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Los que nos dejaron en 2016: “Señor, concédeles el eterno descanso…”

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Este año que termina estuvo llena de sorpresas, algunas agradables, y otras con demasiados obituarios

La amargura de las elecciones estadounidenses de noviembre fue suficiente para que nos alegrara ver el fin de este año 2016, pero en adición a lo funesto de la política (o según criticaba el papa Francisco, la falta de cultura política) vino un incremento de la actividad del terror que amenazaba con hacer del horror algo rutinario, y también lo que pareció un inusual número de fallecimientos de personajes prominentes y reputados (tanto dentro como fuera de la Iglesia) que nos han dejado un tanto aturdidos y desorientados.

Cuando repasamos el año y recordamos las numerosas vidas que han llegado a su fin, hemos de recordar la invitación de la Iglesia a rezar por los difuntos, una de las obras espirituales de misericordia sobre la que meditamos tanto durante el Jubileo que ha cubierto la mayor parte del año.

Rezar por los difuntos es, según nos dice el papa, “sobre todo, una muestra de agradecimiento por el testimonio que han dejado y el bien que han hecho”. Así propone Francisco que demos “agradecimiento al Señor por habérnoslos donado y por su amor y su amistad”.

En la Iglesia

2016 ha supuesto un adiós a algunos de los últimos rescoldos de memorables momentos en la historia de la Iglesia. Juan Daniel Macías Villegas, el último de los soldados de los Cristero que defendieron la libertad religiosa contra el régimen autoritario mexicano recibió su recompensa eterna.

También falleció el último sacerdote del campo de concentración de Dachau, el padre Hermann Scheipers.

También un puñado de héroes de la Iglesia se marcharon antes que nosotros en 2016. La madre Angélica, por supuesto, y el padre Amorth, el famoso exorcista de Roma. También Mark Zwick, que cambió las vidas de innumerables inmigrantes al sur de Estados Unidos, siguiendo el ejemplo de Dorothy Day. Zwick tenía un alma gemela en Helen Chavez, esposa de César Chavez, que también murió este año. Celebramos la canonización de la Madre Teresa en 2016, y precisamente partía hacia Dios un hombre conocido como la Madre Teresa de Pakistán. Falleció otro hombre que siguió los pasos de los santos: el prelado del Opus Dei, el obispo Javier Echevarría, el tercero en gobernar esta familia religiosa, tras el santo fundador y su primer sucesor beatificado. Y luego la muerte del sacerdote que embelleció a Apple.

El obispo más anciano del mundo y el sacerdote más anciano de Estados Unidos, ambos murieron este año. Y falleció el cardenal Loris Capovilla, que fuera secretario personal de Juan XXIII, y con él se marchó un vínculo precioso con el Papa Bueno y la visión que tuvo al reunir el Concilio Vaticano Segundo.

Además, también estuvieron los héroes de la Iglesia que encontraron muerte en la corona del martirio. No olvidaremos el testimonio del padre Jacques Hamel, pero también el de las cuatro misioneras de la caridad asesinadas en Yemen.

El verano de 2016 será inolvidable por los miles de jóvenes que desde Polonia disfrutaron de la experiencia de la Jornada Mundial de la Juventud. Uno de los jóvenes de la organización del evento no consiguió ver al papa, pero sin duda tendrá oportunidad de observarle desde la eternidad.

En el mundo

También parece interminable la lista de celebridades a quienes ofrecimos el último adiós. Pensábamos que ya habíamos tenido suficiente muerte en este año, pero a pocos días del fin de diciembre nos enteramos del fallecimiento de Carrie Fisher, nuestra princesa Leia, seguida casi de inmediato por su madre, Debbie Reynolds, que moría de un infarto justo un día después que su hija. Antes de ellas, no lo olvidamos, fallecieron Florence Henderson, Leonard Cohen, Harper Lee, Jack Chick, Prince, y David Bowie, entre muchos otros.

John Glenn, Nancy Reagan y Justice Antonin Scalia dejaron su huella en nuestro mundo; 2016 significó también su despedida.

El avance del mal

Los estadistas nos dicen que hemos visto eras peores de terrorismo, pero existe la sensación de que mañana mismo podríamos descubrir la noticia de que en alguna parte del mundo están sufriendo de nuevo un ataque.

De hecho, el número de ataques terroristas en 2016 es demasiado cuantioso como para recapitularlo. En algunas zonas del mundo han padecido decenas de masacres en estos 12 meses, aunque rara vez sepamos de ellas por los medios de comunicación.

Pero recordemos dos que sucedieron en marzo: Bruselas, Bélgica, el 22, cuando dos terroristas suicidas en el aeropuerto y otra explosión más en la estación de metro terminaron con la muerte de 32 personas e hiriendo a otras 300.

Pocos días más tarde, se produjo la terrible masacre en Pakistán en Pascua, cuando un grupo de disidentes talibanes detonaron una bomba en un parque, causando 69 muertes y más de 340 heridos, con un gran porcentaje de mujeres y niños.

El verano también fue sangriento, con la tragedia de Orlando en junio, en la que fueron tiroteadas las personas dentro de un bar gay, con 49 muertos y 53 heridos, por quienes recurrimos a los arcángeles en oración.

Al mes siguiente llegó el horror de Niza, con 86 muertos y más de 400 heridos a causa de un camión que atropelló implacablemente a la multitud que celebraba el Día de la Bastilla.

Terminamos 2016 también con terror. El ataque del 11 de diciembre en la catedral copta de El Cairo tenía como objetivos a mujeres y niños; una docena de muertos y casi 50 heridos.

Justo una semana más tarde, otro camión homicida contra una muchedumbre, esta vez en un mercado navideño en Berlín, con 12 muertos más 56 heridos.

Mientras tanto, en Estados Unidos contemplábamos un tipo de horror diferente, con los tiroteos y las violentas protestas en torno al problema de la policía y las relaciones raciales.

Sería un tremendo error mencionar las aflicciones de 2016 sin hacer mención a los sufrimientos de los refugiados, con tantísimos cientos que han perdido la vida tratando de encontrar un futuro mejor para sí mismos y sus familias.

Sin embargo, gran parte del 2016 se ha apoyado en el Año de la Misericordia. Confiemos y recemos porque Dios misericordioso haya recogido en su abrazo a estos fallecidos y que, con su misericordia, según entendía Juan Pablo II, haya puesto límite al avance de las tinieblas en nuestro mundo, librándonos de mayores males.

Dales Señor, el eterno descanso,
y que la luz perpetua los ilumine.
Que las almas de los fieles difuntos
descansen en paz en la misericordia de Dios.
Amén.

 

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