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¿Qué es el purgatorio?

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La Iglesia enseña que algunas personas después de morir necesitan purificarse de sus pecados

1. El purgatorio es un estado en el cual las almas de los difuntos pasan por un proceso de purificación para llegar a la santidad necesaria y entrar en la alegría del Cielo. Es la oportunidad última que Dios da a las personas para que lleguen a la comunión plena con Él. Así, el purgatorio es la última conversión, en la muerte.

La forma de vivir de cada persona no es irrelevante. La muerte no es una esponja que simplemente borra todo el mal hecho y el pecado cometido. Son raros los que, en la muerte, están purificados de tal forma que pueden entrar directamente en la santidad de Dios. La gracia salvadora de Dios no prescinde de la justicia.

Cuando una persona muere, su opción de vida se vuelve definitiva. Pueden existir personas que llevaron una vida purísima, muriendo en gracia y en amistad con Dios, estando totalmente purificadas. La Iglesia enseña que estas personas van inmediatamente al Cielo.

En el extremo opuesto, pueden existir otros que habiendo cometido faltas muy graves, sin haberse arrepentido ni acogido el amor misericordioso de Dios. Estos pasarían al estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios, llamada Infierno.

Observando ambas situaciones, no es difícil darse cuenta de que ninguna de las dos es lo más común. El corazón del hombre vive constantemente en una lucha ante sus limitaciones y negaciones para acoger el amor de Dios de forma plena.

En su carta Spe Salvi, el Papa Benedicto XVI reconoce que en la mayoría de los hombres “queda en lo más profundo de su ser una última apertura interior a la verdad, al amor, a Dios”.

“Pero en las opciones concretas de la vida, esta apertura se ha empañado con nuevos compromisos con el mal; hay mucha suciedad que recubre la pureza, de la que, sin embargo, queda la sed” (n. 45).

2. Incluso aquellos que buscan vivir su vida en amistad con Dios no están totalmente exentos de presentar inclinaciones desordenadas, fallos en su constitución humana, o sea, características incompatibles con la santidad de Dios.

Cuántas veces lo que llamamos virtud no es más que un culto al propio “yo”; cuantas veces la prudencia no es sino una forma de cobardía; la virilidad, arrogancia; la parsimonia, avaricia; y la caridad, una forma de derroche (Schamus, “Katholische Dogmatik” IV 2). Cuántas veces en nuestros corazones no hay sino egoísmo, orgullo, vanidad, negligencia, infidelidad…

Entonces pregunta el Papa: “¿Qué sucede con estas personas cuando comparecen ante el Juez? Toda la suciedad que ha acumulado en su vida, ¿se hará de repente irrelevante?” (n. 44)

El Papa tiene aquí en mente la cuestión de la justicia. La gracia de Dios – su socorro gratuito –, que salva al hombre, no excluye la justicia. La gracia no es una esponja que borra todo lo que se hizo mal en el mundo, de modo que al final, todo tenga el mismo valor (n. 44).

La compenetración entre la gracia y la justicia enseña que “nuestra forma de vivir no es irrelevante”, o sea, que el mal que cometemos y el pecado de los hombres no es simplemente olvidado.

La enseñanza católica considera que el ser humano, en la muerte, aún tiene una ocasión para purificarse y llegar al grado de santidad necesario para entrar en el Cielo. El purgatorio es exactamente este estado en que las almas de los difuntos se purifican. No es una cámara de tortura y no debe causar miedo. El purgatorio es una última oportunidad para la persona de hacerse plena y evolucionar hasta las últimas posibilidades de su ser.

El mal del mundo y de nuestros corazones no queda simplemente olvidado con la muerte. Dios no es solo gracia, sino que es también justicia. Y toda persona, estando dotada de libertad, es al final responsable de sus decisiones y actitudes.

3. Siendo así, quienes mueren en gracia y en amistad con Dios, pero no están completamente purificados, tienen la oportunidad de pasar por esa purificación después de la muerte.

La enseñanza católica considera que el destino del ser humano en la muerte no alcanza un punto final estático de la evolución. O sea, es posible realizar un camino de perfección – de conversión y de purificación – después de la muerte.

Se trata de la última conversión de la persona. Ante Dios, en la muerte, cada uno debe rendirse, de forma radical, de todo orgullo y egoísmo, entregándose incondicionalmente al Señor, depositando en él toda la esperanza. Debe abandonar todo lo que imposibilita amar a Dios con todo el corazón.

A este último acto de la evolución humana, esta conversión postrera y purificación para entrar en la comunión con Dios, la Iglesia lo llama purgatorio.

“Es exactamente en la muerte y con ocasión del encuentro con Dios cuando cada persona experimentará, con intensidad nunca antes conocida, el significado de su vida vivida. Y dependiendo de lo que haya hecho durante esta vida, dependiendo también de lo que haya hecho a otras personas y en las situaciones históricas y estructurales concretas, su unión con Dios también conllevará una purificación experimentada de manera más o menos dolorosa”, afirma el teólogo Renold Blank en el libro “Escatologia da Pessoa”.

Esta purificación es una última oportunidad dada al hombre de cumplimiento del plan de Dios, de que seamos “conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8, 29).

Así, el purgatorio no debe verse como una cámara de tortura cósmica ni debe causar miedo. El purgatorio es en realidad “un nuevo y reiterado acto de salvación de Dios, para que el hombre pueda salvarse” (Blank).

La oferta de Dios con el purgatorio se configura entonces como la etapa en la que la persona se vuelve plena, evoluciona hasta las últimas posibilidades de su ser, alcanza la plena realización de todas sus capacidades, pudiendo así entrar en el Cielo y en la santidad de Dios.

5. La imagen del fuego, asociada al purgatorio, puede interpretarse como el propio Cristo, que viene a salvarnos. En el encuentro con Él, toda falsedad se viene abajo y su mirada nos cura como a través del fuego.

Sobre la imagen del purgatorio asociada al fuego, Benedicto XVI señala que “algunos teólogos recientes son del parecer de que el fuego que simultáneamente quema y salva es el propio Cristo, el Juez y Salvador” (Spe Salvi, n. 47).

Ante la mirada de Cristo, toda falsedad cae. “Es el encuentro con él que, quemándonos, nos transforma y libera para llegar a ser verdaderamente nosotros mismos”.

En ese momento, las cosas edificadas durante la vida se pueden revelar paja seca y desmoronarse. Sin embargo, «el dolor de este encuentro, el cual lo impuro y malsano de nuestro ser se hace evidente, es la salvación».

La mirada de Cristo, el toque de su corazón, “nos cura a través de una transformación ciertamente dolorosa ‘como por el fuego’. Con todo, es un dolor feliz, en el que el poder santo de su amor nos penetra como llama”.

Benedicto XVI explica también que el pecado del hombre ya fue quemado en la Pasión de Cristo. Y en el momento del Juicio, “experimentamos y acogemos este prevalecer de su amor sobre todo el mal en el mundo y en nosotros”.

La doctrina del purgatorio es una consecuencia lógica de la idea bíblica de que Dios exige la expiación de los pecados. Ella remite a ciertos pasajes de la Escritura, la tradición de la Iglesia y la práctica de la oración por los difuntos. Esa doctrina fue sistematizada a partir del II Concilio de Lyon, en 1274. El Papa Benedicto XVI la retomó en su encíclica sobre la esperanza cristiana, Spe Salvi (2007).

El término purgatorio designa una noción teológica elaborada a partir de la Edad Media en Occidente. Nombra el estado en que se encuentran las almas de los difuntos que están en un estado provisional, pues no están aptas para entrar inmediatamente en la visión de Dios.

6. El pensamiento católico señala el dogma del purgatorio como consecuencia lógica de la doctrina bíblica según la cual Dios exige del hombre la expiación personal por las faltas cometidas.

Del Antiguo Testamento, se considera el pasaje más significativo para ilustrar esa idea 2 Mac 12, 39-46, en que Judas Macabeo “mandó que se celebrase por los muertos un sacrificio expiatorio, para que fuesen absueltos de su pecado”. Ya Pablo, en 1 Cor 3, 10-15, habla de una salvación “como a través del fuego”.

Hasta el siglo IV, la fe en el purgatorio es atestiguada por los sufragios que los cristianos hacían por sus difuntos, o sea, las oraciones por las almas que aún no habían entrado en el Cielo y podrían ser ayudadas en eso por los fieles vivos.

San Agustín y otros grandes teólogos de los inicios de la Iglesia señalan la existencia de penas expiatorias después de la muerte. En ese ámbito, el texto de Pablo que habla de la salvación “como a través del fuego” es citado frecuentemente.

Ante un creciente interés por el tema del purgatorio en la Edad Media, el Magisterio de la Iglesia pasó a estructurar esta doctrina.

El Concilio de Lyon (1274) habla de “penas purgatorias”. El Concilio de Florencia (1438) también señala una purificación después de la muerte por “penas purgatorias”. Pero fue el Concilio de Trento (1547) el que registró expresamente la doctrina, afirmando que el pecado acarrea una pena que debe ser expiada “en este mundo o en el otro, en el purgatorio”.

Se trata por tanto de una doctrina católica, que no fue acogida ni por las Iglesias de Oriente ni por los protestantes.

La enseñanza más reciente de la Iglesia Católica reafirma la doctrina del purgatorio. El Catecismo de la Iglesia Católica (1992) señala su fundamentación en las Escrituras, en los concilios y en la práctica de la oración por los difuntos. El Papa Benedicto XVI también retoma el tema, en su encíclica sobre la esperanza cristiana.

 

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