Aleteia

¡Qué bueno que viniste!

© Aleteia
Comparte

El nuevo Papa no deja indiferente

Es pertinente la frase típicamente argentina “¡Qué bueno que viniste!” para encapsular en un pensamiento lo que ha significado la elección del cardenal Bergoglio como Papa Francisco. Un Papa inédito, el primero que ocupa la sede de Pedro viniendo de América. Un Papa que trae “Buenos Aires” a una Iglesia necesitada de aire puro, com el que empezó a abrir el Concilio Vaticano II con su espíritu de ventilación y puesta al día para connectar con el mundo y difundir la fe con alegría en un contexto contemporáneo.

Señalaba el veterano vaticanista Luigi Accattoli que parece que el Papa lo haya sido siempre: su gestualidad, su acercamiento a su diócesis de Roma y a los fieles parece natural, dada. También parece natural su aceptación: a pesar de algunos intentos de desacreditarle, la mayoría le ha aceptado sin reservas. Es normal que se pase un escanner sobre su figura, pues el cargo que ocupa no es menor. También es lógica la claridad con la que la Santa Sede se ha apresurado a precisar que las acusaciones son una orquestrada campaña. El Papa no deja indiferente, y menos viniendo de un país en el que ha habido una dictadura como la argentina.

La acogida al nuevo Papa ha sido espectacular en los medios, que por su naturaleza ven en su perfil un candidato perfecto para los focos: estilo espontáneo, gestualidad, empatía. Pero también en la Iglesia y en el mundo no católico la expectativa “Francisco” es muy intensa. Las distintas confesiones religiosas presentes en su entronización, y
líderes de otras religiones están ilusionados con su elección.

Hay tres motivos por los cuales el mundo ha acogido positivamente a este pontífice.

El primero, su origen. La sangre latinoamericana inyectará vigor (recordemos que el Papa emérito había pedido un sucesor con “vigor”) a una Europa con aspectos decadentes, y a un Vaticano excesivamente eurocéntrico. El continente de la esperanza ofrece un Papa, un Papa del fin del mundo, demostrando gráfica y geográficamente que la Iglesia es universal. El estilo latinoamericano, en concreto argentino, puede insuflar más humanidad y cercanía a los problemas reales (en concreto a la pobreza descarada de muchas zonas del mundo), y este Papa no lo evita sino que lo pone en evidencia. No en vano el representante del cartoneros ha estado en un lugar preferencial en la misa de inicio de pontificado. Los últimos serán los primeros, sabe el pontífice.

El segundo motivo es su acercamiento a todos, no sólo a la Iglesia. Enseguida se ha visto que este Papa no está blindado, que es un Papa “ad extra”: su preocupación por zanjar problemas irresueltos en las entrañas de la institución no le han impedido ejercer el ministerio petrino hacia el mundo desde el minuto cero. Y un acercamiento real, sin corazas. El hecho de haber recibido a la presidente de Argentina con una sencilla comida en Santa Marta ya denota este estilo. El Papa logrará incomodar a más de un poderoso de la tierra, que verá como él, con su autoridad moral mundial, desarma con su mensaje, que no es otro que el del Evangelio.

La tercera característica positiva del Papa Francisco es la mezcla de su nombre y su identidad  religiosa. Recordemos que los religiosos a veces están en la sombra. Los focos de los medios no ven su labor. Cuando los periodistas se marchan de los conflictos, allí se quedan los religiosos y religiosas, siempre en los límites. Este Papa es un jesuita -y su emblema papal lo recuerda sin embudos-, y ahí emerge esta espiritualidad en acción. Ante todo amar y servir. Todo un programa que el pontífice no podrá realizar sólo. Pero no dudo que ya desde ahora no tiene sólo aliados, sino entusiastas colaboradores.

Newsletter
Recibe gratis Aleteia.